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Editorial: 25 de julio: Símbolo de nuestra historia colonial

Publicado: martes, 24 de julio de 2018

Si el 19 de noviembre simboliza el comienzo de la historia colonial de Puerto Rico bajo España, el 25 de julio representa el inicio de la historia de nuestra relación colonial con Estados Unidos. El 25 de julio de 1898- hace ahora 120 años- desembarcaron por la bahía de Guánica las fuerzas armadas estadounidenses bajo el mando del general Nelson Miles. De personalidad controversial y altamente ambicioso, Miles había ganado sus galones como resultado de una larga carrera militar que comenzó como combatiente del Ejército de la Unión (Norte), el lado que finalmente venció en la cruenta Guerra Civil de Estados Unidos que se libró entre 1861 y 1865. Luego fue protagonista en las llamadas Guerras Indias, en las cuales se perpetró el exterminio de las tribus indígenas nativas de Estados Unidos. Miles de indígenas de las tribus Sioux, Comanche, Cheyenne y Lakota, entre otros, y los grandes jefes Gerónimo y Toro Sentado, se cuentan entre sus víctimas. Lógico entonces que fuera elegido para la campaña de ocupación de Puerto Rico- lugar que había estado entre sus objetivos estratégicos- tras la nueva gran victoria de Estados Unidos sobre España en la Guerra Hispanoamericana. 

Pasado el llamado “cambio de soberanía”, los militares estadounidenses se encargaron de que no quedara duda entre nuestra población acerca de quiénes mandaban aquí. Esos primeros años del gobierno militar de Estados Unidos en Puerto Rico (1898- 1900) se registran entre los peores de toda nuestra historia, dando comienzo a nuestra saga colonial bajo Estados Unidos, de la cual aún no se ha escrito el epitafio. 

Mientras Cuba y Filipinas obtenían su independencia durante la primera mitad del siglo veinte, el gobierno de Estados Unidos apretaba el cerco a Puerto Rico, implantando sus planes hacia nuestro país. Se propuso convertirlo en su cabeza de playa en la región del Caribe y América Latina para adelantar sus objetivos político-militares en la región, ante la creciente influencia de otros países a los que consideraba sus enemigos, principalmente la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) que había emergido como la segunda súper potencia del mundo tras el rol militar decisivo de Rusia en la derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial. 

Así llegamos al 25 de julio de 1952, cuando – habiendo desatado una represión brutal contra el movimiento independentista puertorriqueño, especialmente contra el Partido Nacionalista y su máximo líder Pedro Albizu Campos- el Congreso de Estados Unidos construyó para Puerto Rico una nueva e inédita identidad colonial: el Estado Libre Asociado (ELA). Con el ELA pretendieron acallar los reclamos libertarios de nuestro pueblo y se quitaron de encima la presión de la Organización de Naciones Unidas (ONU), que tenía entre sus objetivos erradicar el lastre del colonialismo en el mundo. 

Pero el rostro maquillado del ELA nunca pudo ocultar del todo la relación colonial que subyacía. La economía, base de toda prosperidad, siempre siguió dependiente de los designios de la metrópolis. Las mejores tierras de Puerto Rico fueron para bases militares estadounidenses. Las infames leyes de cabotaje nunca desaparecieron. Bajo el pretexto de la común defensa, la común moneda y el común comercio se convirtió a nuestro país en escenario para el ensayo de todas las principales políticas económicas y guerreristas que el creciente imperio estadounidense se proponía implantar. En tiempos de los emporios azucareros, nuestro país fue una plantación gigante. Luego vino la manufactura liviana y los talleres de costura. Ahí, nuestros hombres tuvieron que emigrar a fincas en Estados Unidos y las mujeres fueron a coser en los talleres. Una política de separación familiar a miles de millas de distancia por avión. 

Cuando Estados Unidos demandaba petróleo, Puerto Rico tenía petroquímicas. Si el énfasis era la farmacología, entonces crecían las farmacéuticas. Siempre fue un negocio grande la milicia, y así vivimos entre maniobras aéreas desde la base Ramey hasta los ejercicios navales intercontinentales en Roosevelt Roads, Vieques y Culebra. Nuestro país fue inundado de antenas y satélites de espionaje y comunicación que lanzan rayos cuyo efecto desconocemos. Nuestro suelo fue contaminado por experimentos con sustancias tóxicas y peligrosas como fertilizantes, metales pesados y el agente naranja. Nuestro aire fue contaminado por las emisiones industriales de todas las chimeneas. Cumplir los objetivos del “real estate” hotelero y residencial de lujo alteró para siempre nuestra zona marítimo terrestre. 

Al fin y al cabo, y a pesar del progreso aparente durante algunas décadas, siempre Puerto Rico siguió siendo la misma colonia burda de cuando los americanos llegaron aquí en 1898. La charada del ELA duró mientras le sirvió a los intereses y propósitos de Estados Unidos en esta región. Ahora el Imperio se debate sobre qué hacer con nosotros, porque nuestro país se les ha convertido en un “problema” con el que prefieren no bregar. Agotado el modelo económico del ELA, cargamos con una deuda pública de $72 mil millones, producto de las malas decisiones, la corrupción y la incompetencia de los distintos gobiernos coloniales que han administrado nuestro país bajo la égida de Estados Unidos. Buscando una salida airosa, el Congreso y el Presidente de Estados Unidos nos empantanaron con un nuevo engendro colonial, la Ley PROMESA y su criatura, la Junta de Control Fiscal (JCF). Una forma nueva de ocupación que la metrópolis ensaya en nuestro país, tras el fracaso de su administración colonial luego de más de un siglo. Precisamente este próximo 25 de julio se celebrarán dos audiencias, una en el Congreso sobre la Autoridad de Energía Eléctrica y la otra en la sala federal especial de la Jueza Laura Taylor Swain, quien atiende la quiebra de Puerto Rico. Esta jueza tiene ante sí para resolver una demanda del gobierno de Puerto Rico cuestionando la constitucionalidad de ciertas acciones tomadas por la JCF bajo la Ley PROMESA. Del resultado de esas audiencias dependerán muchas de las decisiones que nuestro pueblo deberá enfrentar próximamente. 

Ante este vasallaje, el pueblo puertorriqueño ha sabido luchar y resistir valientemente por su descolonización y libertad a lo largo de estos 120 años. Para ello cuenta con una larga lista de héroes, heroínas y mártires que se han ofrendado a la causa libertaria con largas condenas de cárcel o con sus propias vidas. En ese grupo figuran Carlos Soto Arriví y Arnaldo Darío Rosado, asesinados por la Policía de Puerto Rico en una emboscada represiva también un día 25 de julio. En honor a su memoria, se ha bautizado el escenario de su muerte como Cerro de los Mártires para que así conste en nuestra historia la magnitud de su sacrificio. Entre el legado de coloniaje y heroísmo que representa el 25 de julio se debatirá Puerto Rico de cara a un nuevo futuro.

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