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La Verdadera Justicia*

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Publicado: miércoles, 19 de abril de 2017

Rosendo Matienzo Cintrón

 

La verdadera justicia, ¿en qué consiste? En dar a cada uno lo que es suyo. ¿Cuál es, pues, el mejor juez de esta justicia? Uno mismo, porque nadie mejor que uno mismo conoce lo que suyo.

La justicia es un asunto de alto interés para el hombre aquí en la tierra durante la vida, y allá en el espacio después de la muerte.

La justicia de la tierra no es la verdadera justicia, porque los jueces de la tierra juzgan por las apariencias, no pueden ir al fondo y ver allí lo que es de cada uno; como todas las cosas de la tierra su justicia no es más que un pálido reflejo de la verdadera justicia.

Cuando la verdadera justicia venga a la tierra vendrá sola, sin tribunales, sin jueces, sin escribanos, peritos, alguaciles y testigos.

Saldrá a recibirla la conciencia honrada y purificada por la regeneración y allí la justicia verdadera establecerá el tribunal en donde se impartirá a cada uno lo que es suyo.

Así en el cielo como en la tierra. Si nosotros infringimos la Ley, nosotros hemos de juzgarnos pecadores y condenarnos. No esperamos la ceremonia de las temidas balanzas, y el Justo Juez poniendo a un lado o al otro las almas según sus méritos; el castigo va en la Ley misma que infringe, y en la infracción.

Si os separáis de la línea recta, ó sea de la Ley del bien, caéis “ipso facto” en el mal, del cual no saldréis hasta que voluntariamente, como os separasteis, no volváis al bien.

¿En qué consiste el castigo? en la pena de desandar el mal camino. Y ¿quién lo impone? Uno mismo ‘después de arrepentido; porque la experiencia del dolor nos prueba el error en que estábamos y no queriendo persistir en el mal nos resolvemos a abandonarte para volver al bien.

El castigo de habernos separado del bien es volver al bien. No hay otro. Y es claro, ese castigo nadie imponérnoslo sino nosotros mismos. Nadie ha de volver al bien sino el mismo aquel que amaos los unos a los otros. Esa es toda la ley y los Profetas y Jesús.

La infracción de esa ley es el egoísmo. ¿Cuál debe ser el castigo? Amar, aprender a amar: esto es, el Altruismo.

El castigo consiste en aquello que es necesario hacer para que la ley infringida se restablezca.

Santa Teresa “descubrió” que Satán estaba en el Averno porque “no amaba” el día “que ame” Satán abandonará su antro para ser Luz bella alrededor del Eterno foco.

El descubrimiento de la monja de Ávila vale más que el de Newton; éste descubrió la atracción universal de los cuerpos; aquella descubrió la atracción universal de los espíritus, y los espíritus son cuerpos quintaesenciados, valen más.

¿Y qué es el amor? El amor es felicidad. Amar es ser feliz.

La Voluntad del Padre es la Ley, la ley es el amor, es la felicidad.

La ley de Dios es, pues, que seamos felices.

Pero para ser felices no basta la voluntad del Padre; es necesario la voluntad nuestra.

No basta la Ley, es necesario que se cumpla por nosotros.

La ley incumplida es el amor al hombre la ley cumplida es la felicidad del hombre. 

¿Para qué amontonar leyes sobre los hombros del hombre, que él no puede llevar?

La obra de la evolución religiosa consiste en esto: en simplificar cada vez más el concepto de la Ley; y la obra de la evolución científica consiste en esto otro: en multiplicar cada vez más los conocimientos, en aumentar cada vez más las fructuosidades del cerebro para hacerle cada vez más apto a comprender el concepto de la Ley. 

Toda ley muy difícil de entender, que el hombre no puede comprender por si mismo y con las fuentes del conocer que le son propias, que necesita Doctores que la expliquen y comenten, esta ley no es de luz, porque es obscura, y no es de Dios por que Dios es luz.

Todos los hombres nos sentimos naturalmente inclinados a cumplir la ley porque todos los hombres buscamos con afán la felicidad.

Es absurdo decir que el hombre se siente naturalmente más inclinado al mal que al bien. Sucede todo lo contrario.

Lo que sucede es que equivoca el camino que conduce al bien, por que no vé la luz porque es ciego. 

Pero él llegará a conocer mucho y a ver bastante, y entonces, así como la piedra desprendida de la superficie marcha impulsada hacia el centro de la tierra, cada vez más aceleradamente hasta llegar a él, en que dejará de ser piedra para tomar otra forma, dejará de ser pesada y pegado al suelo, para flotar como fluido imponderable más allá de las nubes; así el hombre, libre ya de cataratas en los ojos del alma, caerá en los senos infinitos del bien, la verdad y la belleza atraído por una fuerza cada vez mayor, santa fuerza del amor, y al llegar a ese centro se convertirá en un punto luminoso del divino foco, después de haber dejado en las zarzas del camino de las encarnaciones el vellón de la animalidad que es burda espiritual sustancia.

El hombre es, pues, dueño de acelerar o retrasar el cumplimiento de su destino que no es otro que la Felicidad.

¿Cómo se llega a la felicidad? No queriendo y queriendo: no sabiendo y sabiendo: de todas maneras vamos a ella impulsados por el destino que así lo requiere. No queriendo por no saber; y por saber queriendo.

Al principio vamos no queriendo porque no sabemos: somos inocentes.

Así pasamos los interminables cielos de la vida mineral, vegetal y animal y los primeros pasos de la vida racional.

Pero marchamos: De la piedra al hombre, que enorme distancia recorrida! Todo esto lo pasamos sin darnos cuenta, por tanto, no queriendo ni sabiendo.

Después, cuando lleguemos a cierta altura en la espiral trazada por la ascensión humana, marchamos sabiendo a donde vamos y queriendo ir a la Felicidad que es la meta.

Marchamos hacia ella porque sabemos que nos espera desde “abinitio” y queremos entonces ir hacia ella porque ella es la ley divina de nuestra naturaleza espiritual que nos atrae con fuerzas cada vez más irresistibles.

¿Para qué fin fue creado el hombre? Para amar y servir a Dios en esta vida, verle y gozarle en otra, dice el catecismo. Pero esto muy largo.

El fin para que fue creado el hombre es…para ser feliz.

¿Cómo llega a ser feliz el hombre queriendo? Sabiendo querer.

¿Y cómo llega a saber querer? Como se saben todas las cosas. aprendiendo.

¿Y cómo se aprende a saber querer ser feliz? Con la experiencia, que es la gran maestra.

¿Y la experiencia donde se adquiere? En las innumerables encarnaciones que el espíritu vive a través de la carne, y en la vida que tiene fuera de la carne a través del espacio infinito. 

 

*El texto que publicamos es parte de Sobre Espiritismo, una colección de artículos publicados por Matienzo Cintrón en 1901 en la Tipografía Siglo XX de Ponce. Político, cooperativista, fue defensor de la americanización en 1898 y, desilusionado por la traición a los ideales democráticos de parte del país invasor, se convirtió en defensor de la independencia. El texto pretende mostrar otro ejemplo del vínculo entre el espiritismo y las luchas políticas en Puerto Rico.

 

 

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