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c. 1989 (segunda parte)

Escultura en alambre, Robin Wight
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Publicado: martes, 10 de julio de 2018

Cristina Pérez Díaz / Especial para En Rojo

 

Era muy pequeña como para entender que no vivíamos en un Estado. Y que por lo tanto era imposible un golpe de estado. Yo no sabía que los militares no necesitaban derrocar a nadie, porque ellos eran, a final de cuentas, el gobierno indisputable. Yo escuchaba a mis padres y a mis tíos y quizás a las maestras en la escuela hablar de golpes de estado, de golpes militares, con cierta frecuencia, en esos años finales de la década del ochenta. Era algo común. Se hablaba de golpes militares en América Latina. Había golpes militares en países con nombres extraños. Había golpes por todos lados. 

Esas palabras frecuentaban el aire y desde el aire mis oídos. Yo hacía con ellas lo que podía. Inventaba miedos, por ejemplo. Creaba en mi mente un país que no existía, para abundar en el asunto. Un país terrible y violento en donde una niña como yo corría a diario el riesgo de tener que interrumpir su baño por un golpe militar, de tener que salir a la calle envuelta, si acaso, en una toalla que poco efecto tendría contra los rifles.

Pero yo vivía en un país terrible y violento. Otro país, no el que yo temía. Otro, también violento. Yo no lo sabía. Lo sabían mis miedos. Lo sabía mi imaginación, que construía miedos. Mi miedo era tan falso como era certero. Era falso en los detalles: Ningún luchador de lucha libre, ningún militar, me sacaría de la ducha, de mi casa. Pero lo que intuía detrás de esas imágenes espectaculares de luchadores y soldados era real. 

En mi casa casi a diario se escuchaban balas. Las balas no se disparaban en las torres donde vivíamos. Pero cerca. A veces eran muchísimas. Y después silencio. Siempre después de las balas escuchábamos el silencio de las balas. Y escuchábamos la pregunta que se alzaba en ese silencio. Lo que podría significar ese silencio. Lo que nunca sabríamos, porque era silencio. Y el silencio no nos decía nada. Nos decía lo que no sabíamos, y que no lo sabríamos. Que ese silencio podía ser el de cuerpos expirados sobre el suelo o nada, podía ser también nada, pura bulla, pura temeridad, puro espectáculo de poder. Preguntas. Después de las balas había preguntas. 

Yo creo que por lo general no decíamos esas preguntas en voz alta. Quizás a veces preguntábamos con un dejo de esperanza si es que había sido fuegos artificiales, o balas. A veces preguntábamos eso. Pero no decíamos en voz alta las otras preguntas, las que buscarían dar contenido al silencio. Creo también que con el paso de los años dejamos de preguntar. Cuando se escuchaba el sonido pausábamos un momento, siempre un poco la sorpresa, y después seguíamos. En algún momento la pregunta sobre si era otra cosa y no balas se volvió irrelevante.

De niña me avergonzaba lo de ser miedosa. Mi hermano no era miedoso. Mi hermano era lo contrario de un niño miedoso. Mi hermano era temerario. Mi hermano buscaba el peligro donde no lo hubiera. Mi hermano quería que yo fuera una hermana valiente, una hermana incluso temeraria. Yo lloraba. Eso demostraba que yo no era esa hermana valiente de los sueños de mi hermano. Yo siempre lloraba. Eso lo hacía todo peor. Mi hermano me hacía llorar porque yo lloraba. Eso demostraba que no era divertido estar conmigo, que conmigo no se podía hacer nada, nada más que llorar.

Ahora me parece que tiene sentido, me parece bien, eso de ser la hermana que tenía miedo y que lloraba. A mí no me gusta para nada retar a la muerte. Yo eso de la muerte me lo sigo tomando muy en serio. Yo no me quiero morir. Yo no me quiero morir y por eso me lo tomo con pinzas lo de los riesgos. La vida ya de por sí es bien peligrosa. Mi hermano también lo sabe, que la vida se acaba bien fácil. Su temeridad y mi temor no provienen de distintos grados de conocimiento. No sé de dónde proviene esa diferencia, esos dos acercamientos opuestos a la misma pregunta.

Quizás alguien se sorprendería. Quizás yo no aparento ser miedosa. He tomado muchos riesgos. En general, suelo tomar decisiones riesgosas. No tomo demasiados cuidados. No planifico bien. Me tiro al medio, al punto ciego del caleidoscopio este en el que nos estamos. No me he asegurado un buen futuro, por ejemplo. No he cuidado el dinero, por ejemplo. Me he ido a vivir a otros países sola sin pensarlo demasiado. No he cuidado mis parejas. Me he dejado muchas cosas. He saltado de aquí para allá. He vuelto a empezar. Y nunca por necesidad. Siempre por el puro gusto de. He sido temeraria en materia del tiempo. Pero en lo otro me cuido. No corro bicicleta, por ejemplo. Tomo taxi si es muy de noche. No como porquerías, no muchas. Trato de no fumar. No me drogo, no realmente.

