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Será otra cosa:Siempre te tienes que ir

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Por Mari Mari Narváez

Publicado: miércoles, 29 de marzo de 2017

La economía es una ciencia 

 

“En el decenio que siguió a la crisis

se notó la declinación del coeficiente de ternura

en todos los países considerados

o sea

tu país

mi país

los países que crecían entre tu alma y mi alma de repente

duraban un instante y antes de irse

o desaparecer

dejaban caer sábanas llenas de nuestros sexos que salían volando alrededor como perdices

quiere decir que cada vez que hicimos el amor dejábamos nuestros sexos allí?

y ellos seguían vivitos y coleando como perdices suavísimas?

qué raro

mirá que lavábamos las sábanas con subordinación y valor

para que los jugos de la noche pasada no inauguraran el pasado

y ningún pasado pusiera una oficina entre nosotros para ordenarnos el hoy

porque el alma amorosa es desordenada y perfecta

tiene mucha limpieza y lindura

se necesita todo un Dios para encerrarla

como le pasó a don francisco

que así pudo cruzar la agua fría de la muerte

es bien raro eso de nuestros sexos volando

pero recuerdo ahora que cada vez que yo entraba en tu sexo

y me bañaban tus espumas purísimas con impaciencia

y dulzura y valor

me parecía oír un pajarerío en el bosque de vos

como amor encendiendo otro amor

o más, es cierto que cada vez nuestros sexos resucitaban

y se ponían a dar vueltas entre ellos

como maripositas encandiladas por el fuego

y se querían morir de nuevo buscando incesantemente la libertad

y había un país entre la vida y la muerte

donde todo era consolación y hermosura

y no poseíamos nuestro corazón

y nuestros sexos se perdían como almas en la noche

y nunca más los volvíamos a ver

para entender

estudio los índices de la tasa de inversión bruta

los índices de la productividad marginal de las inversiones

los índices de crecimiento del producto amoroso

otros índices que es aburrido hablar aquí

y no entiendo nadaå

la economía es bien curiosaå

al pequeño ahorrista del alma lo engañan en wall street

los sueldos de la ternura son bajos

subsiste la injusticia en el mercado mundial del amor

el aprendiz está rodeado de nubes que parecen elefantes

eso no le da dicha ni desdicha

en medio de las razones

las redenciones

las resurrecciones

se lleva el alma a la nariz para sentir tus perjúmenes

estoy viendo volar los pajaritos que te salían del sexo

mejor dicho

de más allá todavía

de todo lo que valías

o brillabas

o eras

y dabas como jugos de la noche”. 

 

- Juan Gelman

No hablo de la tristeza de irse por su efecto directo en la economía ni en la sociología ni en la producción de bienes ni en la base contributiva exactamente. No es cuestión del País aunque piense obsesivamente en él. Mucho. Todo. No voy a decir “el país pierde mucho cuando te vas” ni “el país sigue perdiendo talento”. Hablo de otra cosa.    

Ya sé que la diáspora, que el trasnacionalismo aportan un mundo. Que se movilizan, que viven emocionalmente aquí. Sé del Puerto Rico que montan allá, que escriben y se comunican y vienen muchísimo, que circulan. En fin, que “aportan”. Es lo que dice últimamente todo el mundo: “aportan”. Estipulado todo.

Pero hablo de lo que se pierde cuando no se está. ¿Quién contabiliza eso? Poder salir a la calle en chancletas a hacer cualquier cosita sin importancia. O salir a tomarte un café, o a nada, a caminar sin rumbo. Encontrarte con la gente en el bar de la esquina, darte una cerveza, terminar un día en la playa sin saber que ibas para allá. 

Se van los amigos, la familia. Con el último anuncio me detengo, respiro. Pondero esta situación porque siento la espina de un no sé. Me obligo a buscar la pista justa; qué es esto para una que se queda. En esta transacción hay, envuelta, una promesa de soledad. La sensación –realmente la certeza– de tener un aliado menos, no en lo político, ni siquiera en lo sociológico, mucho menos en lo cultural: En la cotidianidad. En eso que, me he convencido, es el paliativo de primera necesidad, constante, pequeño, de la crisis. El trasnacionalismo, las tremendas aportaciones de la diáspora no me aplacan ese precipicio. 

Navegar un país en crisis requiere astucia y empeño. Sobrevivirlo   emocionalmente con la mayor entereza posible requiere de muchos pequeños rituales de la cotidianidad. Café, por ejemplo. Mucho, beberse todo el posible es lo más indicado. Con azúcar morena, poquita, y la leche bien hervida. No cafés tibios, no cafés pálidos. Hirvientes, oscuros. Le salva la vida pequeña a cualquiera pero hay algo más en esa ecuación. El ritual del café sola es un gusto sofisticado. Pero el café que llega a la cama con un amor (hombrón, mujerón, a su preferencia), ese redime esta crisis económica todos los días, esta regresividad, esta incertidumbre.   

Para ir cambiando un poco el tema, si yo tocara fondo, me aferraba a tu café de la mañana. Pagaría con él. Ésta y cada una de las deudas. Hasta el último grano. 

 Aunque, para ser honesta, llevo años con una sola imagen (radical) cada vez que se me ha cruzado la posibilidad de irme yo también: la del coco frío y la alcapurria de jueyes con mucho pique frente a la playa de Vacia Talega. Hay algo ahí. Una noción muy poderosa y simple de felicidad. Si me preguntas, para mí la felicidad es beberme ese coco, tragarme el salitre, ingerir esa grasa divina frente a una playa justa. Si hablamos de riquezas, de patrimonio y capital de bienestar; de valores, de créditos, de deudas impagables, el mar, coco con whisky y alcapurria de jueyes con mucho pique is the way to go. La riqueza es el acceso a la vida, a la playa, al sol y a los placeres sencillos, auténticos, los que en nuestro pequeño país podemos encontrar sin muchos medios ni recursos ni planificación, en chancletas, ‘shores’, pelo suelto y carretera. Los economistas le llaman capital de bienestar, calidad de vida, indicadores de no sé qué. Yo le llamo devoción linfática, sentir la sangre donde pongo el deseo y el amor. 

Sufro en extremo la partida de amistades a quienes ni siquiera veía demasiado a menudo. No importa. No quiero que nadie tenga que irse. Quiero que nos quedemos todos aquí, viviendo la destrucción, muriendo un poco todos los días pero conspirando y tirando golpes al aire juntos. 

Mi caos es mi caos, repito a menudo. Además, ocurre que si recorro las montañas, cierta costa aún escondida de este país, si entro por una calle sin salida o encuentro un colmado viejo, vacío, en el camino, hay algo allí que yo comprendo: un arquetipo, información (¿sanguínea, linfática, radiográfica?) de esta especie de campo (¿cuerpo?) magnético nuestro. Si me meto por donde no debo, sé salir, librarme de algo. 

Sólo aquí sé por dónde meterme, de qué gentes y lugares huir, sé exactamente dónde residen el pánico y la dulzura, el mar real, profundo, salvaje y el mar–postal, el mar–hotel. El monte verdísimo, bestial, aislado cual isla sobre isla, su vida mísera y simple. Y el monte chic, los Jájomes y los Cerros de las Mesas, donde las alcapurrias son pequeñitas, ínfimas, platos exóticos de coctel. 

 Tengo, incrustado en la devoción, un mapa perfecto de este archipiélago. Sé que tú también. Eso, allá, acá, por todas partes de este país ultramarino, diaspórico, errante, es lo que hay que defender.

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