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El ajolote delicia prehispánica, monstruo repugnante y maravilla de la ciencia y la literatura

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Publicado: miércoles, 17 de enero de 2018

Fernando Valerio-Holguín / Especial para En Rojo

 

Entre los escritores mexicanos que han pensado —aunque tal vez nunca lo probaron— el axolote en ficción, poesía y ensayo se encuentran Juan José Arreola, José Emilio Pacheco, Octavio Paz, Salvador Elizondo y Roger Bartra.

La cocina prehispánica de México es de una extraordinaria riqueza y complejidad. Entre los alimentos que hoy en día son apreciados por unos y rechazados por otros se encuentran más de más quinientas especies de insectos, así como también hongos y setas. En este contexto existe un pequeño batracio anfibio llamado axolote, que tiene como hábitat el lago de Xochimilco, al sur de la Ciudad de México. Para los aztecas, los axolotes constituían un exquisito manjar con propiedades estimulantes y afrodisíacas. Poseían además cualidades místicas. Considerados comida de los dioses, los axolotes se preparaban en caldos, guisos y tamales y se servían en los banquetes de la nobleza. Aún hoy en día, además del uso medicinal para el tratamiento del asma y la bronquitis, los axolotes se preparan ocasionalmente, a causa de la prohibición por la paulatina extinción de dichos anfibios, en platos tales como axolotes fritos estilo Xochimilco, en chile amarillo, tamales de axolote y ajolotada poblana.

Mi propósito en este artículo consiste en analizar cómo el axolote, una delicia de la cocina prehispánica y moderna, y rechazado como alimento por comensales contemporáneos, ha sido recuperado como objeto de estudio científico y de la imaginación literaria. Me interesa asimismo analizar por qué este anfibio, a causa de su complejidad biológica, ha concitado tanto la atención de diversas áreas del conocimiento. De tal manera, el axolote es un animal único, ya que es el objeto de prácticas culinarias, míticas, científicas y literarias. Mi investigación abarca desde el significado cultural que tenía para los aztecas la ingestión y las prácticas sociales de consumo, recetas y formas de preparación, las investigaciones científicas, y la imaginación literaria acerca de este batracio. Pese a que existen muchos estudios sobre los axolotes, mi ensayo tiene como objetivo tender un puente entre las distintas disciplinas que lo han tomado como objeto de estudio.

Para los aztecas, los axolotes eran animales divinos, ya que representaban al dios Xólotl, quien escapó convirtiéndose en maguey y luego en axolote, para evitar el sacrificio, pero, finalmente, fue atrapado y sacrificado. Actualmente, el axolote se utiliza en la investigación de la regeneración de tejidos, así como también en experimentos de neotenia, ya que este animal mantiene en su etapa de adulto características de tejidos jóvenes. Si la ciencia ha recuperado el axolote, así también la imaginación literaria ha hecho lo propio. En la literatura latinoamericana, Julio Cortázar escribió “Axolotl”, un cuento que narra la historia de un hombre que, fascinado por los axolotes, va al acuario todos los días a observarlos y termina convirtiéndose en uno de ellos. En 1971, el escritor mexicano Salvador Elizondo adquirió dos ejemplares de axolote con la finalidad de estudiarlos y hacer experimentos para estimular su metamorfosis, asesorado por el genetista mexicano León de Garay. Como producto de esta experiencia, calificada por el autor como “experimentos de biología fantástica”, escribe “Ambystoma trigrinum”, texto que forma parte del libro El grafógrafo. Otros escritores que han recuperado los axolotes en su literatura son Juan José Arreola que escribe el texto “El ajolote”, que después sería incluido en su Bestiario, mientras que Octavio Paz recupera el sustrato mitológico de este animal en Salamandra, así como también lo hace José Emilio Pacheco en El reposo del fuego.

