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Consideraciones sobre Derek Walcott

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Publicado: miércoles, 29 de marzo de 2017

Emilio Jorge Rodríguez

Hace 25 años, en ocasión de entregarse el Premio Nobel a Derek Walcott, la revista Cuadernos Americanos me solicitó un artículo sobre su obra. Escribí un texto que pudiera servir a manera de presentación al autor en ese momento, titulado Homero en la Isla de las Iguanas, pues en el ámbito iberoamericano sería necesario ese galardón para llamar la atención de que en el mundo existía un inmenso poeta nacido en una pequeña isla del Caribe. Años antes, en la etapa de selección e incorporación al DELAL (Diccionario de Escritores de América Latina, de la Fundación Ayacucho), Walcott estaría entre los autores por los que habría batallado para su inclusión (y la colega y amiga Mirla Alcibíades no me dejará mentir). Lo que sigue son las consideraciones sobre Walcott de hace un cuarto de siglo (con los cambios de tiempos verbales que he debido realizar lamentablemente ante la noticia que convierte en pasado su ser físico, pero solamente eso) y un añadido al final. 

Toda la producción poética de Derek Walcott es compleja y de rigurosa factura; la evocación anecdótica se ubica en un discurso donde subyacen referencias intertextuales de la literatura occidental así como de las costumbres y creencias populares ligadas a las raíces forjadoras de la cultura caribeña. Poesía en torno a personajes, lugares y hechos de la infancia tras la pátina de un recuerdo no exento de melancolía pero tampoco ajeno a la impronta dejada por la historia en las sociedades antillanas, con un núcleo en la angustia existencial humana como ente del Nuevo Mundo expresada en tanto conflicto de permanencia y fidelidad. 

Así lo vemos en los versos de “Un lejano grito desde África”: “Yo que estoy envenenado con la sangre de ambos,/ ¿hacia dónde debo voltearme, hasta las venas dividido?/ [...] ¿cómo escoger/ entre esta África y la lengua inglesa que amo?/ ¿Despreciar a ambas, o restituir lo que ellas me han dado?” (A Far Cry from Africa, Collected Poems; 1948-1984, New York, Farrar, Straus & Giroux, 1986, p. 18. Publicado originalmente en In a Green Night, 1962). Como serpiente que muerde su cola, la propia obra de Walcott se erige en respuesta estética a estas interrogantes. Una paulatina pero profunda incorporación primero del criollo y luego del créole de base francesa (lengua de comunicación en las calles de su natal Santa Lucía) unida a la polisemia cultural de su verso, generada por las particularidades de un devenir donde todos los imperios modernos han estado presentes, lo abren hacia una noción del Nuevo Mundo en polémica con el acre dictamen del novelista trinitario V. S. Naipaul –quien dijera “nada ha sido creado en las Antillas, y nada será inventado jamás”– que riposta con un apasionado credo de confianza en lo excepcional de las islas: “... porque lo que proceda de aquí es como nada que uno haya visto antes”. (Derek Walcott: The Caribbean: Culture or Mimicry?, Journal of Interamerican Studies, vol. 16, n. 1, Feb. 1974).

Walcott consideraba la madurez cultural como “la asimilación de los rasgos de cada ancestro”, fórmula para aprehender una insularidad con alcance universal, acompañada por un fuerte propósito de trascendencia y sublimación de los contextos que enriquecen la connotación de la cotidianidad mediante impecable manejo del verso y excepcional aprovechamiento de la lengua inglesa, convertida en cauce donde conviven ductilidad y clasicismo.

En Omeros (1990), poema en siete partes que sobrepasa los siete mil versos, asoma desde el título la dualidad raigal walcottiana; para uno de los personajes de esta saga, “Omeros” es el nombre griego de Homero, mientras que para el protagonista la palabra debe descuartizarse en tres partes: O (invocación del caracol), mer (madre y mar al mismo tiempo en el créole antillano) y os (un hueso gris). (Omeros, Farrar, Straus & Giroux, 1990, p. 14). Omeros es la etapa superior de un proyecto artístico que recorre toda su obra. El fervor por las islas del archipiélago americano y su mar lo encamina a una incorporación culta de otro mar mediterráneo: el mundo griego. 

