Opinión / Siete días

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Reseña
Julia de Burgos, poeta maldita

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Perfil de Autor

Por Manuel de J. González

Publicado: martes, 21 de octubre de 2014

Cuando hace tres años nos sorprendió la noticia de la muerte de José Manuel Torres Santiago, nos consolamos pensando que había tenido tiempo suficiente para dejarnos una obra poética de calidad, que comenzó a escribir y a publicar en los años universitarios en la revista Guajana. Lo que no sabíamos era que, además de su poesía y sus ensayos, casi siempre polémicos, nos había legado un trabajo necesario, útil y profundo sobre nuestra Julia de Burgos que, en ocasión de su centenario, este año publicó la editorial Los libros de la Iguana bajo el título Julia de Burgos, poeta maldita.

Al comenzar su libro, José Manuel define el trabajo como una "cronología", al estilo de otras que se han escrito sobre la hija de Carolina. El género, como sabemos, pretende resumir una vida a trazos largos, contraponiendo sus vivencias a lo que para ese mismo tiempo ocurría en el país o en el mundo. El escrito se ajusta a ese formato, señalando fechas importantes de la vida de Julia enmarcadas en los acontecimientos y hechos del devenir puertorriqueño o mundial, poniendo énfasis en aquellos eventos que pudieron haber impactado a la poeta. Pero el libro supera con creces los linderos reducidos de la cronología y, como bien señala Edgar Martínez Masdeu en el prólogo, realmente estamos ante una biografía, tal vez la mejor que se haya escrito sobre Julia de Burgos.

El trabajo de Torres Santiago no pretende basarse en las "fuentes originales" de las que tanto hablan los historiadores. En el caso de Julia de Burgos, la mejor de esas fuentes son sus cartas a familiares y amigos, particularmente las enviadas de manera asidua a su hermana Consuelo, que aún no han sido publicadas. Como el autor no es historiador ni tuvo acceso a la amplitud de datos que deben contener esas cartas, nos hace un estudio minucioso de todo lo que se ha escrito sobre Julia, tanto en libros como en artículos periodísticos. Entre esos escritos hay uno donde se citan (de manera muy "propia", eliminando nombres) varias de las cartas a Consuelo, de las que José Manuel dispone con maestría para refutar o aclarar comentarios de algunos que conocieron a la poeta y, tras su muerte, comentaron sobre ella.

Contrario a otros trabajos que pretendieron santificar a Julia, eliminando u ocultando pedazos de su vida, buscando "salvarla" del "qué dirán social" (a pesar de que a ella le importaba muy poco ese qué dirán) Torres Santiago hace todo lo posible por presentárnosla como realmente fue. No tenemos por qué querer "salvar" a una mujer que no tiene que ser salvada y que, además, nunca pretendió “salvarse”.

Julia de Burgos pretendió ser, y en buena parte de su vida lo fue, una mujer plena en una época en que eso no estaba permitido. Quiso sentirse libre para amar como le dictara el corazón, y no como se lo impusieran las normas sociales, en un momento en que esos atrevimientos se pagaban caros. Podría decirse, como señala José Manuel y han dicho otros, que Julia estaba adelantada a su tiempo. Esa frase, que ya es un lugar común, suena arrojada y de verdad lo es, pero en los años '30 o '40 del pasado siglo ese tipo de arrojo era una temeridad que generaba consecuencias: marginación, rechazo de hombres y mujeres, de familiares y de amigos. Hasta el mismo receptor del amor, el amado, cuando se trasmuta en despechado termina actuando como un enemigo real, con capacidad para hacer daño, como efectivamente le sucedió a Julia. El impacto psicológico de esas vivencias debió ser profundo.

No es raro que una mujer así, en aquel mundo, donde la miseria real, la objetiva, a veces se juntaba con la maldad, no tuviera una vida larga. Pudo haberla tenido aceptando otro tipo de vida, lo que nunca hizo. El ajuste a las circunstancias no llegó –ella lo dice nítidamente en varios de sus poemas– y la vida fue breve. Julia tenía 39 años cuando la recogieron muerta o moribunda –el autor relata que no se sabe con exactitud cuál fue el caso– en la esquina de la Quinta Avenida con la calle 105 del Barrio Hispano de Manhattan. De haber jugado "al escondite con su ser" tal vez su vida hubiese sido más larga, pero habría sido "un intento de vida".

Los últimos años de esta mujer, cargados de amores breves y a todas luces insípidos, de trabajos ocasionales y grandes dosis de alcohol, debieron ser terribles. La descripción que nos hace José Manuel –como cuando cita a Jack Agüeros, de niño, viéndola junto a sus amigos bums– es fuerte, pero real y necesaria si de verdad queremos conocer y entender su vida.

La producción poética de esos años tiene el sello de aquella vida: breve, repartida en papelitos y casi toda extraviada. Desafortunadamente, ninguna institución cultural puertorriqueña ha hecho algún esfuerzo para buscarla, juntarla y publicarla. Pero sí tenemos la producción que ya había recogido en sus libros y la que está contenida en periódicos y revistas.

La calidad de esa obra demuestra que no siempre es necesario tener una vida larga y convencional para producir mucho y bueno. Antes que ella, Miguel Hernández y Federico García Lorca, víctimas de otro tipo de barbarie, habían demostrado lo mismo.

Con su libro, José Manuel también demuestra que no es necesario escribir una obra extensa para trasmitir un retrato fiel de la que, como a Paul Verlaine y Edgar Allan Poe, llama "poeta maldita". (Rubén Darío, nos dice, los llamaba "raros".) En 195 páginas nos da el retrato de Julia que faltaba en la literatura escrita, el verdadero. Estos benditos malditos –Verlaine, Poe, Julia…– vivieron la vida que pudieron o quisieron y, enfrentando sus demonios, fueron capaces de crear.

Quiero terminar citando unos versos de un poema que se reproduce íntegramente en el libro y que Julia tituló Al hijo que no llega:

"Y mi sueño, que tiene la ilusión del rocío

que se eleva hasta el cielo

persiguiendo la paz,

y que tiene la limpia desnudez de las aguas

la frescura del alba

y el misterio del mar,

se hará carne en tu cuerpo

y sonrisa en tu boca

y candor en tus ojos

y en tu alma piedad."

Habrá quien diga, algún freudiano seguramente, que la maternidad frustrada de Julia, proclamada en este poema, explica su vida. Sin duda es un elemento a considerar, pero no creo que fuera fundamental. Más apropiado me parece decir que fue una mujer que se equivocó de época, un ser que apareció en el mundo con, al menos, sesenta años de adelanto. Si en vez de 1914 hubiese nacido seis décadas después, cuando ya estaban disponibles otros caminos para una vida como la de ella, quizás no hubiera muerto a los 39 años alcohólica y terriblemente sola.

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