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Lanzamiento de la república de Platón

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Por Zahira Cruz

Publicado: martes, 17 de abril de 2018

Cuando era estudiante de bachillerato tuve un novio al que una mañana encontré con otra en su cuarto. La noche anterior lo había soñado y la curiosidad pudo más que la razón. Tuve que ir y confirmar con mis propios ojos que el sueño había sido revelador. Al momento de pedir una explicación, como si la escena no hubiese sido lo suficientemente elocuente, discutimos y él me tiró con un libro: La República de Platón. Yo lo acababa de comprar para el curso de Filosofía Platónica que tomaría en la tarde. Me dio mucha rabia que maltratara el libro que con tanta emoción acababa de comprar, y le grité que si él lo hubiese leído alguna vez, no me habría hecho lo que me estaba haciendo. Claro, esto lo decía con veintidós años y todavía la idea de que la filosofía servía para algo. En ese entonces, pensaba ilusamente que la gente cercana a esta disciplina resultaría menos propensa a la maldad, puesto que con ella se desarrolla una buena capacidad de discernimiento, se aprende a pensar y en ocasiones, se llega a adquirir un gran sentido de justicia, por lo tanto, se optaría siempre por el bien. Pero, por supuesto, esto es debatible, mucho más si recordamos, por ejemplo, que el filósofo francés Louis Althusser estranguló a su esposa Helene en 1980 para luego describir el acto con tal frialdad, como si de un objeto se tratase. Sobre esto, Geraldine Finn escribió en Why Althusser Killed His Wife (1996), que no se podía desvincular la muerte de Helene de la filosofía de Althusser, porque según ella, los filósofos y los científicos políticos siempre han matado a sus esposas, literal o figurativamente, mediante la reproducción de la violenta relación social del patriarcado. Pero bueno, en aquel momento creí que si aquél noviecito hubise leído La República alguna vez, se habría topado con lo mismo que yo, una obra que ayudó a solidificar mi estructura moral, aunque a un alto precio: la exacerbación de mi Superyó y mi conciencia moral. Esto significa que la autoevaluación, la crítica y el reproche no me dan tregua —es casi una fijación con el castigo y la culpa critiana—. Lo único que yo pedía era que, si me iba a engañar no me tirara con el libro. 

La República propone como modelo de vida el cultivo de la sabiduría y la virtud, destacando cuatro virtudes cardinales: justicia, prudencia, templanza y fortaleza. Concluí que el noviecito carecía de toda virtud, al menos de las cardinales. Pero no lo juzgo. 

Tampoco es que me sorprenda tanto. Es sumamente difícil convertirse en un modelo de virtudes, pero nunca está demás intentarlo.

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