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c.1989 (cuarta entrega)

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Por Cristina Pérez

Publicado: martes, 24 de julio de 2018

Voy a tomarme una pausa de los sueños y los miedos y la memoria. Me interesan estos años no porque me acuerde. Es todo más o menos un invento. O algo sí me acuerdo, pero por eso mismo será banal, si es que el recuerdo es un barco que partió de puerto sin perspectiva de costas, algo así, una invención como todo viaje. Pero algo pasó allí en esos años, la fecha es imprecisa. Una vuelta de tuerca, un giro de esos que da la historia a diario y que a veces les da por ser de verdad históricos, sólo que no nos damos cuenta. Hasta después. Ahora, por ejemplo. O después se lo decide, se decide que fue importante. El 1989, por ejemplo, un año que habría que marcar en el calendario en retrospectiva, si los calendarios se llenaran al revés, una vez que ya pasaron, por eso de darles un poco de verdad. 

Pasaron cosas en los años en los que yo crecía. Vico C, por ejemplo, tuvo su primer éxito comercial con la canción “La recta final.” Un éxito importante, porque su título apocalíptico recoge bien el tono de una era. También, menos apocalíptico, menos profundo, pero no menos sintomático, Rubén DJ sacó un tema notable, “La escuela”. Es curioso observar desde esta distancia esa mala manía por los mensajes edificantes, cómo pululaba. Cualquiera que viniera a decir que había que hacer deportes y combatir las drogas salía gobernador. Todavía no había pasado, pero se estaba preparando el terreno. En el 1992, Roselló ganó con la consigna “Duro contra el crimen”, vistiendo unos pantaloncitos cortos deportivos y cara de buenas intenciones. En su campaña decía que se nos estaba acabando el tiempo para salvar a Puerto Rico del crimen y las drogas. “Le escuela” bien puedo haber sido el tema de su carrera hacia la gobernación —quizás si Rubén DJ no hubiera sido negro y de caserío, porque Roselló claramente se presentaba como un padre de familia blanco de clase media, que venía a salvar a los hijos blancos de los otros padres blancos de clase media del peligro que constituían en las calles los negros de los caseríos.

Se me ocurre, pero será eso, sólo una ocurrencia, que hay una extraña familiaridad entre las canciones de Rubén DJ de finales de los ochenta y la campaña de Roselló del 1992. Ambas estaban preocupadas por la violencia y las drogas. Y es como si de repente nos hubiera saltado encima la cosa violenta que yo temía que me atacara al salir de la bañera, desprevenida. Ellos respondieron al problema con una ingenuidad que daría risa si no fuera tan triste ver ahora su despliegue de décadas. 

En diciembre del 1989, yo sólo tenía cuatro años, y a Rubén DJ le dio con escribir otro éxito, “Feliz Navidad.” En ella decía, lo veo ahora en You Tube regresando a las imágenes de mi infancia que no recuerdo, que la gente de nuestro pueblo “ya no vive con amor sino con miedo,” que “qué pena que no estamos como hermanos,” que “nos estamos matando como gusanos,” y observa que “ya no existe la unión familiar, sino la envidia,” y —este es el gesto importante de la canción— le dice al oyente: “piensa que debemos corregir todos los errores para ser feliz; luchar, perseverar en los problemas que tenemos, y así en el futuro felices seremos.” Casi me enternece que, en una oración apenas compleja, alguien haya creído que podía encapsular la totalidad del problema nacional. Pero basta compararla con el texto de un anuncio de la campaña de Roselló para entender que Rubén no estaba tan lejos del nivel de análisis con el que nos cogió de pendejas quien salió gobernador: “Nos estamos acercando a un nuevo siglo y muchos creen que en Puerto Rico las cosas no pueden cambiar, yo creo que sí podemos, por eso decidí dedicar todo mi esfuerzo a lograr ese cambio, un cambio que tenemos que hacer ahora. Tenemos que enfrentar el futuro con confianza y entusiasmo, con ideas nuevas, y con el compromiso de hacer un mejor Puerto Rico.” 

Entonces pienso que hay algo quizás sintomático, quizás incluso idiosincrático, en el imperativo con que Rubén DJ se dirigía a nosotros. La idea de que el que persevera gana, ese optimismo idiota. Es exactamente lo mismo que creer en el hada protectora de la canción de Pinocho (ver la parte 2 de esta serie), pero la canción de Rubén DJ es infinitamente más pobre e ingenua. La canción de Pinocho es perversa porque esconde un subtexto en el que siempre queda abierta la posibilidad de que el hada protectora no salve a Pinocho, de que el hada protectora no exista en absoluto y Pinocho muera a falta de un donante de corazón. La autoridad didáctica que asume el rapero, en cambio, no deja lugar a la sospecha, se basa en un racionalismo estúpido, mecánico, que establece que si pensamos correctamente encontraremos la solución, y tiene todavía la confianza pendeja de que incluso la pondremos en práctica como por magia silogística. 

