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La tierra prometida

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Por Alana Alvarez Valle

Publicado: miércoles, 28 de junio de 2017

Puerto Rico, para la diáspora, es la tierra prometida. 

En momentos en que los miles de puertorriqueños y puertorriqueñas que vivimos en los Estados Unidos resistimos a diario contra el racismo abierto del Presidente y sus seguidores, las palabras del patriota Oscar López Rivera brindan un hálito de esperanza.  

Su expresión, que parece tan sencilla, conforma un complejo concepto que sólo los que vivimos lejos de la patria, de la nuestra, de nuestros antepasados y de nuestra descendencia, entendemos con el corazón. 

Casi me atrevo a asegurar que cuando López Rivera propuso esta idea, todos los boricuas exiliados que lo fuimos a ver y escuchar hace varios días a Hartford, Connecticut, asentimos. 

“Vengo de una familia que ahora tiene tres generaciones de puertorriqueños nacidos y criados en los Estados Unidos. Y sé algo con certeza, cada uno de los miembros de mi familia ama a Puerto Rico. Ellos visitan Puerto Rico y se identifican con Puerto Rico. Tenemos que mirar a Puerto Rico como nuestra tierra prometida. Por ejemplo, a lo mejor yo no puedo regresar a Puerto Rico pero tengo la esperanza de que mi hijo o mi hija o nieto o nieta puedan ir y decir ‘éste es mi hogar’”, exclamó López Rivera. 

Ya somos millones de puertorriqueños y puertorriqueñas los(as) que vivimos exilados por una u otra razón. La gran mayoría seguimos amando nuestra bella isla. 

Según el Perfil de Migrante 2015 del Instituto de Estadísticas de Puerto Rico, que utiliza datos de la Encuesta sobre la Comunidad del U.S. Census Bureau, del movimiento neto de pasajeros aéreos del U.S. Bureau of Transportation Statistic (BTS) y de la Autoridad de los Puertos, durante el año 2015, la migración de Puerto Rico a los Estados Unidos alcanzó nuevos récords. La presente ola migratoria apunta a ser más grande que la del 1945 al 1960, periodo de 15 años durante el cual se estima que 500 mil puertorriqueños se trasladaron al Imperio. En diez años entre 2006 y 2015, se calcula que emigraron 445 mil personas.

Hay que tener claro que el colonialismo y la migración están interrelacionados. El escritor y analista Manuel Maldonado Denis (1933-1992) planteó de manera muy elocuente que la migración de los puertorriqueños desde la colonia hacia la metrópoli no es un fenómeno social fortuito ni accidental, sino algo profundamente ligado al modo de producción capitalista colonial; la migración ha sido parte integral de la estrategia de desarrollo dependiente. 

Desde que el Congreso estadounidense impuso su ciudadanía a la población puertorriqueña en 1917, por razones egoístas, los Estados Unidos (EE.UU.) se nutre con mano de obra diestra y –ahora– profesional para crecer su imperio. 

Se les ha ‘vendido’ a los boricuas que para progresar y encontrar trabajo y mejores condiciones de vida, sólo necesitan de un boleto aéreo y una tarjeta de identificación, para llegar y establecerse en cualquier parte de los Estados Unidos. No obstante, sabemos que la diáspora puertorriqueña en EE.UU. tiene una de las tasas de pobreza más altas de esa nación. 

Y pese a esto, migramos y resistimos, sin dejar de amar a nuestro terruño. 

“Nunca dejamos de ser puertorriqueños. (…) Enfatizó que Puerto Rico es la tierra prometida. Nuestras familias viven en los Estados Unidos, nuestros seres amados, y queremos que regresen cada vez que quieran y puedan. Somos puertorriqueños donde quiera que estemos. Juan Antonio Corretjer dijo que sería borincano aunque naciera en la Luna. No importa donde estemos, o nazcamos, mientras nos sintamos puertorriqueños(as) y digamos que somos puertorriqueños y creamos en la identidad boricua, somos puertorriqueños(as) y eso es lo que importa”, añadió López Rivera ante un público emocionado que aplaudía de pie.

En los minutos previos al conversatorio convocado por la concejala de Hartford, Wildaliz Bermúdez, observé como se llenaba la sala de gente de todas las edades, de todos los colores, casi todos boricuas, algunos hablando español y otros inglés, hasta que se acabaron las sillas. Las personas se comenzaron a apiñar por todas las esquinas para por fin ver al maravilloso ser humano por quien luchamos toda una vida para que pudiera regresar a su hogar. 

Y de repente, con el típico vozarrón nuestro, mi tipito de cuatro años preguntó: “Mamá, ¿dónde está el patriota?”. “Ya mismo viene”, le respondí, mientras sentía a mi alrededor las miradas sonrientes y cómplices de la multitud. 

La emoción de por fin ver en persona a Oscar López Rivera es casi indescriptible. Flanqueada por mi corrillo de boricuas exiliados, con los rostros humedecidos de la emoción, entendí por fin porqué cada vez que este hombre se presenta ante un grupo de personas, la gente lo que quiere es abrazarlo, quieres apretarlo para sentir el amor y la compasión que siempre predica. Es para darte cuenta de que los problemas cotidianos son ‘pajitas que le caen a la leche’, porque si un hombre que estuvo preso por casi 36 años y declara que, a pesar de la tortura, salió con el espíritu fuerte, con la frente en alto y con más ganas que nunca de luchar por su patria, nosotros y nosotras podemos hacer lo que sea. 

Y si eso no bastara, con una amplia sonrisa, nos validó. 

“Los puertorriqueños en la diáspora tienen todo el derecho de sentirse puertorriqueños, de hacer todo lo que quieran por Puerto Rico, de celebrar su vida como puertorriqueños y disfrutarlo, de gozar de la salsa, de la bomba, de la plena, de gozar la vida como puertorriqueños”, expresó. 

Una vez más me convencí de que la diáspora no se quita. Que somos un país dividido y que la patria se construye desde donde estés.

“Cómo podemos colaborar con Puerto Rico”, preguntamos.

“Hay muchas maneras en que la diáspora puertorriqueña puede colaborar. Sólo visitando, sólo estando allí, en Puerto Rico. Eso es importante”, declaró nuestro Oscar. Mencionó que también hay que apoyar los buenos proyectos ciudadanos, como los jardines y huertos urbanos y el ecoturismo, que ayudamos comprando el café de Puerto Rico y saboreándolo. “Los puertorriqueños de la diáspora pueden invertir en Puerto Rico y esa inversión se quedará allí, no como las grandes corporaciones que invierten, pero luego se llevan el dinero”, agregó. 

Puerto Rico es el lugar al que queremos regresar, con el que soñamos, por el que luchamos y echamos pa’lante, el que llevamos en el corazón, es nuestro hogar… es nuestra tierra prometida.

 

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