De niña yo le temía en especial a los perros. Desconozco el origen de ese miedo. Creo que fue una película que vi en la que un perro de la nada atacaba a un niño, un niño más o menos de mi edad, un niño quizás dulce, quizás el niño incluso me gustaba. Y lo atacaba un perro sin razón. Salía de la nada, lo corría por la calle y lo mordía todo y no lo soltaba. Quizás el niño se moría en la película, o quizás el niño quedaba gravemente herido. En todo caso, el niño sufría mucho, ese niño que era tan como yo.

O quizás se remonta todo a una canción de infancia. Había una canción que mi mamá me había enseñado, y yo que me sabía esa canción de memoria. Incluso llegué a grabarme en un cassette. Rolaba las “r” de manera exagerada. Recuerdo. Escuchar la grabación ya de grande me enternecía, por esa pronunciación curiosa.

Al viejo hospital de los muñecos llegó el pobrre Pinocho malherrido. Un crruel espanta pájarros bandido lo sorrprrendió durrmiendo y lo atacó. Llegó con su narriz hecha pedazos, una pierrna en trres parrtes astillada, una lesión interrna y delicada y el médico de guarrdia lo atendió. [???] El caso es que Pinocho estaba grrave [???] y el médico de guarrdia no sabía con qué enmendar el pobre corrazón. En eso llegó el hada prrotectorra y viendo que Pinocho se morría le puso un corrazón de fantasía y Pinocho sonrriendo desperrtó. Pinocho, Pinocho, volviste a la vida con el corrazón. Pinocho, Pinocho volviste a la vida con el corrazón.

Recuerdo esta canción, que también había caído en mi olvido. Un recuerdo trae a otro, lo jala hacia fuera del pozo, lo deja ahí jadeando sobre el suelo. Los recuerdos ejercen esa solidaridad, se tiran la soga o la toalla, y te llegan en coro. Un coro como de zombies.

Es una canción extraña para niños, ¿no?. Pienso en las canciones que mis sobrinas, que ahora tienen la edad de la niña que yo era, escuchan. No creo que ninguna sea ni remotamente tan triste. Pero entonces mi madre parece que me enseñaba también la tristeza. Y en eso la promesa que me hacía al acompañarme en el baño no fue ingenua ni fantástica, no era la de que todo estaría bien, sino de que ella siempre haría lo posible. Pero el otro lado del asunto no se ocultaba del todo, ese otro lado que la presencia del miedo intuye y saca a relucir.

La canción de Pinocho es triste y no menos perversa. ¿Y si el hada no hubiese venido? ¿Y si hubiese estado durmiendo, o muy ocupada, o fuese un poco sorda, o no le importase Pinocho lo suficiente como para venir, desde quién sabe dónde, o si estuviera enferma? ¿O qué si el hada, peor aún, no existiera pero ni por pura casualidad? ¿Qué hubiese sido de Pinocho? 

La respuesta es clara. La canción lo sabe. Sabe que no existe el hada protectora. Detrás de la canción que deletreamos, en la que Pinocho se salva, está la letra de otra canción silenciosa. En la que no. 

Esa canción silenciosa que viaja bajo la superficie de las sílabas cantadas esconde lo mismo que el silencio en mi casa después del sonido de las balas. No lo decimos, pero sabemos que hay una canción subterránea en la que Pinocho no se salva. En la que todo acaba en silencio. En la que el pobre corazón malherido de Pinocho deja salir un estruendo final. Y preguntamos sin mucha esperanza si es que acaso fueron fuegos artificiales, o no.

Quizás lo que pasó fue que a mi hermano su mamá no le cantaba esa canción y por eso es que no tenía miedo. O es posible que mi hermano creyera con toda su pequeña certeza de niño en el hada protectora. Por eso podía ser temerario. Yo, quizás, tenía mis dudas. Al hada esa nunca la vi. ¿Y si el hada no viniera? ¿Y si estuviera durmiendo, o muy ocupada, o fuese un poco sorda, o yo no le importase lo suficiente, o si justo ese día el hada anduviera enferma? ¿Qué sería de mí en el momento tan breve y crucial en el que la necesitase? No. No se puede confiar así nada más, ni en hadas, ni en nada de eso. 

 

(Continuará.)

 
 

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