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Guerra nuclear con Trump

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Publicado: miércoles, 29 de marzo de 2017

Por Víctor Torres Olea

 

En un espléndido artículo publicado recientemente por CLACSO (marzo de 2017), mi amigo Luis Arizmendi reflexiona a fondo sobre los cambios estratégicos del siglo XX al XXI y, por supuesto, hace un análisis bien pensado sobre las “babosadas” de Donald Trump en estos menos de 100 días de su gestión al frente de la Presidencia de Estados Unidos, y concluye que tales “movimientos” aparentemente erráticos no lo son tanto y que en el fondo encierran un nuevo proyecto geopolítico y hegemónico del capitalismo que llevaría “otra vez” a Estados Unidos a la punta indiscutible del sistema, a sostenerse por largo tiempo en el primer lugar.

En la competencia actual, derivada de la política del siglo XX, Estados Unidos tendría que enfrentarse esencialmente a Rusia, China e Irán, lo que tal vez lo pondrían en un plano de inferioridad desde luego en Asia y probablemente en Europa.

El objetivo fundamental a corto plazo de Trump sería modificar esencialmente esta ecuación para montarla sobre diversas bases, a los ojos del presidente, más convenientes para Estados Unidos en el mediano y a largo plazo. Tal objetivo se propondría, en el fondo, eliminar a China del horizonte mundial estratégico futuro y de ganar para su causa a Rusia, su tradicional adversario en la Guerra Fría del siglo XX.

Este giro radical de la historia, según se desprende del análisis de Arizmendi, tendría como principales objetivos, desde luego asegurar para Estados Unidos el papel hegemónico sobresaliente en todos sentidos en el siglo XXI, y más lejos, si fuera posible, principalmente en el plano económico y militar.

Reducir a su dimensión real, según Trump y sus asesores, es decir, a un segundo plano, el conjunto europeo y, desde luego, a Rusia. Y, claro está, asegurar para Estados Unidos una tasa de crecimiento que le permita seguir encabezando la economía mundial y militar, es decir, al complejo industrial-militar de Estados Unidos como el nervio central y más sólido y dinámico del Imperio.

Una primera medida en esa dirección fue tomada ya en el proyecto de presupuesto que Donald Trump presentó hace unos días en el Congreso de Estados Unidos, que implica, entre otras características principales el aumento sustancial del capítulo militar junto a las disminuciones muy importantes en materia de salud, educación y cultura, bienestar e infraestructura general, y tal cosa en términos bastante impresionantes en cuanto a las cifras.

Muchos se preguntan ¿por qué tales cantidades de aumento del presupuesto en materia militar, que traen consigo la disminución también muy importante en los otros rubros mencionados antes? La respuesta parece obvia: el presupuesto proyectado por Trump actualmente es un proyecto de guerra que, como decíamos antes, parece incluir a la larga de manera irrevocable una guerra termonuclear con China.

Los coqueteos y acercamientos previos con Putin se inscribirían fácilmente en esta estrategia. Tal es la sustancia real del “Volvamos a hacer grande a Estados Unidos”, que tan eficaz resultó para Trump en su campaña presidencial, lo que puede resultar para el resto del mundo volver a transitar por el sendero de otra construcción intensiva de armas termonucleares, que es la inevitable ruta a la que lleva la “nueva grandeza” para Estados Unidos que quiere Donald Trump.

Que no resulta fácil transitar por ese camino resulta claro, pero lo que también resulta obvio es que los “equilibrios” que ha desarrollado el sistema político y jurídico estadunidense, parecen funcionar en alguna medida, como se comprobó hace unos días con la obsesiva intención de Trump de echar abajo el Obamacare, y de sustituirlo por uno de su propia cosecha, lo cual resultó fallido no obstante la mayoría republicana en el congreso con que cuenta Trump.

La obsesión en contra del Obamacare se inscribe también en la explicación avanzada antes. Ojalá este tropiezo lo lleve a la conclusión de que los asuntos y decisiones de Estado son más complicados de lo que suponía, y que tal evidencia lo lleve a ser más cuidadoso en el futuro, más tratándose de una guerra nuclear con China, que parecen llevar consigo varias de las órdenes ejecutivas que ha dictado hasta ahora

Y esto, a pesar de que su círculo de consejeros más cercanos pueda seguirle insistiendo en la necesidad de desaparecer a China, ya que dentro de 20 o 30 años puede ser, en efecto, en lo económico y militar, el más poderoso de la tierra.

Ese propósito, sin embargo, por vía nuclear, puede ser nada más que una muy falsa ilusión o inclusive una pesadilla irrealizable. Es verdad, en 20 o 30 años China puede ser en muchos aspectos la primera potencia mundial, pero esto no significa que pueda ser aniquilada antes por la fuerza.

Tal es, sin embargo, la perspectiva posible que han construido para consumo de Trump sus más cercanos consejeros. Tal es también el motivo del temor más profundo que ha levantado su triunfo en Estados Unidos, que además deberá en su momento enfrentarse también a la “guerra santa” que ha suscitado por sus medidas ejecutivas, discriminatorias y radicalmente antimusulmanas.

Y no sólo en Estados Unidos, sino en occidente entero. Para Estados Unidos la presidencia de Trump, si todo esto tiene lugar, podría ser no el preludio de un nuevo gran país sino el prolegómeno de su decadencia y hasta final.

Es decir, como dice Arizmendi, Donald Trump busca revertir a fondo la geopolítica del siglo XX, rediseñado el “gran tablero de ajedrez” a partir de una alianza inimaginable entre EU y Rusia. Pero en esa alianza ¿qué podría ofrecerle Trump a Rusia, se pregunta Arizmendi: ¿Crimea, Siria, el Este de Ucrania o la Costa Oriental del Mar Mediterráneo? El problema, se responde, es que todos estos constituyen espacios que la hegemonía regional rusa ya coptó desde hace tiempo.

Dicho en una palabra, las “locuras” y los “excesos” de Donald Trump tal vez no lo sean tanto, porque se inscriben en un proyecto que ha “comprado” el presidente y que resulta seguramente la mayor de sus locuras y excesos.

 

Reproducido de www.la jornada.mex.

 

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