El ámbito escénico cumple una función; arena propicia para una resonancia masiva, parte de su propuesta de fundar “un teatro donde alguien pueda representar a Shakespeare o cantar calypsos con igual convicción”. (Meanings, Savacou, n. 2, Sept. 1970). En una producción superior a la treintena de obras, Walcott alcanzó sus mayores éxitos con tramas que contienen buena dosis de alegoría sustentada en un sincretismo entre la cosmovisión europea y el folklore literario, musical y danzario de raíces africanas. Entre sus piezas más significativas se encuentran Ti-Jean and His Brothers y Malcochon, dedicadas a reelaborar tradiciones de Santa Lucía; Dream on Monkey Mountain, que escarba en los mecanismos del mito en la mente colonial; ¡Oh Babylon!, en torno a los Rastafaris de Jamaica; su versión de El burlador de Sevilla de Tirso de Molina, donde se reestructuran las ideas de la obra española para darle vigencia en el debate sobre la liberación de la mujer con apoyo en la música trinitaria (parang) de raíz hispánica; su trilogía sobre la Revolución Haitiana; Pantomime, atrevida reedición del mito de Robinson Crusoe y Viernes localizada en el espacio contemporáneo de un hotel para turistas.

Derek Walcott, en su doble vertiente poético-teatral, articuló la imagen sensorial –su dedicación juvenil a la pintura y el deambular sensible por las islas indudablemente le sirvió de entrenamiento–, el bagaje de la literatura universal y el imaginario antillano.

Ahora, con un salto que incluiría algunos textos poéticos como The Bounty, que cuenta con una magistral traducción de la escritora puertorriqueña Aurea María Sotomayor y el último poemario suyo (White Egrets) recibido como regalo del amigo Lasana M. Sekou, erigido en un hidalgo testimonio de senectud, pureza de estilo y desgarrada melancolía íntima, su obra se cierra aparentemente, pues estará por siempre entre nosotros. Bastaría, además, con un solo ensayo para mostrar la agudeza de su intelecto en temas esenciales para la cultura regional: The Muse of History

La obra de Walcott nunca será suficientemente exaltada. Supo ser un clásico en cuanto a elaborar sin olvido y estar en sintonía con temas y problemas cruciales de la cultura e historia del Caribe, demostrado a través de la descripción somera de sus títulos. Amplificó y colocó en su centro sufrimientos e inquietudes que han lacerado a los escritores más lúcidos del siglo XX. Así podemos ver, como vaso comunicante con las angustias de “Un lejano grito desde África”, el poema que publicara una treintena de años antes el gran poeta haitiano Léon Laleau (en Musique nègre, 1931) y que reproduzco ahora en mi versión al español:

 

Trahison

Ce cœur obsédant, qui ne correspond

Pas avec mon langage et mes coutumes,

Et sur lequel mordent, comme un crampon,

Des sentiments d’emprunt et des coutumes

D’Europe, sentez-vous cette souffrance

Et ce désespoir à nul autre égal

D’apprivoiser, avec des mots de France,

Ce cœur qui m’est venu du Sénégal ?

 

Traición

Este corazón evocador, que no se corresponde 

Ni con mi lengua ni mis costumbres 

Y sobre el cual muerden como arpón

Los sentimientos prestados y hábitos

De Europa, ¿sientes este sufrimiento 

Y el sin igual desespero 

Por domesticar con palabras de Francia 

Este corazón que me vino de Senegal?

 

Sin embargo, silenciosos homenajes a este espíritu incomparable pueden ser harto elocuentes. Quizás sean más evocadoras las imágenes de una mesa desolada con un ejemplar de Omeros encima, que denota lo que debemos preservar y resulta imperecedero de su obra como lo ha hecho el poeta Kendel Hippolyte, las fotos de Walcott colocadas por Shivaun (la hija de John Hearne), o las de Olive Senior junto a Derek, todas en Facebook.

Vale.

 

El autor, investigador y crítico literario cubano, ganó el premio Casa de las Américas de 2017 en Estudios sobre la presencia negra en la América y el Caribe Contemporáneos.

 

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