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La culpa de María

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Por Alana Alvarez Valle

Publicado: miércoles, 17 de enero de 2018

"Por culpa de María”… Es una frase que parece tan sencilla… Entiendo que desde el 20 de septiembre de 2017, cuando el huracán María azotó con furia mi bello Puerto Rico, los boricuas, de acá y de allá, hemos usado esa frase en algún momento, y con diferente perspectiva, política, económica o de la vida familiar y cotidiana.

Por culpa de María me pasé pegada, como en un trance, a la televisión, a la computadora, las redes sociales y el celular, todo a la vez por días interminables. No paraba de llorar por la desinformación, por no saber de mi familia, por la devastación, por la impotencia. Sólo veía las noticias y lloraba, hablaba por teléfono con los diasporriqueños para compartir alguna información y la pena, y lloraba, lloraba y lloraba. “Mamá, ¿ya no podremos ir a Puerto Rico nunca más?”, me preguntó el Dude. “Mi amor, iremos tan pronto se pueda. ¿Por qué me preguntas eso?” “Porque escuché en las noticias que sigue pasando el huracán por allá”.

 

Qué dolor tan inmenso en las entrañas… 

Entonces, por culpa de María le escribí a las mujeres boricuas que tenía más cerca. Decidimos reunirnos esa misma tarde. De sopetón llegamos diez personas a casa de Lori. Unas eran mis amigas, otras conocidas y a la anfitriona sólo la conocía por referencia. Nos abrazamos, lloramos, maldecimos, bebimos. Intercambiamos historias de horror. Esa tarde, nos hermanamos. Nos dimos cuenta que viviendo en uno de los estados de la Unión estadounidense, nadie entendía nuestro dolor más que nosotras y nosotros mismos. Ni siquiera los otros inmigrantes comprendían. Sólo los boricuas, todos los que de alguna manera u otra quedamos traumados desde ese fatídico día de septiembre, sentíamos ese desasosiego interno. 

“Mis compañeros gringos no entienden por qué llevo dos días llorando sin parar”, dijo una. “Mi jefa ha sido solidaria, pero solo porque tiene familia en la Isla”, comentó otra. “Mi jefe me envió a la casa porque pensó que me iba a dar un soponcio en pleno escritorio”, aseguró la tercera.

Todas bregamos de forma diferente, a unas se les cerró el estómago y a otras les dio por comer de más. Una tomaba xanax, otra bebía y otra fumaba. Casi nadie podía dormir durante toda la noche. 

Comenzamos un grupo de mensajes y decidimos vernos con cierta regularidad. Nos reunimos en la fonda Criollísimo, un conocido oásis boricua en New Britain. Nos apetecía comida para el espíritu, fritanga, arroz con habichuelas, mofongo y colita champán, mientras nos dábamos los partes más recientes de quienes ya habían localizado a sus familiares. 

Entonces nos organizamos para llevar donaciones a un centro de acopio. Con la bandera de triángulo azul celeste, fuimos hasta New Haven en caravana y llevamos los carros llenos tepe a tepe. Nos abrazamos, y nos dijimos por lo menos hicimos ‘alguito’ para aliviar el dolor de los que lo perdieron todo. “No están solos, en Connecticut estamos con ustedes”, expresamos en un vídeo. 

Las semanas que siguieron al huracán fueron intensas… cómo continuar con la vida cotidiana con esta culpa en el alma. “No es culpa”, me dijo Marilyna. “Es ‘Survivors Guilt”, añadió. ¡Umjú! Tenía razón. No era culpa per sé, porque cómo una sola persona podría ser responsable de semejante desastre natural. Era remordimiento por estar fuera de la patria, por el sentimiento de impotencia, de sentirse que es difícil colaborar; remordimiento de una estar bien, con energía, agua, techo, comida, conexión a internet… Era la culpa por habernos ido, por vivir fuera, por no estar ahí. 

En esos días sentía que había sólo dos tipos de personas en el mundo, los boricuas y todos los demás. El carro se quedó sin batería, así que llamé a asistencia en la carretera. El tipo se baja de su carro y me pregunta con mi propio acento: “¿eres de Puerto Rico?”. Resulta que Johnny, de Vega Baja, mientras me ‘jumpeaba’ el carro me contó que todavía no sabía nada de su familia. Llegué a comprar la batería nueva y me atendió Carlos, de Caguas, quien le acababa de conseguir pasaje a su abuelita para que llegara a pasarse una temporada con él y sus padres. Fui a enviar un paquete para la Isla y me atendió Jenny, de Toa Alta, aún no se había comunicado con su padre, con quien no tiene relación hace años, pero sigue siendo su papá y quería saber cómo estaba. Me enfermé y cuando vi a Dr. Valentín me relató apesadumbrado que por fin había hablado con su mamá que vive en Levittown, después de interminables días de silencio. A todos los boricuas que me encontraba les preguntaba si sus familias estaban a salvo, sabía que nadie estaba bien. Cada quien tenía una historia traumática que necesitaba compartir.

No existían palabras de consuelo y tampoco las quería si provenían de alguien que no entendía realmente. Mi estilista me preguntó cómo estaba mi familia y acto seguido me mencionó la masacre de Las Vegas. “Tonta”, pensé. No entiende nada. Sólo nos tenemos a nosotros y nosotras. 

Nos seguimos reuniendo, enviando paquetes a la Isla, abogando en nuestros centros de empleo y en las escuelas de los hijos para que se hicieran donaciones a las entidades de base comunitaria y no a las grandes corporaciones. También para darnos la mano con los refugiados que comenzaron a llegar, la mamá anciana, la tía, los suegros, los sobrinos.

Sobre todo, nos reuníamos para hablar. Necesitábamos escucharnos, desahogarnos. Una tarde en casa de Gaby, con el olor del pernil recién sacado del horno, las abuelitas intercambiaban historias de lo sucedido en su pueblo, los niños y las niñas correteaban, las parejas compartían… Esta desgracia había unido a este grupo de personas tan diferentes. Nos unía la pena. Nos unía la culpa. Nos unía nuestra cultura y nuestro acento. Nos unía el amor por Puerto Rico. Y de repente, por primera vez desde que vivo en el exilio, me sentí parte de una comunidad. 

La culpa o el “Survivors guilt” sigue ahí, latente. Pero, por culpa de María nos unimos y hay más solidaridad que nunca. Más ganas de echar pa’lante a Puerto Rico, de reconstruir la nueva patria.

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