Bookmark and Share Bajar en formato PDFComentariosVer foto galería

El regalo de Elliott.

Elliott
Foto por: Alina de Lourdes Luciano/CLARIDAD
Ver foto galeríaVisita la foto galería (1)
Perfil de Autor

Por Yoryie Irizarry

Publicado: miércoles, 21 de febrero de 2018

Mi amiga Elga Castro llevaba semanas insistiendo en que conociera a su papá y mamá. Estudiamos juntos en la UPR y nos unen lazos de amistad que perduran hasta hoy. Le contesté que no varias veces. La experiencia me decía que no le caía bien a los padres o madres de mis amigxs. Para ese tiempo, 1994, tenía una trenza de pelo larga, casi hasta la cintura, tres aretes en cada oreja y uno en la ceja. Tanto en la UPR como en mi vida personal la gente me conocía como un activista gay. Era yo la epítome del amigo peligroso del que todo padre quiere proteger a sus hijas e hijos. Ese Diciembre accedí, no quería perderme su fiesta de navidad y cumpleaños, evento que ya había sido institucionalizado y esperado todos los años. 

Ambos, padre y madre de Elga me parecieron muy simpáticos y me sentí bienvenido en su hogar.  Hablé un poco con Elliott al conocerlo, estaba intimidado pues era una figura reconocida en el mundo del deporte. Yo fuera de baloncesto no sabía nada de deportes. Pensaba que no teníamos nada en común y que realmente me faltaba la testosterona que los hombres sudan al hablar de deportes. Esa noche Elliott se me acercó varias veces, “hay comida, vete y come algo” “¿Tu bebes? hay bebida en la mesa para todos” “Elga me había dicho que venías, te quiere mucho.” “¿llegaste en tu propio carro, tienes pon? “No te he visto bailar”. Un poco me senti no solo bienvenido, sino especial. No estaba acostumbrado a que los padres de mis amigas me trataran bien, de hecho a dos o tres amigxs les habian prohibido que se juntaran conmigo. 

Esa noche fue el principio de una buena amistad. Poco depués me mudé a estudiar a Nueva York. Cuando Elga vino a Nueva York, también a estudiar, nos encontrábamos frecuentemente. Elga siempre bromeaba que Elliott en sus llamadas a veces le preguntaba por mi antes de preguntar como ella estaba. Sé que era una broma, ella fingía estar celosa, pero también era su forma de decirme cuanto Elliott apreciaba nuestra amistad. Sólo aspiro a pensar que yo también le pude demostrar a él cuanto yo apreciaba su amistad. 

Cada encuentro con Elliott conllevaba un abrazo de osos. Abrazos fuertes y duraderos. A veces me escribía para mencionar que algún escrito mio le gustó, a veces mencionaba que le alegraba que estuviera escribiendo para En Rojo. Elliott siempre estaba contento, y riendo. No recuerdo haberlo visto enojado una sola vez. Siempre me hacía sentir especial, un amigo especial en una época en que tantos amigos mios habían muerto. Una época en que mi burbuja de amigas y amigos gay se había roto para que otra gente comenzaran a poblarla.

Poco a poco fui descubriendo más y más amistades comunes con Elliott. A menudo era Elliott el tema de conversación. Todxs teníamos anécdotas amenas, memorias gratas, anécdotas tiernas. Eran muchas las experiencias de amistad con Elliott que escuchaba y compartía. Un día empecé a comprender, que yo no era nada especial, por el contrario, mi experiencia era igual a la de todas sus otras amistades: camaradería, lealtad, solidaridad, nobleza y alegría, mucha alegría, siempre alegría. Entonces comprendí que Elliott, ya en el 1994, me había hecho el mejor regalo que alguien me podía hacer, el de la igualdad. No hablo de igualdad en el sentido que se habla hoy en día. Mucha gente ve igualdad bajo la óptica de la tolerancia, o la de aceptación. No tengo aprecio por el valor de la tolerancia. No menosprecio el valor de la aceptación, es importante y muchas veces determinante cuando consideramos a nuestras amistades. Sin embargo, Elliott me dio un regalo más grande, el de la igualdad libertadora, esa que me permitía despojarme de identidades o sombreros, que me permitía eludir las diferencias que muchas veces nos distinguen u oprimen. Con Elliott siempre era, nada especial, solo amistad. Eso es mucho más fácil aceptarlo en el 2017 que en 1994, pero Elliott siempre estuvo adelante, su corazón siempre estuvo a otro nivel. No fui nada especial para él fuimos amigos y eso se lo agradeceré siempre. 

Elliott, mi amigo, gracias. 

 

Yoryie Irizarry, Abogado y activista derechos humanos

 

  (0) Comentarios




claritienda La represión