El rey de los animales comestibles del México prehispánico y uno de los más descartados es el axolote. La palabra proviene del náhuatl “axolotl”, que significa “monstruo del agua”, y ésta a su vez de Xólotl. También conocido popularmente como “el pez que camina”, debido a su característica anfibia, el axolote tiene una fea apariencia, por lo cual es en parte rechazado en la incorporación como alimento. De origen pleistocénico, el axolote es la larva de una salamandra urodela de la familia Ambystomatidae (del griego stoma, hocico; y amblys, agudo) de la cual se conocen treinta especies. La del axolote es Ambystomatidae mexicanum. Mide alrededor de treinta centímetros, posee cuatro extremidades, branquias muy largas y cola fina y comprimida. En su hábitat natural puede durar hasta tres años de vida y bajo condiciones de control de laboratorio hasta veinticinco años. La hembra del axolote alcanza su etapa adulta entre los doce y dieciocho meses de edad y puede depositar hasta cuatrocientos huevecillos. La característica más notable del axolote es que permanece en su estado larvario durante toda su vida (neotenia). Se le puede inducir la transformación en cautiverio y con el uso de hormonas. De ahí el interés científico en la regeneración de tejidos y la clonación. Actualmente, su hábitat se encuentra en los lagos de Xochimilco y Chalco-Tláhuac en el Estado de México.

El axolote podría ser considerado como lo que Richard Goldschmidt denomina “un monstruo esperanzador”. La monstruosidad le viene dada por su anomalía física, y la promesa la constituye su característica neoténica única y la degustación de su carne como “plato de príncipes”. Después de la llegada de los españoles a México, el primero en dar noticias sobre el dios Xólotl fue Fray Bernardino de Sahagún. Xólotl era hermano gemelo de Quetzalcóatl (o su doble), pero a diferencia de éste, era deforme y monstruoso: “era considerado el dios de los mellizos y de los anormales”. Si Quetzalcóatl era “la serpiente emplumada”, Xólotl era “el monstruo del agua”. El dios Xólotl está asociado al sol, al crepúsculo, al fuego y al relámpago. Los dioses decidieron arrojarse a la hoguera para que el Quinto Sol se moviera, excepto uno, Xólotl, quien escapó y se convirtió, primero en planta de maíz, pero fue descubierto y entonces se convirtió penca de maguey. Descubierto una vez más se transformó entonces en el pez axolotl, la última de sus metamorfosis.

En la gastronomía mexicana, los platillos preparados con axolotes pueden ser presentados tanto de forma simple, así como también cubiertos por salsas. En la ajolota poblana, por ejemplo, el axolote parece nadar frente a los ojos de quienes lo observan; así también en el tlapique, en el que al abrir las hojas de maíz aparece el axolote desnudo, o el axolote frito estilo Xochimilco, en el que el batracio aparece en su achicharrada desnudez. Entre las recetas con axolote, llama la atención el proceso de cocción del tlapique, que se remonta a la época prehispánica. El tlapique o mextlapique, que en lengua náhuatl significa “cosa envuelta en hojas de maíz, así como tamalli”. De esta última palabra proviene el actual “tamal”. A diferencia de este último, el tlapique no contiene masa de harina de maíz ni se cocina al vapor. Consiste en un conjunto de ranas, renacuajos, peces pequeños, y axolotes sobre tres capas de hojas de mazorca de maíz. Se envuelve cuidadosamente y se tatema sobre un comal hasta que deje de gotear. Se adoba con verduras, como el epazote, la vinagrera, nopales y chiles secos. Otros platillos en el que el axolote se (re)cubre ligeramente con salsas son: Axolotes en chile amarillo y en chile verde, axolote en Caldo Rojo y axolotes guisados con aceite de coco, entre otros.

En la cultura mexicana, el impacto del axolote ha sido extraordinario. A diferencia de las especies naturales que, según Claude Lévi-Strauss, no eran buenas para comer sino para pensar, el axolote es bueno para comer y para pensar. Entre los escritores mexicanos que han pensado —aunque tal vez nunca lo probaron— el axolote en ficción, poesía y ensayo se encuentran Juan José Arreola, José Emilio Pacheco, Octavio Paz, Salvador Elizondo y Roger Bartra. Para “pensar” la nación a partir del axolote, el Premio Nobel de literatura Octavio Paz le dedica algunas estrofas al axolote en su poemario Salamandra. Se refiere a Xólotl, como el dios que se niega al sacrificio, y luego plantea sus diferentes metamorfosis en maíz, maguey y pez (“axolotl”):

No late el sol clavado en la mitad del cielo

No respira

No comienza la vida sin la sangre

Sin la brasa del sacrificio

No se mueve la rueda de los días

Xólotl se niega a consumirse

se escondió en el maíz pero lo hallaron

se escondió en el maguey pero lo hallaron

cayó en el agua y fue el pez axolotl

El dos-seres

Y “luego lo mataron” (95).

