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Poesía de Aurea María Sotomayor

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Publicado: martes, 27 de marzo de 2018

 Agüero

¿te acuerdas la noche en que nos perdimos?

Carmen Berenguer

 

Imagina cómo comienza la llovizna. 

 

Entre las quebraduras y de a poco 

cae la gota y penetra la piedra. 

La pule limpia hasta fijarle el esplendor. 

Ya sin el frío halla la lluvia

el cauce sereno del deshielo 

y la tierra se empapa germinando geranios 

brotes de tulipanes producidos por el estupor del raso sol

del suelo desbordándose. 

La lluvia carga los árboles de signos 

y dibuja el desliz de los pájaros 

cual reptiles con su cola alzada 

pitando sin sibilancia, 

redescubriéndose en medio de los médanos.

 

Ante el árbol del bien y del mal no se asoman, 

más que para notar su lento crecimiento. 

Apenas pueden observarlo, 

ni pueden despegarse de su crecimiento. 

Tampoco pueden mirar su crecimiento. 

Aquí se desborda el árbol musical

el del bien y el del mal. 

Sus raíces se entrelazan debajo de la tierra 

y trenzadas se yerguen disparándose. 

El cielo no puede discernir en ese brote 

el espacio que se distancia entre el bien y el no bien 

o entre el mal y el no mal. 

 

El paisaje comenta a la mirada y no se deja ver, 

sólo las raíces conversan y se disparan hacia el cielo. 

Llueven las hojas de ese bien y ese mal 

y se dispersan entre las quebraduras. 

Suenan las quebraduras, 

designado el espacio que genera el deshielo. 

Suena todo y hoy llueve. 

El caer lo caído lo caerá 

entra al borde y lo nombra 

y no se sabe qué pesa más.  

 

 

Zombi

 

Pero donde más sufría era en la memoria.

Felisberto Hernández

 

Arrojarse todos los días

a la pereza del viaje

al organizado deambular de los sentidos.

Husmear, buscar sin rumbo,

cual un perro disfruta del ambiente.

 

El azul del otoño temprano,

el crujido de lo que cae,

lentamente pisado por los ojos

suena 

en medio de la noche

suena el tren perdido 

atravesando el cuerpo 

de quienes habitan la ciudad.

 

La media luna desmarca la ventana

el ocaso estampando.

El caminar mide su lentitud

y escucha los algodones

amortiguando un tiempo 

sin mesura.

 

Descubrir es escuchar 

el ruido sutil 

que desmorona 

las certezas.

Al filo del abismo 

la persona es otra 

o enloquece. Dicen 

que caminan 

como si un viento inhumano

los hubiera arrojado en otro sitio,

que sus pasos no suenan 

que les pasan de frente y no ven

y que esperan diligentemente

a que llegue la muerte

a ver si sueñan.

 

No desean morir

porque aún queda algo

que se los prohíbe.

Y así viven, lacerados

en un cuerpo que desconocen.

 

 

 

Áurea María Sotomayor

Escritora y profesora universitaria en la Universidad de Pittsburgh. Estudió literatura comparada y latinoamericana en la Universidad de Puerto Rico y en Indiana University (Bloomington), se doctoró en Stanford University y posee un Juris Doctor de la UPR. Entre sus libros de poesía figuran Sitios de la memoria (1983), La gula de la tinta (1994), Rizoma (1998), Diseño del ala (2005), Cuerpo nuestro (2013) y Artes poéticas (2014). Ensayista, de crítica publica Hilo de Aracne (1995) y Femina Faber. Letras. Música, ley (2004). Ampliamente antologada, ha recibido reconocimientos del Pen Club, Instituto de Literatura, Instituto de Cultura Puertorriqueña y Ateneo Puertorriqueño. Es co-fundadora de las revistas culturales Posdata, Nómada y Hotel Abismo. Como antóloga tiene De lengua, razón y cuerpo (ICP, 1987) y Red de voces: poesía puertorriqueña contemporánea (La Habana). Traduce el libro de Walcott, The Bounty (La providencia) en Fragmento Imán en 2010, entre otros libros. Los poemas que mostramos son de Chuvento o lengua secreta (2014-2017), inédito.

 

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