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La emigración y el final de los tiempos

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Por Manuel de J. González

Publicado: miércoles, 29 de noviembre de 2017

Las catástrofes, naturales o provocadas por los humanos, siempre producen grandes desplazamientos poblacionales. El pasado (y cercano) siglo XX fue escenario de los mayores cambios en la composición social de las naciones desde tiempo inmemoriales, como resultado de catástrofes. Las guerras –enormemente letales “gracias” a los nuevos desarrollos tecnológicos– fueron la principal causa de esas trasformaciones. La primera Gran Guerra, 1914-1918, produjo 22 millones de fatalidades a las que le siguieron otros 20 millones de muertos por las epidemias que luego se desataron. Veinte años después, en 1939, la misma Europa volvió a entrar en guerra extendiéndose el conflicto hacia Asia y América. En esta ocasión la matanza se multiplicó por tres, llegando a los 60 millones. Tras terminar la catástrofe armada, continuaron los grandes desplazamientos poblacionales desde los países devastados hacia las regiones menos afectadas de la propia Europa o al continente americano. 

Como resultado de esos eventos muchos países perdieron a gran parte de su población en edad reproductiva. Por ejemplo, tras la guerra civil española –tragedia pequeña en comparación con las dos grandes guerras entre las que se enmarcó– la natalidad del país cayó en aproximadamente 576 mil. Además de la capacidad de reproducirse, los países perdieron muchas de las manos y el talento que necesitaban para reactivar sus economías. 

A pesar de esas enormes pérdidas y del dolor que provocó la sangre derramada, todos los países afectados se recuperaron. Unos con mayor velocidad que otros, las naciones devastadas por la catástrofe y por la emigración que le siguió, fueron recomponiendo sus poblaciones y sus economías. La mayoría de los emigrados no regresó a su país de origen, pero algunos lo hicieron trayendo experiencia y recursos que ayudaron a la recuperación. 

Este breve recuento de tragedias humanas viene al caso por lo que ocurre en Puerto Rico tras la catástrofe de los huracanes que recientemente nos golpearon, agravada por otro huracán de incompetencia y negligencia desatado tanto por el gobierno colonial como el metropolitano. Como resultado de esos golpes el país está en el tercer mes sin energía eléctrica y la mayoría de la gente no tiene trabajo. Las perspectivas para muchos se complican y el éxodo migratorio hacia Estados Unidos se ha disparado. Como allá la economía está en auge, las posibilidades de encontrar trabajo aumentan y mucha gente joven opta por emigrar. También se ha ido una gran cantidad de personas mayores en busca de servicios médicos y atención social. 

Todavía no hay cifras exactas de la magnitud del éxodo. Al final serán algunos cientos de miles, mayormente jóvenes diestros o cualificados. De esos, algunos volverán con el paso de los años, pero la mayoría se quedará en Estados Unidos.

No es la primera vez que Puerto Rico experimenta una ola migratoria de esa naturaleza, aunque en esta ocasión el empujón de salida se produce en unos cuantos meses no a lo largo de años. Durante la década del ’50 del pasado siglo alrededor de 50 mil personas emigraron cada año a Estados Unidos. En 1940 allá vivían alrededor de 70 mil personas nacidas en Puerto Rico o de padres puertorriqueños. Para 1960 la cifra había aumentado a 887,000 y para 1975 ya llegaba a 1.7 millones. Muchos de esos emigrados volvieron a su isla, pero la mayoría, aunque siempre pensó en volver, nunca volvió. (El “mito del retorno”, lo llaman los sociólogos.)

“El desempleo y la falta de opciones económicas en los pueblos pequeños y las zonas rurales obligaron a muchos de sus habitantes a trasladarse a las ciudades más grandes de la isla y, finalmente, a Estados Unidos. En esta época, sin embargo, el nivel de vida de la mayoría de los puertorriqueños mejoró”. (Ayala y Bernabe, Puerto Rico en el siglo americano, página 260.) Podría decirse que el éxodo ayudó a mejorar las condiciones de los que permanecieron en la isla y sin duda hay algo de eso, pero la realidad social es un poco más compleja ya que en esos años se impulsó una estrategia económica que dio resultados. 

Pero, independientemente de la amplitud de factores que explican la mejoría, es necesario destacar que la gran ola migratoria de los ’50 y los ’60 no significó el fin de la nacionalidad puertorriqueña ni de ese sujeto histórico que llamamos “pueblo puertorriqueño”. Luego de aquellas décadas, la sociedad boricua siguió existiendo y se fortaleció. Tampoco aquella ola migratoria produjo la asimilación cultural ni la “trasculturación” que presagiaron algunos “expertos” por los efectos culturales que produciría la relación entre los emigrados y los que se quedaron. Todo lo contrario, la nacionalidad puertorriqueña siguió desarrollándose y fortaleciéndose en las décadas que siguieron a la del ’50. 

Más que choque antagónico, entre aquella emigración, que ahora llaman “diáspora”, y el pueblo de la isla se ha producido una interrelación muy beneficiosa desde el punto de vista social, económico y cultural. Gracias a los que sufrieron el éxodo allá hay una gran población que cada día gana más protagonismo y que no sólo lucha por sí misma, sino también por los de acá. Además, muchos de aquellos emigrados, o sus hijos, han hecho aportaciones culturales, artísticas o académicas que nos alientan y estimulan el orgullo nacional de todos los puertorriqueños. 

La emigración, por tanto, sobre todo la que sobreviene después de una catástrofe, es un fenómeno inevitable que tendrá consecuencias sociales, pero no será el final de los tiempos. Es urgente y necesario que nuestro país se recupere, dejando atrás las dificultades y la incompetencia, para que se aminore la ola migratoria, pero ésta no provocará el fin de lo que conocemos como Puerto Rico.

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