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Economía del Deporte

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Por Francisco A. Catalá Oliveras

Publicado: miércoles, 2 de agosto de 2017

A raíz de la enfermedad del compañero Elliott Castro un grupo de amigos y amigas de diferentes profesiones, comenzando por su hija Elga, aceptaron la encomienda de mantener esta columna bajo el título original, Las canto como las veo. Los(as) columnistas aceptaron un turno de bateadores(as) designados con la ilusión de que Elliott retomara su turno al bate. Lamentablemente, el 23 de julio a consecuencia de un paro cardiaco respiratorio nuestro cuarto bate falleció. Agradecemos la solidaridad y desprendimiento con nuestro periódico, pero sobre todo, agradecemos el cariño que le tienen a Elliott. Aquí la columna que correspondía a la pasada semana. –AMF

 

 

 

El historial del sistema de clasificación que usa la Asociación Americana de Economía para delimitar los distintos campos de la disciplina ilustra su desenvolvimiento a lo largo de más de un siglo. Inicialmente, a principios del siglo pasado, las clasificaciones no pasaban de diez. Entre éstas cabe destacar Teoría, Historia Económica, Agricultura, Manufactura, Comercio y Moneda y Banca. Hoy día las clasificaciones agotan el alfabeto y cada una de ellas cobija numerosos campos temáticos.

La clasificación que corresponde a la Economía del Deporte (Z2) fue, junto a la Economía de la Cultura (Z1) y Economía del Turismo (Z3), la última en incluirse en la lista de la Asociación Americana de Economía. Su identificación con la última letra del alfabeto no es, por tanto, casualidad. No obstante, el interés en el deporte como objeto de estudio por parte de los economistas se manifestó desde mucho antes.

Valga aclarar que la Economía del Deporte no equivale a la recopilación y análisis de estadísticas deportivas, lo que no significa que éstas no puedan ser útiles en determinadas investigaciones. Su principal objetivo es intentar explicar la conducta de los actores económicos (dueños de equipo, jugadores, fanáticos) en una actividad que utiliza una serie de recursos (canchas, estadios, gimnasios, equipo, jugadores, dirigentes, árbitros, etc.) para producir unos bienes o servicios que conjugan, entre otras cosas, competencia, espectáculo, educación y recreación. 

El campo de la Economía del Deporte suele subdividirse en diversas subdisciplinas. Sobresalen la Economía Industrial, cuyo objeto de estudio es la organización de las ligas y las relaciones de los equipos que las integran, y la Economía Laboral, orientada al estudio del mercado de jugadores, árbitros y entrenadores y a temas como tasas salariales, restricciones contractuales y movilidad. También es de particular interés la Teoría de la Demanda, es decir, el estudio de las variables que inciden en la asistencia. Desde la perspectiva histórica ha cobrado importancia la evolución económica de los deportes, su transición de meros pasatiempos a grandes organizaciones empresariales, así como la influencia de medios como la radio y la televisión. Por otro lado, con un enfoque de carácter más antropológico, siempre ha estado en la mirilla investigativa el vínculo del deporte con “hábitos mentales” ancestrales –inclusive de carácter bélico– y con su uso político en distintos contextos históricos. 

El comienzo formal de la Economía del Deporte se asocia con el artículo pionero de Simon Rottenberg, economista de la Universidad de Chicago, publicado en “The Journal of Political Economy” en junio de 1956. El eje del mismo es el análisis del mercado de trabajo de los jugadores profesionales de béisbol.

Como fiel creyente en el mercado, Rottenberg parte de la premisa de que la industria del deporte, como cualquier otra industria, opera regida por empresarios maximizadores de ganancia. Sin embargo, varias características del deporte lo tornan muy peculiar. A diferencia del afán de las empresas convencionales por desplazar competidores, la viabilidad de la actividad deportiva requiere, por definición, la existencia de competidores y cierto balance competitivo entre los mismos.

La incertidumbre –casi una maldición en la gestión empresarial– es imprescindible en el deporte. ¿Acaso no es la incertidumbre respecto al resultado y el fenómeno de la sorpresa lo que mantiene el interés público? De allí nace la urgencia del balance competitivo.

Rottenberg, sin embargo, se ciñe al mercado. Por un lado, se expresa la oferta maximizadora de ganancias de parte de los dueños de equipos y, por otro lado, se responde con la demanda del público en función de variables como precios de admisión, sustitutos recreativos, población, ubicación del parque, calidad de equipos e incertidumbre en resultados.

Un modelo alterno al de Rottenberg es el del economista británico Peter J. Sloane que, en lugar de la maximización de la ganancia, parte de una función de utilidad definida por variables como el poder , el prestigio, el altruismo y el puro gusto. Mientras que Rottenberg postula que basta el mercado para colocar el talento deportivo en donde corresponde de acuerdo a su productividad, Sloane incorpora en el cuadro de transacciones mecanismos como participación en los beneficios, topes salariales y normas en la distribución de franquicias.

Una debilidad que comparten estos dos modelos –debilidad bastante generalizada– es que se circunscriben a juegos en equipo, béisbol en el caso del norteamericano Rottenberg y fútbol en el caso del europeo Sloane. Falta darle más atención a otros juegos de equipo y al deporte de competencia individual como el atletismo, el tenis y el boxeo.

Adviértase que Rottenberg y Sloane representan dos corrientes económicas que trascienden el deporte. Una resume toda la actividad social en la interacción mercantil; la otra, sin necesariamente prescindir de las fuerzas que definen al mercado, reconoce la necesidad de un andamiaje institucional que compense las fallas de éste y que responda a los sellos distintivos de cada industria.

Por último, el énfasis en el profesionalismo y en el fenómeno comercial de la industria deportiva provoca que, en muchas ocasiones, no figuren con la prominencia que merecen los bienes económicos de mérito: salud (“mente sana en cuerpo sano”), camaradería, solidaridad comunal… Estos cobran más visibilidad cuando se transita hacia el deporte aficionado y el pasatiempo informal en el barrio. Sin los bienes de mérito –cuyo valor económico y social es indiscutible–, el deporte, desde la instancia profesional hasta el juego espontáneo en el vecindario, perdería su sentido más profundo.

 

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