No me acordaba de que el rap de Rubén DJ era principalmente didáctico. Casi todas las canciones llevan por título el tema del que tratan, el problema a tratar: La escuela, El alcohol, Feliz Navidad, Ponte el sombrero. Las fallas a las que apunta la canción se perciben como asuntos individuales. El malestar social se debe a errores en el comportamiento de cada fulano de tal. A la decadencia en los valores, a la falta de unidad familiar, a los muchachitos que no escuchan consejos y no van a llegar a viejos, a los padres que no crían bien a los hijos. Esas son las causas detrás del problema de la violencia y el narcotráfico, según el rapero. Un problema tan profundo y de dimensiones transnacionales que la letra de la canción, incluso si pudiéramos reconocerle algún pequeño mérito de ingenio, no llega ni a penas rozar. En su lógica banal, bastaría con que fuéramos siempre a la escuela, no bebiéramos alcohol, nos amáramos en vez de matarnos, nos pusiéramos el condón, y ya, lista la receta para un país que se derrumba. Es casi fascista el programa: orden, control, y reducción de la población. Escucho estas canciones en mi computadora, veo los videos, tan lejanos, tan increíblemente lejanos en su simplicidad, en su tontería bien intencionada, y a penas puedo creer que yo ya estaba viva cuando eso pasó. Lo que es más, que incluso cabe la posibilidad de que yo haya visto ese Show de las 12 en el que aparecieron Rubén DJ y Jelly D, enviando un cándido mensaje de amor a las familias puertorriqueñas. Un gesto heroico de la ingenuidad que casi me conmueve pero al fin termina por encabronarme. 

Ya después de que ganó Roselló y empezó a cumplir con su promesa de la guerrita esa contra las drogas, o ya para ponernos honestas, contra los pobres y los caseríos, los cantantes que le siguieron los pasos del ritmo a Rubén DJ se dieron cuenta bien rápido de que el rap y el didacticismo no iban de la mano. La ingenuidad imberbe de Rubén no iba para ningún lado. Ellos también estaban metidos, como todos nosotros, en esa violencia que Rubén y Jelly denunciaban el el 89, pero, cambio de síntoma notable, no les interesaba para nada mirar a esa violencia desde afuera, tomar distancia, mucho menos educar a la población para combatirla mano a mano. Había, por el contrario, algo de voluntad transgresora, algo de respuesta guerrera, algo de aquí vamos a hablar los que están siendo silenciados a mano dura, de vamos a hablar de lo que no nos dejan, de nosotros, de esta vida, lo vamos a poner en la radio y al final vamos a poner a todos a hablar de eso que se esfuerzan tanto por rechazar con su trazo urbano bien delimitado, con sus controles de acceso, con su colegios privados, con su racismo. Como una venganza brutal del indecoro. Y también había, claro, cuándo no, mucho de dinero. Nosotros los pobres ahora vamos a hacer dinero, algo así era lo que decían, digo yo, y lo vamos a hacer a partir del dinero de todos los que no nos querían escuchar. Y decían que la venganza era dulce y rítmica porque terminaron comprando sus CD’s o a lo mínimo meneando las nalgas en las fiestas con el dem bow. Nos vamos a llenar de chavos, y a los que se les ocurrió que era una buena idea meter a un montón de gente en casas de bajo costo a vivir hacinados, marginados y eternamente pobres, pues que se vaya enterando de que no, que queremos llevarnos una parte del bizcocho que se están comiendo quién sabe dónde. Vamos a tirarles a todos en la cara nuestra realidad indecorosa. Y no lo vamos a hacer con un mensaje fácil y bonito de que si esto está bien mal y hay que cambiarlo, no, a nosotros no nos tiene que venir a cambiar nadie, el mensaje es que aquí estamos, que mírennos, que brillamos, y que no nos vengan a joder. El mensaje es que nosotros nos hemos desarrollado al margen del estado, en el margen donde el estado nos puso, y que vamos a jugar la parodia del juego llenándonos los bolsillos con el dinero que sustenta al estado mismo. Y si los que están adentro se comieron la mierda y no fueron capaces de generar una cultura nacional efectiva porque se perdieron en planer para robar mejor o en discusiones sobre qué era lo nacional y qué era la cultura y se les olvidó que aquí estábamos, ah, pues si se les olvidó porque se volvieron quizás un poco abstractos desde la lejanía y cuando les dieron un puesto en el que podían hacer leyes y en el que podían decidir quién estaba dentro y quién estaba fuera se siguieron olvidando de nosotros, ah, pues ahora no se van a poder olvidar, y no necesitamos su permiso para poner a circular nuestro estado paralelo de las cosas, porque la tecnología ya está como para que cada cual se las agencie. Llegamos a la radio, llegamos a las casas disqueras, llegamos a los cuartos de tus hijos y a tu cuarto también, a los carros, a las marquesinas y a todas las fiestas. Tenemos armas con balas, pero también tenemos los cassettes. No nos cogen por ningún lado. 

O al menos ese fue el mensaje que yo entendí que se iba desarrollando según yo iba creciendo, desde finales de los ochenta hasta que explotó Daddy Yanquee temprano en los 2000, y ya eso vino a ser otra cosa, otro síntoma de otra cosa más. Y se me ocurre que el reguetón ha sido la sublevación más exitosa que ha existido en Puerto Rico. Si hubiesen puesto todo el dinero que ganaron al servicio de algún proyecto común, en vez de vidas de magnates, se hubieran quedado con el país. Pero tomar este país, por los medios tradicionales de la política, no estaba en los planes de nadie. La vida, claramente, se estaba desarrollando en otra parte, en otras formas. Rubén DJ con su mensajito mongo no lo entendió. Roselló, sin embargo, ganó en el 1992 con el mismo mensaje.

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