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La marcha de las caretas

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Por Jaime Córdova

Publicado: martes, 27 de marzo de 2018

La frase “es un fenómeno cíclico”, a menudo utilizada para explicar la destacada presencia puertorriqueña de hace algunos años en la posición de receptor, ignora la historia. Existen acontecimientos concretos que nos enseñan cómo hemos alcanzado nuestra actual hegemonía. Para comenzar, hagamos un repaso de la situación en los comienzos del beisbol, desde 1896 hasta mediados de los cuarenta. La receptoría fue la última de las posiciones en desarrollarse porque los peloteros boricuas de entonces no contaban con fortaleza física ni tampoco con experiencia en el manejo de lanzadores. Por lo tanto, en las primeras temporadas celebradas en Puerto Rico, la mayoría de los equipos contrataban refuerzos para ocupar la receptoría. 

Casi todos provenían de las Ligas Negras, lo cual permitió que se viera en acción a los mejores de estos tiempos. Una lista abreviada incluye a Joshua Gibson, Roy Campanella, William Perkins, el receptor favorito de Satchel Paige, y Quincy Trouppe , un estudioso del juego, especialmente de las posiciones de lanzador y receptor. Trouppe fue subido a las Grandes Ligas a los treinta años y tuvo un gran total de diez turnos al bate. También jugaron aquí John Hayes, Ted Young, Clarence Palm, Robert Clarke y Frank Duncan, quien participó en las llamadas temporadas extranjeras que comenzaron en 1925 y que consistían de equipos del Caribe y Estados Unidos que visitaban Puerto Rico para celebrar series largas. Sobre Duncan hay que añadir que años después fue muy influyente en el desarrollo de Hiram Bithorn. Además, dejaron huellas en los diamantes de Puerto Rico Paul Richards y Ernie Lombardi, el primer catcher campeón bate de las Grandes Ligas en el año 1935.

La Segunda Guerra Mundial obligó a los equipos a reducir gastos. Se eliminaron los refuerzos y se jugó con solo cuatro equipos. Aun así, tuvieron dificultades para cubrir la posición de receptor, y conste, que el itinerario consistía de dos partidos semanales. Ambos se celebraban los domingos en forma de doble juego. Los Cangrejeros dependían de Nenaco Vilá y Juan Ledeé; San Juan contaba con Luis Morales, Pepe Carbia y Antonio Aponte; Mayagüez alineaba con el pequeño Pedro Vélez y los Leones tenían al mejor del grupo, Griffin Tirado, quien recibía casi la temporada completa. Era tal la escasez de receptores, que muchos equipos se vieron precisados a utilizar peloteros establecidos en otras bases para poder cubrir el área detrás del plato. Alfredo Olivencia, una tercera base, actuó como receptor. Juan Sánchez, un guardabosque, fue transferido a la receptoría por los Cangrejeros. Todavía, años después, Vicente Villafañe se puso los aperos, igual que Efraín Blasini, una tercera base. Quizás el caso que mejor demostraba la falta de receptores fue el de Cefo Conde, un lanzador que se vio obligado a recibirle nada menos que a Satchel Paige. “A Page se le podía recibir en una silla de ruedas. El problema hubiera sido que me tocara recibirle a un novato loco y descontrolado”, comentó Cefo.

Al finalizar la guerra, los equipos regresaron al sistema de los tres refuerzos y mantuvieron las mismas cuatro franquicias en operación. Santurce entregó la posición a Vitín Cruz, quien fue seleccionado Novato del Año. Mayagüez ya contaba con Chaguín Muratti y con uno de los primeros receptores boricuas que poseía las herramientas físicas: el subestimado Luis Villodas. Ponce continuaba con Griffin Tirado recibiendo todos sus juegos y San Juan fue el único equipo con catcher importado, Robert Clarke, que también actuó como dirigente.

Durante los próximos cinco años la participación de los receptores boricuas continuó en aumento. San Juan encontró una solución a largo plazo en José Enrique Montalvo, quien comenzó como regular en 1946. Este fue un buen receptor con movilidad y atributos físicos. Jugó brevemente en las Grandes Ligas. Mayagüez había resuelto el problema, no con uno, sino con tres receptores boricuas que fueron Luis Villodas, Chaguín Muratti y Humberto Pita Martí. Al final de la década, Santurce consiguió un receptor que cubrió la posición por muchos años de forma destacada. Este fue Valmy Thomas, que logró establecerse en las Grandes Ligas y fue el primer receptor nuestro en hacerlo quince años después del debut de Hiram Bithorn en 1942. El segundo receptor puertorriqueño que tuvo participación en las Grandes Ligas fue Eliseo Rodríguez, un aguerrido combatiente que jugó unos veinticuatro partidos con los Yankees de Nueva York en 1968. En total, dos receptores de Liga Mayor en un cuarto de siglo. 

¿Por qué cincuenta años después tenemos tantos receptores sobresalientes en las Grandes Ligas? Siempre hemos sostenido que la diferencia más importante entre el beisbol actual y el del siglo veinte es el tamaño de los jugadores. Los receptores del pasado tenían las habilidades, la inteligencia y el deseo; pero no contaban con la fortaleza física producto de una buena nutrición y un régimen de ejercicios. De hecho, la mayor parte de los peloteros “del pasado” tenían otros trabajos para así poder cumplir con sus necesidades económicas. A medida que la alimentación de los puertorriqueños mejoraba, también su progreso corporal. Esto coincidió con otros factores que contribuyeron a abrir camino a los aspirantes boricuas: el aumento en la cantidad de equipos de Grandes Ligas y un interés cada vez menor de los jóvenes norteamericanos en ocupar la posición más peligrosa del beisbol. Sabían, especialmente los provenientes de universidades, que no era realista hacer proyecciones para una carrera larga jugando en la receptoría.

El argumento final resulta difícil de probar, pero es uno de los que más nos atrae. No es posible producir receptores de la calidad de los hermanos Molina, Iván Rodríguez, Benito Santiago, Javier López, Santos Alomar y otros sin el apoyo de una tradición como la que ha tenido Puerto Rico en esta posición. Gibson, Campanella, Perkins, Bench, Munson, Carter y muchos más dejaron un sedimento que luego aprovecharon quienes a pico y pala hicieron posible que pudiera decirse “en Puerto Rico hay receptores”. Algunos son Rafael Casanova, Fachy Rosado, Vitín Bermúdez, Bienvenido Rodríguez, Pichinga García, Rafita Zabala, Vicente Antonetti, León Tirado, Eduardo Nichols, Ismael Solla, Omar Cordero, Antonio Aponte, Charlie Rivero, Sixto García, Wilfredo Brea Ramírez y muchos más. Hubo un tiempo que en Puerto Rico se contrataban refuerzos para que jugaran la receptoría. Hoy los receptores puertorriqueños refuerzan al beisbol de Grandes Ligas. Además de ser un dato histórico ahí hay una lección.

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