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Relatos de Rei Millán

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Publicado: martes, 2 de octubre de 2018

LO SEPULTARON

Lo sepultaron de madrugada. Para evitar situaciones embarazosas. Y lo velaron por Internet. Para que nadie se acercara. Para que las viudas no se vieran las caras. Para que no entrara la Prensa. Para que no vieran su rostro. 

Nació el último día del siglo 19. Murió el primer día del siglo 21. Le decían Siglo desde el día que cumplió su primer año. Pesó 18 libras al nacer y tenía una amplia cabellera blanca. 

Su primer día de clases fue muy curioso. Se asustó tanto que tuvieron que empujarlo para entrar al salón. En el forcejeo le quitó la falda a la maestra, que se quedó con las enaguas visibles y las marcas de su ropa interior. El resto de los chicos se rieron y los padres miraban sin sonrojarse. La maestra se vistió y los niños entraron a clase. Aprendió a escribir, sumar y restar, caligrafía elemental y dibujar. 

Descubrió un libro y comenzó a leer. Nunca se detuvo. Solo descansaba para dibujar. Y de vez en cuando comía cuando sus padres lo llamaban a la mesa. 

Una tarde su mejor amigo lo llamó para jugar. Y nunca se detuvo. Solo paraba para leer y dibujar. Pasaron los años y se graduó de escuela superior. Luego se doctoró en Lingüística tras 8 años de estudios. 

Se casó seis veces y se divorció siete.

Trabajó como profesor por contrato por 60 años, renovando cada semestre. Un día se jubiló. Su barba blanca le llegaba al pecho, y sus manos habían crecido tanto que podía cargar una biblioteca en cada una. 

Cuando sus padres, que tenían 200 años, compraron un televisor dejó de leer y dibujar. Y se afeitaba todos los días luego de teñirse el pelo. Solo veía televisión y estaba más preocupado por su imagen que por alimentarse. Por eso murió. Exceso de televisión y falta de nutrición. Siglo le decían. Murió alegre. 

Nació el 31 de diciembre de 1899 y murió el 1 de enero de 2001. Nadie, nunca, lo vio triste. Ni en su sepelio.

 

 

EL 29 DE FEBRERO DE 1691

El 29 de febrero de 1691, el monaguillo entró al templo. Eran las 11:00 de la mañana, pero todo estaba oscuro. El sol se había ocultado y la luna quedó detrás de un hueco solar. El calor se había congelado y el frío daba calor. Las hojas secas se multiplicaron y los árboles se derritieron. Las pupilas dolían y la sed parecía infinita. Su nombre era Joshua. Desconocía que un día sería rey. 

Desconocía que sería traicionado. Desconocía que sería apresado. Desconocía que sería juzgado y sacrificado. Su delito tampoco lo sabría. Era el mensajero de un rey mayor que nadie nunca vio ni verá. Y salió el sol. Los polos se ajustaron. La temperatura se redujo. Y pudieron mirar al cielo. Y no quedar cegados. 

Joshua vivía con sus tíos. Jonás y Magdalena. Jonás tenía 113 años y Magdalena 116, cuando Joshua nació. Si madre, hermana de Magdalena, murió ese mismo día. Nunca se supo quien fue su padre. 

Aprendió a caminar y luego a correr. Nadie más veloz. Y también aprendió a nadar y remar. Nadie más eficiente. Y creció. 

Una noche, mientras dormía una luz lo despertó. Era su tío Jonás que había encendido una lámpara. Y comenzaron a conversar. ¿Qué te ha pasado? ¿No puedes dormir? Es que tuve una pesadilla. Soñé que la tierra se había encendido y no se podía respirar. Allí fue que desperté y vi una luz. Y cuando desperté era tu luz. No te preocupes. Yo también soñé con una luz. Y cuando desperté todo estaba oscuro. Pude caminar entre la oscuridad y vi la lámpara. La encendí y te vi a ti. Dentro del templo. Eran las 11:00 de la mañana, pero todo estaba oscuro. El sol se había ocultado y la luna quedó detrás de un hueco solar. El calor se había congelado y el frío daba calor. Las hojas secas se multiplicaron y los árboles se derritieron. Las pupilas dolían y la sed parecía infinita. Una y otra vez, miles de veces. Era un triángulo circular o un círculo triangular. Unos hombres de cinco brazos trataron de cuadricularlo, pero no lo lograron. Decidieron amarrarlo pero no pudieron. Tenía todos los espejos y a través de él se podían ver todas las miradas y escuchar todas las voces. 

Joshua despertó. El 1 de marzo de 1916. Ese día cumplió 57 años. Y se quedó sin aire. Su último día sobre un planeta que nunca vivió. Los historiadores realizaron una investigación exhaustiva. Uno de ellos, Heródoto contactó a Socrates y concluyeron que Joshua fue el verdadero hijo de Sófocles. Una tragedia. Del día que nunca existió.

