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Poesía: Magro consuelo

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Publicado: miércoles, 29 de noviembre de 2017

La lucha del hombre contra el hombre, según fuentes fidedignas

cercanas al Ministerio del Interior,

será nacionalizada en su momento, hasta la última gota de sangre. 

Saludos de Thomas Hobbes. 

Una guerra civil librada con armas desiguales: la declaración de impuestos de un hombre

es la cadena de la bicicleta de otro. Envenenadores e incendiarios 

deberán organizar un sindicato para proteger su puesto de trabajo. 

Nuestro servicio carcelario

es abiertamente liberal.

Ofrecen El Sistema de Ayuda Mutua

en el Mundo Natural, de Kropotkin, encuadernado en plástico negro, lavable, como un manual de estudios.

Magro consuelo. 

Para desaliento nuestro, nos hemos enterado de que no existe la justicia, y más aún,

para nuestro mucho mayor desaliento,

fuentes informadas rebosantes de placer 

nos han comunicado

que nada remotamente parecido puede o debe existir, ni existirá jamás. 

Todavía no está claro

dónde reside la culpa. ¿En el pecado original?

¿En la genética? ¿En los cuidados a los recién nacidos? ¿La falta de educación sentimental?

¿El capitalismo? ¿Una dieta poco saludable?

¿El diablo? ¿El machismo? 

 

Averiguarlo sería bueno, sería

un bálsamo en las heridas de la Razón. Lamentablemente, no podemos abstenernos de violentarnos, de crucificarnos unos a otros en el cruce más próximo

y de engullir después los despojos. 

Estamos molestos, pero no sorprendidos por nuestras diarias atrocidades.

Lo que nos anonada

es la tácita ayuda, 

la generosidad infundada y la dulzura angelical. 

Es hora ya, por lo tanto,

de exaltar con verbo encendido

al camarero que escucha horas enteras

los lamentos del hombre impotente;

la misericordia del representante de galletas que rompe a última hora

la orden de ejecución; 

a la beata que oculta

inesperadamente al desertor que llama a su puerta; y al secuestrador, súbitamente fatigado,

que renuncia a su enmarañada tarea

con una débil sonrisa de complacencia. 

Dejamos el periódico encogiendo los hombros, llenos de alegría, la alegría

que sentimos cuando termina la película,

se encienden las luces en la sala de cine, afuera la lluvia ha cesado, y anhelamos 

dar una calada al cigarrillo. 

 

(Fuente: El hundimiento del Titánic, Edit. Anagrama, Barcelona 1986. Traducc. de Heberto Padilla) 

 

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