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ESTACIÓN A LA DERIVA (XI)

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Por Noel Luna

Publicado: martes, 14 de agosto de 2018

NOS HABITA EL SILENCIO, la antigua certeza de partir a otros lugares, para seguir escapándonos, huyéndonos. Nos puebla el vacío indefinido de apartarnos de estas calles queribles, con sus locos, sus letreros, sus mujeres. Caminamos de noche, como queriendo guardar cada detalle. Por anticipado añoramos el regreso. Nos dejamos llevar, un poco aturdidos,  y de repente nos tropezamos con el arte bajo la mirada vigilante de las gárgolas. No sin cierta reverencia sentimos la aspereza de los muros que el tiempo ha ido gastando. No sin cierto temblor asistimos al misterio de su sombra, y nos preguntamos cuántas manos y cuántos ojos palparon lo mismo antes que nosotros, tardíos hijos de este siglo que agoniza. Nos posee el miedo de no querer marcharnos, de sentir un terrible dolor cuando partamos. Cada esquina es un convite de sorpresas, y nosotros mismos somos otros en su encuentro. Las viejas casa nos llaman. La olvidada arquitectura nos provoca, nos hace saltar a mirarla, como la primera vez, como si nunca la hubiéramos mirado. Los mendigos nos cuentan sus historias, y de pronto nos vemos sentados en un café profesando los arcanos del diálogo en la cena. La ciudad nos recorre. Cada rostro se detiene en nuestra mesa, y todo es un profuso carnaval frente a los ojos. Unos danzan, otros cantan. Algunos sencillamente callan, pasean en silencio, nos convidan a ese abismo y se dejan llevar, apenas sin sentirse. Los autos van, veloces. Los autobuses atestados. Todos fuman. El metro se escurre como un muerto bajo el peso de piernas infinitas. Un drogadicto grita. Un vendedor de dulces nos acecha. En las viejas librerías, un tomo de lomo gastado nos espera. Las aceras hierven con la furia de los amantes. Semáforos en rojo y en verde. Caminantes sin rumbo. Una mujer de piernas hermosísimas nos recuerda a Baudelaire. Sus piernas se esfuman. París es un trapecio donde ríen y mueren millones. París es una amistosa casa de citas en la que puertas y ventanas están abiertas. París es para que nosotros no seamos. En cada tramo de este laberinto somos otros. Asumimos máscaras insospechadas. Encarnamos dioses y demonios. Sin saberlo, repetimos palabras que justificaron la existencia de alguien, quien al decirlas no sabía que también las repetía. Confundimos la vida con las letras. En la vieja rencilla entre la pluma y las armas, inventamos razones, deshacemos argumentos, soñamos motivos, causas y efectos. El habla se nos vuelve un largo inventario de citas desviadas, y la conversación se va hilvanando entre canciones. París es un misterio. La vida transcurre de otro modo. Las sirenas no estorban. La ronca voz de un borracho no se pierde. El olor de las flores nos cautiva, y ahí, justo en la ventana del Hotel Saint Michel, desde donde se distingue una pareja que juega al amor, sentimos la ciudad como el más dichoso de los sueños. Pero el vino poco a poco disminuye, y nuevamente nos habita el silencio y el humo que despide el cigarrillo. Mañana partiremos.

 

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¿QUÉ DECIR CUANDO EL FIN TOCA A LA PUERTA, y sin querer presentimos que todo va muriendo? ¿Cómo hablar de esta hora perpetua en que vamos soltando las amarras para que el viento nos lleve? ¿Qué palabras usar si justo cuando comenzamos a ver nos cierran los ojos, nos expulsan de la fiesta? ¿Cómo hablar de ti, París, si apenas digo tu nombre te me escapas por la boca? ¿Cómo decir, por ejemplo, que hace un rato te sentí en el rostro deshecho de un mendigo? ¿Cómo expresar esta agonía de andarte e irte dejando en cada calle que recorro? ¿De qué manera nombrarte, París, si apenas llego me marcho? ¿Cómo describir tus pequeños hoteles? ¿Con qué nombres armar cada recinto? ¿Cómo hablarte, París? ¿Cómo decirte que no quiero dejarte? A esta hora, las dos de la mañana, con la botella del tinto a medias, desaparecidos ya los cigarrillos, sólo busco la forma de llamarte. Estoy aquí, París, y ya te extraño.

 

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¿CÓMO LLAMARTE SI TÚ ESTÁS CONMIGO? / ¿De qué manera oírte entre ti misma? / Estoy lleno de vísperas. / Las llegadas se me escapan en silencio / y me son conocidas de sobra / las despedidas. / Tengo una maleta repleta de adioses, / llena de miradas deshechas / por la pena. / Tengo un sabor amargo en la boca / y una tempestad en los ojos / que pugna por salir. / ¿Cómo llamarte si me habitas, / si oscuramente vives en mí / como en tu sombra? / ¿Cómo pedirte / aún estando cerca / que no me disipes los días / como un reloj de arena? / Tengo tus marcas, tus señas. / Me sé los laberintos de tu carne / y todo ello he de abandonarlo / para vivir entonces allá, / con tu ausencia. / ¿Cómo llamarte en la noche / cuando el alma se acomode / en su cuarto lejano / y sepa que no estás?

