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Exigimos respeto, dignidad, transparencia y memoria

Llegaron sin que nadie los esperara.
Foto por: Alina Luciano Reyes/CLARIDAD
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Por Rafah Acevedo

Publicado: miércoles, 6 de junio de 2018

 

 

El 30 de mayo, de madrugada, leía el estudio que publicó Harvard en el que colaboraron científicos puertorriqueños. Recordé, y leí, un artículo de Omaya Sosa en el Centro de Periodismo Investigativo. En diciembre de 2017 ya sabíamos que más de mil habían fallecido con el paso del huracán y los efectos terribles del mismo en la salud. Lesiones, enfermedades, carencia de ayuda médica, condiciones insalubres. 

Esa misma mañana leí un comentario de la poeta Yara Liceaga. Recordaba ls escritora aquella escena demoledora de Dreams, de Akira Kurosawa. El capitán de la tropa que mira sobrecogido a sus muertos y les ordena que regresen a perderse en el inframundo. La escena se llama “El túnel”. 

Yara se preguntaba de qué manera tierna dirigir a nuestros muertos por un camino digno. “Casi todos desde el 20 de septiembre hemos andado con el alma cenagosa y expuesta, en un luto amplio, abarcador, y en desconocimiento. Si en algo creo es en la energía y en algunos sueños, recuerdo aquel sueño gris pienso en toda la energía que necesitamos para encaminar aquellas energías sueltas sin haberles llevado a cabo sus rituales de muerte. De manera rústica u ordenada, me parece que nos toca hacer algo”, decía la poeta. 

Seguía leyendo llamados a “hacer algo”. El artista Nelson Rivera proponía llevar zapatos a El Capitolio. Proponía otras cosas que no repito. Casi de forma simultánea compañeras y compañeros propusieron lo mismo: una manifestación con zapatos representando a los fallecidos en Fortaleza, Capitolio, Cuartel General, Tribunal Federal. Todas buenas ideas.

Sin embargo, esa sensación de que era necesario el duelo, esa necesidad de cerrar el círculo y/o abrir el sentimiento, proponer procesos de sanación, exigir respeto, trato digno, transparencia, dominaron. Se hizo una convocatoria temprano esa mañana. Gloribel Delgado me llamó y nos reunimos. Llegué pensando en que la plaza frente al Capitolio era amplia, pública, y un espacio reconocido de expresión pública. Esta sería la expresión de colectiva del dolor. Una oportunidad de reconocernos en ese dolor, en el duelo, en el homenaje a la vida honrando a nuestros muertos. Y así se hizo.

La respuesta inicial del estado fue cruel. En el contexto del que hablamos el cinismo no tiene cabida. Alguien en la oficina de Beatriz Rosselló envió una comunicación pública en la que se ofrecían zapatos y bultos para niños. Por supuesto, esa caridad no tenía nada que ver con la convocatoria. 

Lo que allí sucedió fue un junte de mucha solidaridad humana. Decenas de historias de amor. Ponerle nombre a los números. Respeto y dignidad. Aprecio del silencio sanador. Ejercicio de la memoria. Nos hacía falta. Nos hace falta. Se ocupó un espacio público porque el estado no solo fue ineficiente, sino que también fue negligente y ni siquiera dio tiempo y espacio para esa reflexión necesaria.

Al finalizar la actividad el joven Ricky Rosselló fue escoltado al lado norte del Capitolio junto a la Primera Dama. Allí, cuando quedaban algunas flores, velas, recordatorios y algunos zapatos, posó para su fotógrafo oficial y para una dama que, casualmente, pasaba por allí y que, casualmente, formó parte de su equipo de campaña. Nuestra primera reacción fue de rabia. Duró dos segundos. Duró poco porque lo que dominó fue la idea clara de que aquello había sido, por tres días, un espacio de solidaridad humana, respeto, dignidad, abrazo colectivo, duelo. Nada iba a empañar eso.

Lo que le expresé a Ricky fue eso. Le agradecí su presencia porque era el reconocimiento tácito de que su administración cometió un error. La cifra oficial es, aún hoy, absurda. No porque lo diga Harvard, sino porque lo decían desde el primer día las voces de familiares y amigos de los desaparecidos. Porque lo decían los furgones refrigerados de FEMA que sirvieron de morgue provisional, porque lo decían los testigos, porque lo repitieron por primera vez de manera colectiva y desde un espacio público centenares de personas. Rosselló repitió slogans. Volvió a hablar del estudio de la George Washington University. Y más que rabia sentí tristeza. Me duró dos segundos. La paz de aquellos tres días nunca será borrada.

Queda mucho por hacer y hay miles trabajando. Los que tienen los recursos de agencias federales del país más rico del mundo (y el más endeudado), así como los recursos del territorio más subordinado del mundo (y el más endeudado) son, precisamente, los que dejaron al país a su merced. Son ellos los que tienen que responder y son ellos los responsables. La caridad no es la respuesta. Si cierran escuelas y regalan bultos ¿qué bien le hacen al país? Si se reúnen con los sindicatos y derogan la ley 80 ¿qué bien le hacen al país? Si se reúnen a ver la boda real con sombreros y champán ¿qué bien le hacen al país? ¿Cómo es que regalarle el país a los millonarios resuelve problemas de agua potable, energía, salud, educación? Mientras escuchaba al gobernador en su espectáculo mediático en lo que había ido un espacio casi sagrado no pude dejar de pensar en eso. Sin embargo, ese no era el lugar ni el momento para respuestas agresivas. Pude presentar mis objeciones sin dañar el homenaje a la solidaridad humana. Ya habrá otros momentos y lugares para manifestarse. De muchas formas.

 

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