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Será otra cosa: El retorno del rey

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Por Ana Teresa Pérez Leroux

Publicado: martes, 14 de agosto de 2018

Body cells replace themselves every month. 

Most everything you think you know about me 

is nothing more than memories. 

 

‘Las células del cuerpo se reemplazan cada mes. 

Casi todas las cosas que te crees que sabes de mí, 

no son más que recuerdos.’ 

 

Haruki Murakami

 

 

Mis vecinas se fueron de vacaciones. Antes de irse, la que es abogada me preguntó que si le podía pedir a mi hijo que le mojara el macetero de yerbabuena, albahaca y perejil, que si no era mucha molestia, que si sólo había que apuntar la manguera de balcón a balcón. Yo dije que sí, como no, no es nada. “Ah, muchas gracias, ¿y tal vez puedo pedirte otro favor?” Repetí una afirmativa tan cortés, pero menos firme que la primera, tratando en ocultar con una sonrisa lo primero que me vino a la cabeza que fue “¿Y ahora qué quiere?” ¡Desafortunados los que tenemos el rostro de cristal! Me equivoco con al redactar, porque tecleo más rápido que lo que pienso. Con la cara me sucede lo mismo, se me asoman los amores y los malos pensamientos antes de enterarme que los he pensado. La vecina entró a su casa y salió con un tupper, cubierto de plástico transparente. “La hemos estado alimentando de hojas del algodoncillo del patio tuyo.” “Y eso, ¿Qué es?”, pregunté dudosa, mirando ese paquete que obviamente había venido de una cocina. “Una oruga de mariposa monarca”, contestó alegremente. “Las cuidamos para que los niños vean la metamorfosis. Le das una hoja al día hasta que pase a ser pupa, y después no hay que hacer nada. A los diez días, sale la mariposa. Déjala ahí un par de horas, y luego la sueltas. Así el año que viene, volverán más. Gracias por cuidarla, y que la disfruten.”

“¿Qué pasó?”, me pregunta mi hijo Pablo cuando entro a la casa, misión en la mano. “Quedé de niñera de una oruga. Tengo que darle comida hasta que comience a hilar la seda y pasar a ser crisálida, y después dejarla tranquila hasta que se haga mariposa.” Se echó a reír, y me dijo: “No, niñera no. La adoptaste, ahora es tuya y te toca criarla hasta que sea grande.” En nuestra nueva relación de adultos, el afecto y el respeto mutuo dan pasos tentativos después de una atormentada adolescencia. Cada sonrisa intercambiada es ruido de campanitas y nube de mariposas. En los días siguientes, compartíamos las tareas de cuido. Un día, la oruguita comenzó a pasearse con brío. Hiló la seda desde el plástico hasta el fondo del tupper. Se nos ocurrió que tal vez necesitaba privacidad y le pusimos una hoja grande. Acertamos; abandonó el hilo que había colgado del plástico, y mudó su tejido a la hoja, y se quedó allí, colgadita, encogida como un camaroncito. Yo pensaba que tenía que hilarse una cubierta entera, y que se había quedado tiesa a la mitad del trabajo. “Ayay ay, y si matamos la oruga con algún descuido…” De simple encargo el asunto se había convertido en telenovela de las siete. ¿Cómo se llamaría mi crimen, si lo fueran a contar los periódicos? ¿Regicidio lepidópterico? Dicen que las monarcas no están en la lista de especies en peligro, sino en las de “foco de preocupación”. Se les disminuye su territorio con las especies invasivas y los insecticidas, y la población podría colapsar en un par de décadas. Yo la espiaba cada vez que pasaba cerca de la cocina; el temor me distrajo durante el día, y me desveló durante la noche.

A la hora del desayuno, sucedió el milagro: La oruga no solo no se había muerto, sino que se había inflado como un higo chiquito. Las crisálidas de las monarcas son espectaculares. Tienen un color que yo llamaría verde antillano, que es como el primer verdor de los campos de arroz de La Vega y Bonao. Están rodeadas por un aro que parece estar hecho de hilitos de oro. Mi amiga Jean Collins, ávida observadora de la fauna y flora, dice que la crisálida de la monarca es la cosa más linda que ha encontrado en sus recorridos por el mundo.

La segunda fase duró exactamente diez días, como había vaticinado la vecina. Una mañana miré la caja por segunda vez y vi que el globito verde se había convertido en una estructura cristalina, y que, a su lado, había aparecido una hermosa mariposa joven. Le envié la foto a la vecina, y me dijo que la criatura era macho. No quise preguntar que cómo lo sabía, por temor a que la respuesta fuera pornográfica, o demasiado detallada. Resulta que es fácil saberlo: las mariposas macho tienen un lunar extra en el ala posterior. Esperamos a que se le secaran las alas y soltamos al monarca en el jardín.