 

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VOLVER ALLÁ, A LA ISLA DEL DESEO, a la isla del fracaso. Echarse a andar como si nada hubiera sucedido. Virar, regresar, retroceder por el tiempo y el espacio para invertir las causas y los efectos. Ir allá, recobrar el vacío y la ausencia, retomar la ruta imposible de noches y palabras, en el cuarto, ese sótano del mundo, abarrotado de los mismos libros. Salir de aquí con mi maleta cargada de ropa sucia y libros, ir descendiendo por las calles, por el Boulevard Saint Germain, acercarme al metro con frío en las manos y los hombros cansados. Atravesar tierras y mares, cruzar océanos y dejar atrás continentes, llegar a la isla. Volver allá, al rincón aislado y sordo, al mero simulacro de ciudad, a la ausencia del diálogo. Regresar a ese bosque, y no querer ya ser un ermitaño. Tener que abandonarse a los rincones, hurgando recuerdos, hasta que el viento de otoño me arrastre. Regresar allá, a la cuesta desierta que se alarga sin pausa, queriendo ser nadie y siendo tantos que ya no están conmigo.

 

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UN SONETO EN PARÍS, sólo un soneto, / catorce tablas rotas cada día: / cuatro y cuatro a su vez, luego un terceto / que mira otro terceto a sangre fría. / Un soneto en París, un caligrama / tan raro que hasta el mismo Apollinaire / habrá jurado haber visto a Baudelaire / puliéndole los bordes en la cama . / Un soneto de sombras que Nerval / muy bien pudo escribir, o Mallarmé. / Un verso de marfil que ya olvidé / del que Verlaine bebiera la vocal / que lo embriagó en París. Una quimera / que ni el joven Rimbaud reconociera.

 

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UN SONETO ES UNA LENTA PROFUSIÓN DE VARIACIONES. Las catorce tablas que decía Neruda arden rotas como un rostro cambiante. El soneto, como el agua para Borges, es Proteo. Una coma perdida se convierte en un acento. Los puntos se interponen para engendrar sentidos ocultos, músicas jamás oídas. En un soneto caben los días con sus horas, las oscuridades caudalosas de Lezama, toda la caterva de Pessoa, las cosas que ganamos y perdemos. En un soneto cabe Dios con todas las tablas de la Ley, y cabe Moisés con su barba, rompiéndolas. En un soneto cabe el vino y las tardes en la hierba de los Champs de Mars. En un soneto se acomoda fácilmente la amante y la sonrisa de los niños, los ruidos de la ciudad, la marcha de un tren con todos su vagones, los cafés de París y los de Ámsterdam. En un soneto cabe el archipiélago de Estocolmo, el infinito Louvre, con su victoria de Samotracia. En un soneto podrían fluir el Sena y el Támesis. El soneto es la horma donde va tomando forma mi vida y tal vez la tuya.

 

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CRUZAR CIELOS Y MARES, estar en cualquier parte, pensar que nos dirigimos a algún lado, desde algún lado, y divagar y divagar hasta el cansancio. Escuchar noticias de otras tierras como si nos incumbieran, como si en cada palabra hubiera un vínculo secreto con nosotros. Soñarnos aturdidos: muertes, desastres, hambre, guerras. Desplazarnos de frontera en frontera, de aduana en aduana, sin imaginar un destino, habiendo olvidado los abismos del origen. Escuchar las noticias y temblar. Fatigar los periódicos en todas partes, en todos los idiomas posibles e imposibles. Refutar, afirmar, disentir, prestar atención, bostezar, aburrirse, volver el rostro. Marcharse. Preferir el sueño, el profuso carnaval de imágenes involuntarias. Preferir hundirse en la butaca incómoda de un avión incómodo. Cerveza tras cerveza tras cerveza no consiguen el sueño. Inclinarse dormido husmeando duermevelas. Despertar asustados y volver a hundirse en la tiniebla, hasta el nuevo temblor del nuevo vacío, cuando todo se estremece. Profesar la curiosidad: detenerme en el bello rostro de la azafata que me convida una café malísimo. Escrutar con todas las ganas del mundo su cara, sus ojos terriblemente bellos, su piel. Ojear el diario de caracteres extraños que ojea el vecino. Notar con alegría o desconsuelo que otros pasajeros pueblan de tinta sus cuadernos de viaje y pensar, justo en ese momento, que somos todos tan pobres que hablamos al papel, que derramamos tanta tinta en vano y compartimos tan poco la voz. Continuar derramándose, en silencio, con todas las horas del mundo y los pies adormecidos. Y aún así, no querer llegar. ¿Adónde?

 

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