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Túnicas manchadas

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Por Reinaldo Pérez Ramírez

Publicado: miércoles, 21 de abril de 2010

“Las acusaciones contra el Pontífice y la iglesia por el asunto de los abusos sexuales me recuerdan los aspectos más vergonzosos del antisemitismo.”
Rainiero Cantalamessa,
“Predicador Personal” del Papa Benedicto XVI

“¿No debería sobre todo el Papa Benedicto XVI asumir su responsabilidad en lugar de quejarse de una campaña contra su persona? Nunca nadie... tuvo tantos casos de abuso sobre su escritorio como él.”
Hans Kung,
Sacerdote y Teólogo suizo


Cuando el mismísimo Papa Benedicto XVI, en pleno esplendor de la Semana Mayor y a través de un portavoz, reacciona ante la indignación pública provocada por las últimas revelaciones sobre pedofilia institucional acaecidas en Irlanda -una de las naciones irredimiblemente católicas de Europa- es importante prestar atención. El Cardenal Rainiero Cantalamessa comparó la denuncia proveniente de todas partes del mundo en contra de la iglesia católica con el holocausto judío. La hipérbole mal traída, les ha reventado en la cara, como bomba casera. Las verdaderas víctimas en estas nuevas revelaciones, no son el Papa Benedicto y mucho menos la iglesia. Las víctimas son las víctimas, no los victimarios, ni los encubridores.

El destape de la pedofilia de catecismos, sacristías -hasta entonces oculta bajo túnicas color púrpura, tedeums y diostesalves- se denunció por primera vez en Estados Unidos hace apenas algunos años. Pero al igual que toda verdad histórica oculta y reprimida por años, como el magma volcánico luego de la erupción, el abuso revelado sigue regando cenizas que no son de unción. En Europa, conocimos primero el sórdido caso del orfanato de niños sordos en Italia. Más tarde, comenzaron a filtrarse las informaciones sobre pedofilia sacerdotal en la propia Alemania, que salpicaron hasta al hermano del flamante Papa. Se siguen sucediendo las denuncias: Holanda, Austria, Italia... incluso en Milwaukee, los sacerdotes de otro orfanato de niños sordos estadounidenses repitieron el escenario de Italia. Al final del día, no se trataba sólo de los sacerdotes de los Estados Unidos. Antes, como en casi todo en el mundo occidental judeocristiano, la Europa madre había marcado el paso. Las réplicas en Oriente, áfrica, América Latina y Australia no se harán esperar.

El fundamentalismo religioso no escatima al defender sus liturgias, aunque las disfrace de guerras seculares por tierras, por recursos, por vías de acceso. En nombre de la seguridad de un “estado”, los israelíes bombardean la Franja de Gaza con cohetes teledirigidos. No bombardean bases militares porque no existen. Bombardean vecindarios civiles donde alegan que se fragua el envío de cohetes “caseros” más allá de sus artificiales fronteras. El “Estado de Israel” fue creado artificialmente por las potencias europeas, y ampliado en territorio por la guerra de los judíos recién “asentados” contra los palestinos. En el fondo es una guerra que se origina en ideas religiosas, en la que el blanco militar es el caserío paupérrimo, devastado y aislado en la propia tierra donde los palestinos tienen anclada la vida, donde están enterrados sus muertos. Si eres palestino, la ecuación es clara: un puñado de cohetes caseros para defender la tierra donde vives, donde por siglos han vivido tus ancestros, versus cohetes teledirigidos y bombardeos de aviones que pretenden matarte o sacarte de ella.

Mientras ello ocurre, un sector del islamismo pseudoradical pretende justificar el acoso a un dibujante danés, por el único “delito” de crear para un periódico una representación gráfica de Mahoma con una esfera y un mechero encima de la cabeza. El dibujante vive en ascuas, protegido por las fuerzas de seguridad del primer ejecutivo de su país, esperando que se disipe la “sharia” en su contra -algo que no ocurrirá, porque la convicción irracional de la religión no admite correcciones. Probablemente -al igual que su familia y al igual que el escritor británico Salman Rushdie y la suya- vivirá el resto de su vida sin tener paz, si no es que -en nombre de Alá- mueren antes, ajusticiados por “mártires”. Después de todo, así lo dicta un libro sagrado. Somos testigos de la Cuarta Cruzada: la venganza de Saladino.

Si examinamos con un mínimo grado de rigor lo que hemos relatado antes, nos percatamos de que existe una ilación: un poder trascendente se enseñorea sobre los hombres para guiar sus pasos en el mundo real. Enredado en su propia ficción -como la que fabrica la iglesia católica para evadir reconocer el atropello de siglos de pedofilia oculta; igual que las explicaciones de Nethanyahu sobre los bombardeos a civiles en la Franja de Gaza; de la misma forma que el islamismo pseudoradical sentencia a muerte a cualquiera que atente contra su liturgia, el fundamentalismo religioso nos envuelve en la mentira de construcciones que se estrellan contra la realidad del sufrimiento de sus víctimas.

Hace unos días se arrestó en Estados Unidos a un puñado de fundamentalistas religiosos que se hacían llamar los Hutaree y se proponían declarar la guerra al gobierno federal, en nombre de Cristo Redentor. Los vídeos de sus ejercicios de entrenamiento, en uniforme de camuflaje, demuestran que hablaban en serio. Su guerra sagrada comenzaría asesinando policías, para luego masacrar a los dolientes durante el funeral. El minúsculo grupo quedará como un asterisco al margen de la historia. Sin embargo, nos señala un camino que no difiere mucho de los otros. Son liturgias diferentes, pero iguales: confunden lo trascendente con lo inmanente al aspirar a ejercer un poder secular que se convierta en hegemónico, con exclusión de los no conversos.

Aunque desde hace varios siglos la iglesia católica abandonó sus pretensiones seculares, su flamante jerarca de turno en el mundo real -al igual que cualquier político con la popularidad en descenso según las encuestas- le ha dado más importancia a su imagen que a reconocer el sufrimiento de sus víctimas. Hubiese esperado que en lugar de ello, el jefe de la iglesia, consistente con su prédica cristiana, dirigiera sus esfuerzos a reformar las estructuras de su institución para evitar que en el futuro haya otras víctimas.
La túnica con bordes de oro de la iglesia católica permanecerá manchada por mucho tiempo.

*El autor es abogado laboral con práctica sindical y miembro de la Junta Directiva de Claridad.

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