 

Para Paz, el dios Xólotl es fundamental, ya que sin el sacrificio “forzado” de éste (“luego lo mataron”), el sol estaría estático y por lo tanto, no existiría el ciclo de la naturaleza: “la rueda de los días” (95). El axolote es la representación del dios-pez que da origen no sólo a la nación mexica, sino también al mundo.

En su poema El reposo de fuego, José Emilio Pacheco continúa la línea de Paz, en cuanto a la reflexión con respecto a la nación. Pero en este poema Pacheco enfatiza el batracio, no el dios:

El axolotl es nuestro emblema: encarna

el temor de ser nadie y de perderse

en la noche incesante en que los dioses

se pudren bajo el lago y su silencio

es oro, como el oro de Cuauhtémoc

que Cortés inventó. (48)

Si para Paz, el dios Xólotl es origen de la vida, de la nación de los mexicas, a través del sacrificio voluntario-involuntario (Nota ver el otro mito, Albarrán), para Pacheco, el axolote apunta hacia una reflexión acerca de la identidad del mexicano contemporáneo (“el temor de ser nadie”). La nación puede caer en el peligro de “perderse” en el pasado mítico (“los dioses/se pudren bajo el lago”). El axolote representa también la ilusión de una riqueza que fue sólo una promesa y que tantas calamidades históricas le ha traído a la nación mexica.

Para Juan José Arreola, por su parte, el axolote no es sólo un “emblema” de la nación, sino también una alegoría, desde la perspectiva de la ciencia y la filosofía. En un breve texto titulado “El ajolote” de su libro Bestiario, Arreola aborda el axolote desde lo cotidiano, la historia, la filosofía y la ciencia. En el texto de Arreola, el axolote comparte tanto rasgos masculinos como femeninos. Por un lado, es un símbolo fálico (“el ajolote es un limgam”), y tiene la cualidad de poder embarazar a las mujeres en las aguas del río. Cuenta el narrador, que su madre había conocido a una mujer que quedó embarazada de axolote. En cuanto al origen del axolote, Arreola cita al sacerdote español Bernardino de Sahagún, para quien el axolote fue un aborto de una dama que fue violada y al lavarse en la laguna Axotitla, le nació un “acholote” (40).  La primera vez que el sacerdote dominico vio un axolote exclamó “¡Simillima mulieribus!” [Parece mujer]. Arreola también recurre a las citas de científicos y filósofos, como Anton Vital’evich Nemilov (1879-1942) y Jean Rostand (1894-1977), para darle autoridad a su texto y apoyar su tesis de que la hembra del axolote padece de “catástrofes” menstruales. El texto termina con una boutade, que si bien ha sido interpretada como humorística, es también una expresión misógina: “Los tres [animales] restantes son la hembra del murciélago, la mujer, y cierta mona antropoide” (41). Si bien la mexicanidad está construida como masculina, participa también de lo femenino, ya que su especie menstrúa.

En su libro El grafógrafo, Salvador Elizondo incluye un capítulo sobre los axolotes titulado “Ambystoma trigrinum”, Elizondo comienza su ensayo con la definición del axolote que ofrece la Real Academia de la Lengua española. Luego discurre de manera aleatoria en párrafos que varían en extensión en observaciones científicas, literarias, cotidianas e impresionistas acerca de este batracio. A horcajadas entre la ciencia y la literatura, Elizondo denomina su proyecto como “experimentos de biología fantástica”.  Elizondo se propone “pensar” el axolote como espacio de representación científica, artística y cultural: “Sueño mientras los contemplo” (22). Y al respecto dice: “El axolotl es sin duda, si no la más bella o la más útil, sí la más interesante de las aportaciones de la naturaleza mexicana a la mayor confusión de las ciencias y a la mayor riqueza de la literatura y las artes” (298). En Elizondo, la fascinación se convierte en escritura.

Como Arreola y otros en el área de la ciencia o la historiografía, uno de los aspectos que más atrae a Elizondo con respecto al axolote es la ambivalencia y entre éstas la de género sexual: “El habitante ideal de un medio ambiguo: el fango, que no es ni líquido ni sólido, como el ajolote no es ni acuático ni terrestre; ni cabalmente branquial ni totalmente pulmonar, sino ambos o ninguno a la vez” (18). El axolote también pertenece al agua (como axolote) y al fuego (como salamandra). Con respecto al género sexual, Elizondo observa que “Sus vaginas son iguales a las de la mujer y como éstas arrojan sangre cada veintiocho días” (19). Y al igual que Arreola también la paradoja de que la morfología es fálica. Masculino/femenino, el axolote es para Elizondo: “una figura “connubial” y “un grafema fálico vivo” (20).  Es ese grafema el que Elizondo se propone interrogar desde el punto de vista científico, literario y cultural. Por esto último plantea una cultura axolotl que se desarrolla en una ciudad imaginaria: Axolotitlán: “Una ciudad fundada para su población por seres genéticamente transmutantes” (23). Esta utopía se construye sobre las dificultades de la realidad social y cultural mexicanas.

