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De Venezuela a Brasil: La izquierda tiene que reinventarse

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Publicado: martes, 6 de noviembre de 2018

Javier Arroyo-Figueroa

 

Mientras escribimos estas líneas, una masa simpatizante con el candidato y futuro presidente de Brasil, Jair Messias Bolsonaro, celebra jubilosamente en las calles de Río de Janeiro su triunfo electoral. Con una victoria aplastante frente a una izquierda debilitada, se abre un capítulo nuevo en la historia alternante entre democracias y dictaduras del continente americano. Esta vez le tocó a Brasil. Es muy temprano para hacer pronósticos certeros, pero ante las altas expectativas de un país sumido en la violencia y la corrupción gubernamental, también hay bajas expectativas en cuanto a la legitimidad de un gobierno que promete aplastar a las minorías, criminalizar a la oposición, eliminar derechos adquiridos por los trabajadores; y promover el fascismo y la teocracia cristiana. Todo lo anterior va en contra de los principios democráticos más elementales.

Lo anterior se suma a una serie de derrotas de la izquierda en América Latina, que van desde el fracaso de la economía en Venezuela (país que vive a diario ante la amenaza de una invasión militar auspiciada por EE.UU.) hasta los golpes de estado institucionalizados en Argentina y Honduras. Sin intentar pasar juicio sobre los elementos que llevaron a Bolsonaro al poder –y aunque las historias de cada pueblo son particulares– vamos a hacer un intento de analizar, desde una perspectiva general, las razones por las cuales la izquierda en América Latina ha sucumbido a los ataques de la derecha.

Culto a la personalidad: Hemos observado cómo los movimientos de izquierda se han caracterizado por el culto a la personalidad de sus líderes: Hugo Chávez, Evo Morales, Lula da Silva. Aunque esto tiene un efecto aglutinador y ayuda a la masas identificarse con una causa a través de un líder, tiene el peligro de que se forman instituciones políticas débiles: la fuerza recae en la persona, no en el partido o en el movimiento revolucionario. El efecto, a largo plazo, es el debilitamiento de la fuerza política por el debilitamiento de su líder, ya sea por muerte, enfermedad o encarcelamiento. Es imperante que todo movimiento de izquierda aglutine varios líderes que apoyen una plataforma política en común, promoviendo a su líder máximo como un portavoz y coordinador de la plataforma, pero sin dejar que su fama sobrepase el prestigio del partido. Quizás sería bueno adoptar, en cierto sentido, el modelo comunista donde “el partido es todo”.

Control de los medios: Las revoluciones democráticas de izquierda, con la intención de preservar la “libertad de prensa”, han respetado la propiedad de los medios de comunicación en manos de los dueños del capital, quienes se han declarado enemigos de estas revoluciones. Estos medios no tardaron, ante su fracaso de apagar y desacreditar a los movimientos de izquierda en sus intentos de llegar al poder, en desacreditar a los gobiernos izquierdistas una vez se asumió el poder. Un ejemplo craso de ésto fue el caso de Radio Caracas TV en Venezuela. La furia que le causó el uso de este medio para desinformar al público y volcar la opinión pública en contra del gobierno de Hugo Chávez, lo impulsó a la decisión (errónea, en nuestra opinión) de no renovar la licencia de dicho canal, forzando su cierre. Asumir la actitud de “fake news” de Trump en EE.UU., atacando a la prensa, tampoco es una actitud apropiada. Crear un balance entre la “libertad de prensa” y la desinformación usada como instrumento de propaganda, es un reto que la izquierda deberá asumir en esta “era de la información”. Proponemos que los gobiernos de izquierda fomenten la verdadera prensa libre: aquella que no está sujeta a los intereses de las oligarquías ni a los intereses del estado; sino que esté subvencionada por donativos de sus susbcriptores- en cantidades limitadas por el estado, tal como se hace con las campañas políticas.

Guerra económica: Tal como ocurrió en el Chile de Allende y la Venezuela de Chávez-Maduro, la reacción de las oligarquías ante el triunfo electoral de la izquierda, es llevar a cabo una guerra económica: teniendo el control de los medios de producción, basta con crear una falsa escazés de bienes, interrumpiendo la cadena de distribución y de esta forma fomentar una crisis económica que vaya en descenso espiral, hasta su colapso-- para luego aducir, usando los medios que éstos controlan (ver párrafo anterior) que “el modelo económico no funciona”. Los mercados financieros a nivel mundial, también en manos de las oligarquías, se cierran ante la búsqueda de ayuda de parte de los gobiernos afectados por estas guerras. Los gobiernos de izquierda deben, una vez asumen el poder, ser más proactivos y no contar con “la buena fe” de los dueños del capital para llevar a cabo su agenda para crear economías de mayor equidad. Esto se puede lograr invertiendo en cooperativas de producción y consumo que, con la ayuda del estado, compitan de forma nivelada con las empresas privadas y mantengan activa una cadena de distribución que sea resiliente a los sabotajes de la derecha.

Corrupción: Al igual que en los gobiernos “de centro” y de derecha, la corrupción no es ajena a los gobiernos de izquierda. El problema es que en los gobiernos de izquierda “se nota más”. Esto se debe a varios factores. El control de los medios de parte de las oligarquías (ver “Control de medios”) les brinda un foro y un auditorio fértil para amplificar los escándalos inherentes en la corrupción gubernamental. Por otro lado, el fascismo y el neoliberalismo, comunes en los gobiernos de derecha, crean una fusión entre empresa privada y gobierno; esto hace más difícil detectar dónde están los despilfarros y favoritismos- que algunas veces ocurren más en las empresas privadas que en los gobiernos. Como quiera que sea, la corrupción mina la confianza de los pueblos en sus instituciones, y es un agente desmovilizador a la hora de algutinar fuerzas políticas en los procesos eleccionarios. Sin embargo, en esta era de tantos recursos tecnológicos, es viable crear plataformas que fomenten la transparencia de todas las transacciones gubernamentales, y el acceso a la información que conllevan las mismas; de forma tal que todo ciudadano - al igual que la prensa- pueda verificar, sin barreras, cómo se está haciendo uso de los fondos públicos. Es menester que los gobiernos de izquierda hagan uso de la tecnología para lograr finanzas públicas transparentes. De igual forma, es necesaria la creación y mantenimiento de entidades no gubernamentales que velen por el interés público, sin estar sujetas a los vaivenes de la política electoral.

La izquierda en América Latina tiene que reinventarse. De lo contrario, seguirá sucumbiendo, como castillo de naipes, a los feroces vientos de la derecha.

 

Javier A. Arroyo-Figueroa es un ingeniero de computación oriundo de Mayagüez, Puerto Rico. Actualmente, reside en la ciudad de Tampa, Florida

 

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