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Los cocodrilos de Guayama

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Por Rafael Rodríguez Cruz

Publicado: martes, 5 de septiembre de 2017

Al Ismaelillo, para que en el futuro sepa de dónde viene su abuela Teresa...

 

Nunca supe de dónde llegaron, pero de que Guayama tenía dos cocodrilos, de eso sí puedo dar fe. Uno de ellos (o ellas) pertenecía a Américo Valdés, en el barrio Carioca. Era el cocodrilo de la gente pobre. Tan relajada era nuestra niñez en el Guayama de esos tiempos que el reptil era parte integral de nuestras travesuras en la calle Meditación. Por las tardes, al salir de la escuela Corderito, nos íbamos a hurtadillas a ver al cocodrilo de Américo Valdés. Allí estaba siempre, en el patio de una casa pobre, en ese barrio negro de mentalidad de carnaval antillano que se llamaba Carioca. No nos comía porque no le daba la gana; pues verjas, lo que se dice verjas, no lo separaban de nosotros. Era toda una aventura verlo desplazarse pastosa y silenciosamente por las hierbas de aquel patio amplio. Mi primo Rubén, que nunca descartó la oportunidad de ser riesgosamente aventurero, me explicó más de una vez la ciencia de tocar el cocodrilo sin que respingara. “Nunca por delante ni cerca de la cabeza. Es cosa de tocarlo con delicadeza y salir a correr”. No sé si la niñez es una etapa de idiotez, pero escuchábamos sus razonamientos absurdos, como si fueran la disertación de alguien que sabía del asunto. En todo caso, para mí, que era un hiperactivo de primera, las explicaciones sobraban y eran, en realidad, un preludio innecesario. Hasta con las manos lo toqué.

Siempre se rumoraba entre los niños y niñas de la Escuela Elemental Corderito que allá en el otro extremo de la sociedad, entre los ricos, había otro cocodrilo. Si mal no recuerdo era en la casa del doctor Domínguez, posiblemente el único dentista del pueblo. La aventura no iba a ser fácil. Nos enfrentábamos a la tarea de ver a un cocodrilo privilegiado, que vivía entre la gente de alcurnia de Guayama. Y si algo tenían los ricos de Guayama, al menos desde nuestra perspectiva, era que rodeaban sus casas de verjas y portones sellados. Nada tan lúgubre como pasar una tarde de domingo por las calles de las familias adineradas de mi pueblo. Todo parecía muerto, dominado por lo que Palés llamaba una “fría y atrofiante modorra”.

Claro, las cosas son del cristal, nublado o limpio, con que uno tiene oportunidad de mirarlas. Ir de Carioca, subiendo por la cuesta del Colegio San Antonio hasta llegar a la calle Ashford de Guayama, era para nosotros siempre una experiencia cultural chocante. En Carioca, ni la gente ni los cocodrilos estaban rodeados de verjas. El barrio de mi niñez era uno de ventanas y puertas siempre abiertas. Lo mismo peleábamos a cuchilladas, que nos abrazábamos regocijadamente, pero siempre descartando las barreras físicas entre las personas de una misma clase. Las casas eran para dormir, no para encerrarse. De hecho, en Carioca teníamos hasta un filósofo de barrio, que odiaba la meditación a solas y, solo por eso, gastó toda su vida sentado en una esquina mirando al sol de día y a la luna, de noche, hasta quedarse ciego como un murciélago. Probó su punto: la pura luz y la pura oscuridad son la misma cosa, si miras al cielo fijamente, hasta perder el uso de las pupilas.

Sea como sea, a media humanidad de niños y niñas del tercer grado de Corderito nos dio con ver al cocodrilo de los “blanquitos” del pueblo. Rubén se autoproclamó el líder de la expedición. En realidad, su prestigio estaba en juego, pues fue él mismo quien regó en Carioca el chisme del cocodrilo de los Domínguez. Y fue así como esa tarde, procediendo a contrapelo del sentido común que nos habían inculcado las maestras de primer, segundo y tercer grado, nos fuimos para el centro del pueblo, a la esquina de la calle Ashford y la Bruno.  

Malo, lo que se dice malo, el plan no lo era. Pero no estaba exento de riegos y dificultades, dos cosas que siempre han alimentado el espíritu creativo de los niños. El lugar que Rubén identificó como “la jaula” del cocodrilo de los Domínguez no era visible desde afuera y, siguiendo el patrón de todo en el centro del pueblo, estaba rodeado de verjas. Como maromeros de circo nos trepamos improvisadamente por la verja de la casa aledaña. En realidad, yo no puedo jurar que vi mucho. Rubén señaló hacia lo que parecía un cocodrilo reposando entre las verjas de las dos casas. Ciertamente era más mofletudo que el de Américo Valdés, al que alimentaban solamente con perros, gatos y, si tenía suerte, con una que otra gallina. Pero a todos nos dio pena verlo allí solito, sin la compañía de niños y niñas que lo incitaran a levantar la cabeza. La aventura nos rompió el alma: el cocodrilo de los Domínguez, tan anunciado por mi primo, era víctima del encerramiento y aislamiento social de los ricos de mi pueblo. Norma, una amiga de infancia en Carioca y que, como yo, no guardaba sus pensamientos por más de dos segundos, preguntó indignada: “¿Para qué tanta verja, si al cocodrilo de Américo Valdés lo sacan a pasear en Carioca los domingos con un lazo en la cabeza?” Pobrecito, eso fue los que nos pareció; un cocodrilo triste, desgajado de vínculos sociales con niñas y niños traviesos.

Si los cocodrilos de Guayama estuvieran vivos, las cosas que podrían contarnos serían materia prima para un cuento. Las verjas y portones de las casas de los ricos de mi pueblo, siempre poniendo barreras entre los grupos sociales. Yo, que no soy cuentero, concluyo esta narración nostálgicamente parafraseando a don Luis Palés Matos: ¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo! / Sobre estas almas simples, desata algún canalla/ que contra el agua muerta de sus vidas arroje/ la piedra redentora de una insólita hazaña / o que, por lo menos, tumbe las verjas, para que se los coma un cocodrilo...

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