La aproximación de Roger Bartra en La jaula de la melancolía difiere bastante de los escritores anteriores, en tanto se propone desmitificar las interpretaciones que han hecho escritores mexicanos acerca de la cultura. Para lograr ese objetivo propone, paradójicamente, veintidós viñetas sobre los axolotes, seguidas de su respectivo capítulo en el que desarrolla el tema planteado en la viñeta anterior. Bartra no está interesado en una reflexión acerca de la relación entre lo biológico y lo social, es decir, en un darwinismo social. Más bien, el “contrapunteo” entre las viñetas y los capítulos tienen como objetivo, según el autor, “jugar con la información . . . de tal manera que la crítica se fusione de manera natural con el análisis” (21).  Este método tiene como resultado un texto híbrido, que al mismo tiempo que discurre sobre las diversas interpretaciones de la cultura mexicana, reflexiona sobre su propia escritura.

Estos escritores, poetas, críticos y filósofos mexicanos han buscado en la forma andrógina del axolote un espacio mítico y arcaico para la reflexión acerca de la cultura. El axolote es el signo de la mexicanidad que se proponen interrogar. Roger Bartra ofrece la mejor definición de lo que significa el axolote para los intelectuales mexicanos: “Xólotl es un numen ligado a la muerte y a las transformaciones: mutación en diversas formas extrañas al huir de la muerte, para encontrarla como axolote en el agua. Hay un elemento común en ello: una constante lucha contra el destino, un permanente huir de él. Y ello se hace –no hay otra forma- mediante transformaciones (37).  Como numen, el axolote apunta a varias direcciones. Por un lado, el consumo contradictorio como descartado/delicia. Por otro, el estudio científico. Además, la inspiración artística. Y finalmente, como identidad cultural mexicana. En el axolote se suscita el deseo de incorporación de uno de estos tres elementos o todos a la vez. En los verbos saborear, observar, pensar, plantear una hipótesis, (com)probar se pueden constatar esas distintas direcciones.

El axolote ha pasado por diferentes avatares. Durante el reinado de los aztecas fue considerado como un plato exquisito digno de reyes. Durante la época de la colonia fue demonizado por la iglesia católica por su feo aspecto que lo asociaba con el diablo. Este rechazo del axolote tiene que ver también con una negación de la cultura indígena como primitiva y una reafirmación de la hispanidad. Luego, el axolote fue recuperado e incorporado “real” e “imaginariamente” por las comunidades gastronómicas mexicanas. De la incorporación “real” a través de su consumo se ha destacado el gusto exquisito de su carne y sus propiedades medicinales. En cuanto a la incorporación “imaginaria”, el axolote ha significado una transustanciación de la “mexicanidad” como reafirmación de la colectividad. Habría que agregar una incorporación “simbólica” por parte de los escritores, a partir del mito y de la búsqueda de una “mexicanidad”. Ingerido, estudiado, pintado, poetizado, el axolote es el “aleph” de los intelectuales mexicanos, ya que contiene toda la cultura mexicana. (*Resumen del ensayo “Axolotl: Pre-Hispanic Delicacy, Rejected Monster and Reclaimed Wonder of Science and Literature”. Offal: Rejected and Reclaimed Food. Proceedings of the Oxford Colloquium on Food and Cookery. London: Prospect Books, 2017. 374-383).

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FERNANDO VALERIO-HOLGUÍN [La Vega, RD, 1956]. Es Profesor Titular de literatura latinoamericana en Colorado State University, donde fue galardonado con el premio John N. Stern Distinguished Professor (2004). Entre sus libros se destacan: Poética de la frialdad: La narrativa de Virgilio Piñera (1996), Memorias del último cielo (2002), Autorretratos (2002), Banalidad Posmoderna (2006), Los huéspedes del paraíso (2008), Rituales de la Bella Pagana (2009), y Rapsodia de todo lo visible e invisible (2015).

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