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Nuevas propuestas temáticas y estilísticas en el cine narrativo puertorriqueño: El chata y El silencio del viento

Álvaro Aponte Centeno
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Por María Cristina

Publicado: martes, 22 de mayo de 2018

Pensar que en menos de dos meses el público puertorriqueño iba a poder ver en las salas de cine comerciales tres filmes puertorriqueños al nivel o superior a otros dramas producidos por países de un gran volumen de producción cinematográfica e industria de cine como México, Argentina, Cuba, España por mencionar solamente algunos de los países de habla española, hubiera parecido una fantasía. Pero eso es precisamente lo que ha sucedido con El chata, ¿Quién eres tu? y El silencio del viento, todos estrenos de abril y mayo. La semana pasada dediqué la página de cine al filme más reciente de Arí Maniel Cruz y ahora recojo los otros dos filmes que reclaman y merecen un lugar en el cine narrativo.  

 

El chata (director Gustavo Ramos Perales; guionista e historia original Gustavo Ramos Prales y Xenia Rivery; cinematografía Willie Berríos; elenco Alexón Duprey, Modesto Lacén, Carlos Miranda, Jerome Robles, Mariana Monclova, Camila Monclova, Gael Valentín, Blas Díaz)

 

El primer largometraje de ficción del cineasta Gustavo Ramos Perales, elogiado por el crítico de cine de El Nuevo Día, JuanMa Fernández, es un creativo y emocional acercamiento a una realidad que nos toca a todos. Al igual que cada puertorriqueño tiene algún familiar viviendo fuera de la isla, también tiene o conoce a algún ser cercano que ha sido encarcelado. 

Otra historia de un padre de una chica de catorce años que no ha visto por muchos años por estar encarcelado, la desarrolló anteriormente Arí Maniel Cruz en Antes que cante el gallo de 2016. Pero en esta historia escrita por Ramos Perales junto a Xenia Rivery, el centro de la trama es Samuel Villega, quien es despedido con gritos y ruidos por los otros presidiarios después de compartir este espacio cerrado por ocho años. Y la pregunta que él se hace, y los espectadores también, es ¿cómo va a rehacer su vida si regresa al mismo vecindario que lo llevó a cometer los delitos que lo pusieron en la cárcel? Si no tiene empleo que le permita reentrar en la estabilidad de una familia —esposa e hijo— que lo ha esperado todos estos años ¿cómo no caer nuevamente en los mismos patrones?

¿Y qué empleos puede tener Samuel sin moverse del lugar conocido? Los más sucios y peor pagados con la tentación de revivir su carrera como boxeador que quedó truncada cuando cayó preso. Ser chata—recibir los golpes para que el boxeador que entrena pueda practicar y lucirse—puede ser un trabajo ‘decente’ pero, aparte de que es humillante para Samuel, que muy bien sabe que puede liquidar al supuesto nuevo contendiente sin mucho esfuerzo, el dinero fácil está en las peleas clandestinas que también tienen un contenido alto de drogas, alcohol, sexo y explotación. ¿Cuáles son las alternativas de un ex preso de 30 años con ninguna destreza que genere dinero excepto pelear? Susana, la esposa que lo ha esperado todos estos años, continuamente le ofrece otra salida: emigrar.

Alexón Duprey interpreta el papel de Samuel con una veracidad desgarrante que no deja que nuestra atención se desvíe a otros temas y que lo acompaña en cada esfuerzo que hace para buscar un empleo que le permita mantener el nivel de pobreza “decente” que todavía tiene gracias al trabajo poco remunerado de Susana durante los años de su ausencia. El director y su equipo de trabajo recrea el ambiente familiar y acomodaticio en el que reentra Samuel con su sentido de machismo, resentimiento, traqueteo de dinero, manipulación y patrones aprendidos para sobrevivir en un ambiente de pobreza y violencia. Integran el resto del elenco algunos de nuestros mejores actores que por fin han encontrado un espacio—que no es la comedia fácil de teatro de fin de semana—para lucir su talento. 

La dirección de Ramos Perales y la fotografía de Berríos se distinguen por su acercamiento a lugares que “los de afuera” verían como oscuros y peligrosos, sin ningún atractivo para los que integran otras comunidades, esas que ya tienen electricidad versus esos territorios al parecer escondidos que siguen en la oscuridad. Lo que los espectadores reciben es un microcosmo de nuestro Puerto Rico, ese en que conviven los que trabajan por el mínimo del mínimo, los que prestan su conocimiento y experiencia para tratar de encaminar a los que sobresalen en el boxeo dentro de un gimnasio que apenas se sostiene, los que ya se dieron por vencidos de tratar la ruta legal y han creado sus propio bajo mundo y los que van palante, solos o acompañados, a dar cara en una sociedad que los invisibiliza.

 

El silencio del viento (director y guionista Alvaro Aponte Centeno; cinematografía Pedro Juan López; productora Maite Rivera Carbonell; elenco Israel Lugo, Kairiana Núñez, Amanda Lugo Alvarado, Elia Enid Cadilla, Eddie Díaz, Iris Martínez, Aurelio Lima Dávila)

 

La historia de este filme de Aponte Centeno, explora otro aspecto de nuestra sociedad: la movida ilegal de personas entre la República Dominicana y Puerto Rico, en su mayoría dominicanos pero también de otros países. El enfoque es en una familia cuyo subsistir depende de este negocio donde cruzan el mar con los refugiados, los esconden, hacen el contacto necesario con familiares o conocidos en Puerto Rico para su recogido. El dinero más importante para los hermanos Carmen y Rafito—con familia extendida de madre, abuela, hija—es el que reciben por el recogido de los ilegales en las instalaciones muy rústicas que han moldeado para cumplir con sus necesidades básicas. El cruce del mar es un negocio que se origina en Dominicana y del que Carmen y Rafito no tienen control ni en dinero, medidas de seguridad o sobrecarga. 

Nuevamente esta es la normalidad para esta familia—su manera de existir en nuestra sociedad—el resto de su tiempo atienden las necesidades de los que dependen de ellos, mantienen sus instrumentos y lugares de trabajo funcionales y siempre encuentran un espacio para sonreír y disfrutar de su vida, esa que le han endilgado. Pero nuestra realidad diaria irrumpe en su normalidad cuando hay un crimen de género, y las autoridades no le dan prioridad y queda todo en el vacío creado por la ausencia de ese ser querido. Y no se puede uno detener a llorar a los suyos porque la familia necesita comer y vivir con un techo sobre sus cabezas.

Israel Lugo como Rafito, es el protagonista-narrador visual que con muy poco diálogo y con abundantes silencios cuenta una historia llena de dolor. Kairiana Núñez, cuya actuación fue reconocida en el Festival de Mar del Plata, tiene una impresionante presencia de escena como Carmen, la hermana y socia que le da orden y dirección a la familia. Completan el elenco Elia Enid Cadilla como la madre, la recién fenecida y oriunda de Vieques, Iris Martínez, como la abuela, Amanda Lugo Alvarado como Wally, la hija de Rafito, y Eddie Díaz y Aurelio Lima Dávila. Nuevamente distingo el estilo desarrollado por Aponte Centeno junto a su cinematógrafo PJ López—quienes anteriormente trabajaron juntos en el cortometraje “Mi santa mirada” de 2012—donde montan escenas, casi sin diálogo, que lo dicen todo como el silencio que reina tras una muerte violenta o un naufragio.

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