Misión cumplida, y sin incidentes. Logramos cuidar una de las doscientas millones de monarcas que quedan en el continente. Una solita. Su vida será breve, unas ocho semanas y cuando sumamos, ya se le pasó la mitad de ese tiempo en la fase preparatoria. Los días de huevito, las cinco mutaciones de su vida de oruga y los diez días en estado de pupa, que es algo así como una especie de retiro espiritual para insectos. La quinta generación de este verano no se reproducirá hasta cruzar el continente de norte a sur, a pasar el invierno en los refugios costeños de Oyamel y Baja California. Esa generación vive más que las previas, y no depositan sus huevos hasta marzo. Esos huevos se convertirán en la primera generación del año siguiente. El mayo próximo volverán a Ontario. Ninguno será el monarca que criamos Pablo y yo. Serán otros, cinco generaciones de mariposas por delante. Será otro, pero volverá.

El mundo es redondo, y da vueltas, me dijo una vez la tía Maggie. Es una gran verdad. Tía Maggie era la más linda y cultivada de las bellas hermanas Leroux. Criada por las tías, tuvo una educación estricta y a la europea. Mientras los otros hermanos crecían jugando en patio, y bajando la calle Antera Mota en patín, Maggie practicaba el piano, pintaba, y se deleitaba con la lectura. Esta última costumbre la ha mantenido siempre. Es fiel lectora de nuestra columna, y es la única persona en mi familia que no sólo se interesó por preguntarme de que se trataba mi tesis doctoral, sino que también tuvo la paciencia de escuchar la respuesta. Esbelta, de lindo pelo largo, y piel oliva, la gente en Puerto Plata decía que era la mujer más linda del mundo. Ignorando la fila de pretendientes que le llevaban serenata, se casó con un puertorriqueño y se fue a la isla de al lado. De etología predecible, ha vivido desde entonces en la misma casa en Rio Piedras, donde aún revolotea alegre, arreglando su colección de miniaturas y de retratos de la familia, y cuidando con amor sus perros pequeños. Recuerdo fielmente mi primera visita a la edad de seis años, mi primer viaje en avión. Muchas cosas eran más modernas en San Juan que en el Santo Domingo de entonces. Las maquinas lavarropas, los juguetes de mis primas. La televisión tanto más moderna y variada que el Canal Rahintel y el Canal Cinco. Me dejaban asombrada los estruendosos anuncios de carros de juguete y los destrozos de Godzilla pisoteando a todo Tokyo. ¿Lograría renacer aquella ciudad aplastada por el desastre? Claro que sí, Tokyo renacerá, Puerto Rico también. Otras cosas eran simplemente diferentes. Las urbanizaciones, cuidadosamente trazadas. El bullicio nocturno del coquí. La prosodia sanjuanera. Eso de llamarle nenas a las niñas. El tener plátanos y no convertirlos en mangú. He vuelto muchas veces a la casa de la tía: en la niñez, en la adolescencia, cuando la boda de la prima, el año en que me divorcié. La vez que se me quedó la maleta. La vez que compré el libro de cuentos de Ana Lydia, que acababa de ser publicado, que fue donde descubrí que ser caribeña es un estado del ser. Volví en el 2008 a un estupendo congreso de lingüística, organizado por colegas de la UP, y las compañeras del quicio me llevaron a comer jueyes en Loiza. Volví hace un par de años, cuando sacamos el volumen de ensayos de Fuera de Quicio. Tía Maggie, todavía esbelta, todavía de hermosa melena larga, pero ahora de plata, vino a la puesta en circulación, y fue el alma de la fiesta. “¡Qué bella es tu tía!” me decían las amigas y las estudiantes que ayudaron con la organización del evento. 

El mundo es redondo, y da vueltas. Como las mariposas monarcas, cumplo sin falla mi sentencia de migración. Cada visita cubre un ciclo. Cada espacio entre visitas contiene múltiples metamorfosis. Un día soy larva, y otro, oruga. Un día me visto de verde, con cinturón de hilos de oro. Otros días despliego alas y vuelo. El compás interno nunca deja de apuntar hacia Las Antillas, y el espíritu sigue sin echar mucha raíz en los campos del norte. Soy yo la que he vuelto, y vuelvo, y sigo volviendo a las islas. Soy la que volveré. Pero no la de entonces. Esa, no.

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claritienda El temor de los Imperios