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Valle Roseau

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Publicado: miércoles, 29 de marzo de 2017

Derek Walcott

 

(Para George Odlum)

 

Una palada de mirlos 

salió disparada desde el borde de la carretera 

y la memoria trinó retrocediendo 

más allá de la estremecida apisonadora

que asfaltaba el camino 

este amanecer a través de Roseau 

hasta la fábrica de azúcar, que rugió 

al detenerse, y del eco cada vez más amplio

de la caña, cuando solían cultivarla 

en este dulce valle; 

entonces, desde las flechas de las cañas, 

salieron disparados los mirlos, andanada

tras andanada de acólitos, 

convirtiendo todos los días en domingo 

tras la huelga. Ahora no hay luz 

en la fábrica abandonada.

 

Las vagonetas se oxidan sobre vías muertas. 

Se empezó a cultivar el plátano 

y el paraíso de un muchacho 

cayó segado en gavillas de aleluyas.

 

Entre angostas trochas la hierba 

se espesa. Un cruce esperará 

en vano el paso de las viejas estrofas de hierro 

con su fragante carga.

 

El techo galvanizado y descolorido 

de la fábrica cede. Las planchas combaten 

las palanquetas del viento que arrancan 

sus últimos clavos, pero la capilla

de Jacmel, cuyas oraciones encadenan delicadamente 

las muñecas unidas de los trabajadores (sus hombros 

aún doblados como la susurrante caña, 

sea cual sea la cosecha), sigue siendo tan vieja

como el valle, y la letanía 

fluye con el acento de melaza 

de los sacerdotes locales, no los de Bretaña 

o Alsacia-Lorena. El incienso

sigue el mismo camino 

que el humo de carbón vegetal sobre una colina 

que conecta Roseau con el paraíso, 

pero la fábrica perdió el aliento.

 

¡Cuán verde y dulce la conservé 

junto a mi envejecida alma! Resplandece 

aunque un fornido viento la ha barrido 

con su impalpable guadaña, pero ¿a dónde

condujeron mis líneas? No aportaron 

consuelo como los sacerdotes franceses 

o el Himno de los Trabajadores, que disociaba 

el paraíso de un incremento salarial,

ese lenguaje ofrecía un amor que sólo unos pocos 

podían leer, a cambio de unas monedas de cobre, 

sólo aquellos labradores que compartían los beneficios 

de la comunión o del sindicato.

 

¿De qué sirvieron a esa amable gente del valle 

mis loas a su serena luz verde? 

Sobre las chimeneas y las chabolas 

se cerró y oscureció el puño de una nube

gesticulando ante los relámpagos 

de crepitantes, amplificados discursos 

que dieron paso a un rugido de lluvia 

procedente de las acequias de riego,

y la inundación convocadora de camisas 

se embalsó con toda su fuerza 

en torno a las puertas de la fábrica, desviándose después 

desconcertada, sin saber qué camino seguir.

 

Todos los espantapájaros surgidos 

de la cuneta con un grito crucificado 

habían de alarmar a la sirena de la fábrica 

o al ojo del campanario,

hasta que, como las desarrapadas cañas 

una vez quemada la cosecha, 

sus calcinados tallos fueron aplastados 

de nuevo por la Iglesia y el Gobierno,

pero un lunes marcharon ocupando toda 

la carretera, con gavillas en el puño, 

mientras las motocicletas de la policía ronroneaban 

junto a ellos en dirección a la sede del gobierno,

y el río moreno fluyó colina arriba, 

su griterío serpenteó en torno al Morne, 

abandonando a su suerte a la vieja fábrica de azúcar 

para que se ocupara de la caña ella sola.

 

Mi mano compartía la inquietud de 

los trabajadores, pero ¿cuáles eran sus poderes 

ante esos andrajosos peones 

que pasaban las hojas de mi Libro de las Horas?

 

Los demonios enseñan los dientes en una bandera y 

el humo se eleva en espirales sobre un turiferario, 

el aliento del dragón del opio 

hace un Lenin de Lucifer.

 

La sombra de guadaña de una 

bandera segadora recorre 

los campos de cereales, la caña 

partió con la flecha del mirlo,

y, junto con su cosecha, ¿qué desapareció? 

¿Mi fantasía que en tiempos la convirtió en 

“trigo oriental e inmortal” 

o el peso de la indiferencia?

 

¿Pero era realmente un reino diferente 

el mío? Las mitras y los peones pueden desplazar 

las sombras de un cambio de régimen 

sobre las casillas de los campos, pero mi regalo,

que no puede recompensar suficientemente 

a esta isla, que no aportó una comunión 

de las lenguas, cuya mano izquierda 

nunca apretó las gavillas en unión,

sigue exudando la resina que gotea 

de la cálida axila de una colina, mientras 

mi elección del camino va emergiendo 

de los anfiteatros del mar

para inhalar un vigorizante horizonte 

por encima de los campanarios o las chimeneas donde 

el latido de la apisonadora muere en el 

aire indivisible, azul.

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