 

 

ECNOP

Al otro lado de Ecnop. Eran decenas, cientos, miles de autos que circulaban por la autopista. En cada auto iban una, dos, tres o cuatro personas. En algunos iban hasta siete. Unos leyendo el diario, otros mirando un libro. No faltaba la mujer que escuchaba radio mientras a su lado un niño oía música a través de la tecnología Nano, que hace dentro de un pequeño aparato aplastado, un concierto privado de un cantante sin melodía. Muchos conductores y pasajeros iban a sus trabajos, otros a llevar los niños al colegio, algunos pasaban por el lugar obligados para poder seguir hacia la capital para visitar una agencia central de gobierno a solicitar un servicio y otros a buscar empleo en otro pueblo. 

Ecnop. Todos pasaban mientras al lado de la carretera, estacionados, cinco monstruos de colores rojo y negro, amenazaban el paso sin pausa, pero al mismo tiempo con gran alegría. Eran unos monstruos de impresionante tamaño, que desde lejos se veían con claridad. Se veían sus espaldas, sus brazos, sus piernas, su torso, pero no tenían cabeza. Estaban quietos, pero su sombra se movía. Ecnop. 

Todas las mañanas, miles de sorprendidos videntes eran testigos de esas enormes figuras que recuerdan que entramos o salimos, que salimos o entramos a una nueva tierra, a un mundo diferente, a un lugar donde la gente piensa, siente y vive diferente. Se trata de una villa, un pueblo, un municipio o tal vez un territorio, una república o una isla conectada por una autopista coronada de cemento. 

Ecnop. Es el anuncio de la llegada o de la salida o tal vez es un aviso de la permanencia de una visión sostenida. No se sabe cómo cayeron del cielo esas cinco gigantescas figuras. Sólo se supo que un día aparecieron allí, sin dar explicaciones, sin publicidad, sin ruido, sin fiesta, sin pretensión y sin amables cortesías. Ecnop.

Un día amenazaron con derrumbar esas monstruosas figuras. Fue una amenaza burocrática fundada en el miedo a la reglamentación del todopoderoso federalismo. “Esos monstruos provocarán accidentes, turbarán sentimientos, perturbarán el tránsito, afectarán la psiquis de nuestro pensamiento y plantarán un nuevo designio”, decían alarmados y todos lo creían. Ecnop. 

Pasaron días, pasaron meses, pasaron años y los monstruos siguen allí todavía. No han causado daño, no han dañado peces, no han matado aves ni arrollado reses. Ecnop es el nombre de ese monstruo que nos vendieron como omnipresente, como un enorme Godzila que se apoderaría de nuestra sangre, como una mentira que se quedaría con nuestra frente. Pero el tiempo pasó y todo pasó. Pasaron los mismos autos, las mismas personas, pasó el mismo tiempo. Al llegar las tardes y de regreso a casa, decenas de automovilistas, cientos de pasajeros, miles de curiosos, se acercaron a los monstruos para verlos de frente y comprendieron que desde el otro lado de Ecnop, las cosas se pueden apreciar con justicia, desde una perspectiva más realista, desde un punto de vista más claro y menos materialista. Todos habíamos visto monstruos donde no los había. Habíamos imaginado luchas donde no existían. Habíamos pensado en guerras que no servían.

Llegó el momento de dar rienda suelta a nuestra imaginación constructiva, a nuestra lucha pacífica, a nuestra misión unitaria y a nuestro aprecio por la vida. Ecnop. Desde el otro lado de Ecnop, vimos la realidad y nos preocupamos. Desde el otro lado de Ecnop, vimos la verdad y nos amanecimos. Al otro lado de Ecnop valoramos la justicia y nos maravillamos.

Al otro lado de Ecnop nos espera una nueva esperanza y lo agradecimos. Al otro lado de Ecnop pretendamos construir una nueva tierra donde cada uno no se desvalore, donde cada cual se enamore, donde todos juntos labremos la esperanza y llevemos dentro de nuestro pecho unas figuras más grandes, derechas, nunca torcidas y mucho menos desteñidas o invertidas, para que bendigan nuestro futuro y no nos amanezcamos asechados por una falsa realidad construida desde el otro lado de nuestras vidas. Al otro lado de Ecnop nacerá un nuevo pueblo con una nueva vida. Ese pueblo no se llamará más Ecnop. A partir de ahora su nuevo nombre será el de esas mismas letras invertidas y nunca más vivirá otra historia torcida.

 

Rei Millán es periodista con una larga trayectoria en radio y prensa escrita. El regionl de Guayama, Católica Radio e Inter News Services son algunos de los espacios en los que colabora.

 

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