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CON-TEXTOS: Se vende una isla

Perfil de Autor

Por Reinaldo Pérez Ramírez

Publicado: miércoles, 2 de mayo de 2018

“…creemos ser país,

y la verdad es que somos paisaje.”

Nicanor Parra

 

“…Ningún país en el que se haya privatizado el sector eléctrico ha tenido los beneficios esperados. … La privatización … puede ser considerada una estafa perpetrada para despojar a la sociedad de su legítimo control sobre un servicio público esencial. Es un truco concebido y ejecutado por grupos de poder

que buscan beneficiarse del control privado…”

Sharon Beder

Energía y poder: la lucha por el control de la electricidad en el mundo

(editado por el Fondo de Cultura Económica, 2005)

 

La venta de la Autoridad de Energía Eléctrica anunciada por el gobernador Ricardo Rosselló como la cesión de todos sus “activos” a la empresa privada –de consumarse según propuesta– constituiría el mayor disparate cometido por gobierno alguno en la historia moderna de nuestro país. Una mayoría de los puertorriqueños, sin embargo, apoya la propuesta, víctima de los múltiples argumentos falaces con los que ha sido irradiada a mansalva a través de la narrativa partidista, con el aplauso disléxico –pero vociferante– de los oscuros intereses privados que se beneficiarían de este despojo. Es una verdad profunda como el mar que configura nuestra determinante condición isleña. A veces lo obvio está delante de nosotros a un palmo de narices, pero nuestros ojos no lo ven. Nuestra geología, topografía, tamaño y ubicación geográfica demasiado alejada de los continentes más cercanos, nos convierte en un entorno muy poco apropiado para este tipo de privatización monopólica. 

Nadie en su sano juicio puede afirmar que no es cierta la premisa oficial de que durante las pasadas décadas, la administración pública del monopolio natural de la generación, transmisión y distribución de energía ha sido deficiente, lastrada por el virus hasta ahora incurable que asedia sin misericordia sus órganos ya necróticos: los componentes de la alta y mediana gerencia y los políticos de turno que éstos apoyan. Mientras, el trabajador que con sus manos y mentes diestras la producen, pierde su espacio en la estructura operacional de la empresa para detrimento del servicio esencialísimo que es la producción y distribución de energía en una Isla alejada de toda masa continental. La fuerza obrera ha sido reducida a un número tan exiguo que hasta convierte en peligroso el permitir que continúe esa tendencia mientras se suceden apagones tras apagones masivos. Mientras, los partidos de turno continúan repartiéndose los escritorios ejecutivos a cambio de donaciones y apoyos en campañas políticas a candidatos que se turnan en el agarre a la cúpula decisional.

Nuestra gente aún no se percata de ello, pero es falaz afirmar que la solución consistente en pasar de un monopolio natural público a uno privado es buena para el país y redundará en una reducción de tarifas y facturas. El aserto es patentemente falso, ya que, en síntesis bidimensional, supondrá que a quien se le vendan los “activos” –como todo conglomerado capitalista que aspire a sobrevivir en el feroz mercado global de la energía– perseguirá obtener una ganancia tan pronto como a mediano plazo y además, precisará retener una parte sustancial de esas ganancias para enfrentar la inversión inmediata y a largo plazo que requerirá el reconstruir y mantener un sistema viejo, obsoleto, devastado, prácticamente en el piso, luego del paso de los potentes fenómenos atmosféricos que obnubilaron el 100% de su capacidad generatriz y operacional. En varios sectores de la ruralía no tan rural –incluyendo Guaynabo y Aguas Buenas, por dar un ejemplo que conozco– las líneas que restablecieron el servicio después de cinco (5) meses de la debacle, hoy día, a apenas un par de meses del comienzo de la nueva temporada de huracanes, penden de varios arboles de almácigo. Tengo fotos.

De hecho, en otras islas comparables a Puerto Rico como Hawái y Singapur  –esta última no tan lejana a una plataforma continental como nosotros– el costo al consumidor y usuarios de la energía eléctrica –incluyendo empresas y gobierno– es sustancialmente mayor al que pagamos en Puerto Rico, aún a pesar de la ineficiencia administrativa de la AEE, la que repito, no disputamos.

En Singapur, la isla/nación más próspera del mundo, con población y extensión comparables a Puerto Rico, el Gobierno mantiene el control público de la generación e infraestructura. Al presente, explora la posibilidad de una concesión controlada de opciones a la empresa privada para desarrollar tecnología de energía renovable, la que al presente es mucho más costosa para los habitantes de Singapur en tarifas medidas a base de kilovatios/hora. Nunca se les ha ocurrido –ni se les ocurriría– vender los “activos” de su infraestructura. ¿Por qué? Porque le estarían vendiendo la isla a perpetuidad a una gran multinacional. Ello es así porque el universo de residentes, inmigrantes, visitantes, turistas, empresas pequeñas, medianas o grandes –incluyendo filiales de compañías multinacionales o conglomerados de manufactura, comunicaciones o servicios– se verían obligados a pagar la tarifa que establezca la empresa que adquiera los “activos”. Esos activos que en el caso de Puerto Rico el gobernador ha propuesto “vender” incluyen los activos intangibles. El principal activo intangible somos nosotros mismos como conglomerado económico–social–ciudadano: el equivalente al futuro de nuestra existencia como pueblo por generaciones y generaciones. Eso sencillamente no puede ser objeto de valoración o “tasación”. El valor intangible de un mercado cautivo derivado de nuestra condición isleña es incalculable. Como dice el anuncio de Master Card, “priceless”.

Están vendiendo la Isla, a nosotros, a nuestro país, a nuestra economía, ad perpetuam. ¿O es que alguien cree que luego de vender los “activos” podrá el gobierno de Puerto Rico recomprarlos a la Con–Edison, o a la PUMA o a la Mobil, o al conglomerado que sea?

En Hawái, contrario a Singapur, hay una pseudocompetencia de tres grandes empresas en cada una de las principales islas. Aun así, el costo por kilovatio/hora es mucho más caro que el de Puerto Rico (30¢ k/h, similar al de Singapur). Los propios hawaianos así lo reconocen:

“The isolated geographic location also contributes to the higher cost of electricity because we don’t have any nearby utility companies from which to draw power in the event of a problem. So, for system reliability, we must have reserve generating capacity and multiple distribution routes.” https://www.hawaiianelectric.com/billing–and–payment/rates–and–regulations/average–price–of–electricity 

Lo que abordamos antes no es nuevo. Ya lo había dicho Franklin D. Roosevelt durante su discurso inaugural como presidente de EU en el 1958:

“…ninguna Comisión ni la Legislatura misma tiene el derecho, por ninguna causa, a dar un sólo kilovatio en perpetuidad virtual a ninguna persona ni corporación. La Legislatura, en este sentido, es solo un fideicomiso de la gente.”

Rexford Guy Tugwell, The art of politics as practiced by three great americans: F.D. Roosevelt, L. Munoz Marín and Fiorello LaGuardia

 

El deber fiduciario de la Legislatura es detener esta venta. Comentarios a: rei_perez_ramirez@yahoo.com

 

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