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Un siglo que no es de luces

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Por Manuel de J. González

Publicado: martes, 25 de noviembre de 2014

"¿En qué siglo estamos?". Con esta pregunta iniciaba un artículo reciente el escritor Juan Goytisolo donde, entre otras cosas, comentaba las tácticas del llamado Ejército Islámico (EI) que opera en Irak y Siria. Este grupo pretende restaurar el califato que originalmente existió en el siglo VII recurriendo a las prácticas de aquellos tiempos, incluyendo la esclavitud de los vencidos y la repartición de sus mujeres entre los vencedores. En los tiempos del primer califato esas acciones, y las decapitaciones de cautivos, sólo llenaban de horror al grupo que las observaba y las sufría, pero en estos tiempos de globalización horrorizan a toda la humanidad.

Esa barbarie renacida no sólo se observa en el Oriente Medio. También la vemos en América y en Puerto Rico. En las arenas iraquíes se alimenta del fanatismo religioso. Como en los tiempos del original califato, la lucha contra los infieles sirve de amparo a la conquista y a la violencia extrema. El dios que adoran no sólo les autoriza, también los reconforta y los premia y, como ese amparo divino es absoluto, el extremismo no tiene límites.

En América, en cambio, la barbarie tiene otras explicaciones, aunque la brutalidad es parecida. La que hace algunas semanas se observó en México también recuerda otras épocas. En una ciudad llamada Iguala, donde un alcalde y su esposa mandaban como pequeños monarcas protegidos por narcotraficantes, la Policía reprimió a macanazos y balas una manifestación estudiantil y, tras los golpes, procedieron a secuestrar a 43 jóvenes que posteriormente fueron torturados y asesinados por sicarios del narcotráfico. Allí la matanza no estuvo presidida por el fanatismo religioso, sino por el embrutecimiento que produce el afán de riqueza y el sentimiento de impunidad con que operan los llamados carteles de la droga. Se sienten impunes y en realidad lo son porque la enorme suma de dinero que manejan les da y les sobra para comprar políticos, policías y militares. Cuando sienten que alguna fuerza les amenaza por pequeña que sea –como la que pueden representar estudiantes normalistas de una ciudad provincial– recurren a la violencia "ejemplar". La saña empleada opera también como tortura psicológica contra la otra gente, igual que el terror islamista con las poblaciones conquistadas.

Lo que ha sucedido posterior a la desaparición de los 43 estudiantes normalistas es igual de alarmante y parece confirmar la incompetencia extrema de las autoridades mexicanas o su contubernio con los ejecutores de la matanza. A pesar de toda la tecnología investigativa que en estos tiempos los gobiernos tienen a su disposición, todavía no se sabe a ciencia cierta qué sucedió con los estudiantes ni dónde están sus cuerpos. Mientras tanto, sus familiares viven desesperados añadiendo angustia a la pena. En algún titular de prensa leí la frase "México duele", pero más que dolor lo que produce es rabia.

En Puerto Rico no vivimos al margen de esa barbarie, más bien lo contrario. Lo que le sucedió hace algunas semanas a una familia en el municipio de Guaynabo no llega al extremo de los otros casos en cuanto a número de víctimas, pero refleja un salvajismo parecido. Lo ocurrido refleja similar desprecio a la vida y la ausencia del mínimo de sensibilidad que deben sentir los seres humanos. Entre los fanáticos asesinos de Irak, los sicarios igualmente asesinos de México y los dos individuos que masacraron una familia entera en Guaynabo, tratando de degollar, incluso, al adolescente que afortunadamente sobrevivió, no hay mucha diferencia. Todavía se desconocen todas las motivaciones de los dos individuos que perpetraron la masacre, así como las particularidades de sus vidas, pero cualquiera que éstas sean jamás serán suficientes para explicar la extrema y a la vez absurda violencia empleada.

¿Qué explica este comportamiento? ¿Acaso refleja un problema creciente de deshumanización entre los puertorriqueños? ¿Está cambiando nuestra fibra de gente? Porque en el caso de los islamistas la deshumanización es claramente producto del fanatismo religioso que les condona toda barbarie y hasta les reconforta. En el caso mexicano la deshumanización surge del mundo oscuro de la droga en el que la vida no vale un centavo. ¿Y aquí? ¿Acaso la molestia por una gestión del cobro de una deuda explica el asesinato planificado y fríamente ejecutado de toda una familia? Obviamente no. Tampoco se puede explicar por el embrutecimiento repentino que a veces provoca el consumo de ciertas drogas, que animaliza las personas, porque según las informaciones ninguno de los individuos aparentaba estar drogado.

Alguien podría afirmar, buscando una explicación, que la extendida crisis económica, junto a los estímulos constantes de la sociedad de consumo, producen estos efectos deshumanizantes. Es cierto que los estímulos consumistas incitan a buscar lo que la crisis impide conseguir, generando descontrol. Pero ese fenómeno se da en muchos lugares y en infinidad de personas, sin que desemboque en masacres. Por tanto, la necesidad estimulada y luego insatisfecha no explica de forma completa la barbarie de Guaynabo. Como sucede casi siempre, la explicación tal vez esté en la suma de muchos factores entre los que sin duda está el efecto deshumanizante de la crisis social.

Todo indica que el siglo XXI no será de luces como el de la Ilustración, a pesar del conocimiento acumulado. Cualquiera hubiese pensado que tras la experiencia amarga del siglo XX, uno de los más sangrientos de la historia, la humanidad caminaría hacia adelante buscando paz y bienestar, pero marchamos hacia atrás. El fanatismo religioso que condujo a tanta muerte en el pasado (con recordar la "Santa Inquisición" nos basta) está de vuelta, junto a la violencia irracional de hombres convertidos en bestias.

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