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CLARIDADES: Venezuela

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Publicado: miércoles, 2 de agosto de 2017

A juzgar por su fecha de nacimiento, la “revolución” venezolana es un año mayor que la la Revolución cubana. No puede hacernos olvidar este hecho histórico el que la primera no lograra sobrevivir a toda suerte de enfermedades infantiles y muriera en el umbral de la adolescencia al paso que la segunda llegaba venturosamente a la edad adulta. Fue la sublevación popular del 23 de enero de 1958, al botar del poder a la dictadura perezjimenista, la que puso en marcha simultáneamente dos procesos concurrentes: la instauración de los mecanismos representativos de la democracia burguesa por una parte y por la otra, una movilización insurreccional de vocación revolucionaria y socialista. En aquel momento, el Ejército Rebelde cubano sólo se componía de un puñado de guerrilleros aislados en la Sierra Maestra, y los insurgentes de Caracas veían en ellos unos émulos simpáticos. Generosamente la joven Revolución venezolana ofreció a los cubanos su ala protectora y envió a Oriente, a fines de 1959, por mediación de la Junta militar presidida por Wolfganf Lazarrábal, un avión de armas que por otra parte el Ejercito Rebelde ya no necesitaba.

Venezuela era el refugio preferido por los exiliados del “26 de julio” y la colecta pública de solidaridad destinada a los rebeldes ascendía a un millón de bolívares al día (1 bolívar = 0.25 dólares). Todos los días a las doce de la noche se oía en Caracas la “Radio Rebelde” cubana.

Esta capacidad de simbiosis entre los dos países (es curioso que no sucede otro tanto con Colombia), data de lejos, tal vez de aquel remoto día en que Bolívar concibió el proyecto de librar a Cuba del yugo español. La semejanza de culturas, de formación nacional y racial, de temperamento y temperatura permitió siempre que un venezolano pasara en Cuba por cubano y un cubano pasara en Venezuela como venezolano. Si se quieren ejemplos ilustres, los hermanos Machado participaron en La Habana en la fundación del Partido Socialista Popular cubano y Alejo Carpentier escribió la mayor parte de su obra en Caracas. Este parentesco antiguo, que llegó hasta dar aspecto de hermanos siameses a los regímenes gemelos de Pérez Jiménez y Batista, hizo perfectamente naturales el viaje de Fidel Castro a Caracas a las pocas semanas de su entrada a La Habana, la participación común de venezolanos y cubanos en el desembarco del 14 de junio de 1959 en Santo Domingo para librar aquella nación hermana de la dictadura trujillista, el constante intercambio de correspondencias y visitas entre los dirigentes populares venezolanos-empezando por Fabricio Ojeda, expresidente de la Junta Patriótica de 1958 y tantos otros después y los dirigentes de la Revolución Cubana.

Pero esas corrientes históricas, por decirlo así paralelas iban a divergir y a evidenciar el abismo que en el fondo hacia incomparable la caída de cada una de las dos dictaduras. Como hizo una revolución de verdad, el pueblo cubano recupera su “retraso”, con creces. En Venezuela, donde la insurrección popular fue transformada en el último momento en golpe del estado, el proceso represivo de instalación de un poder “representativo” insensiblemente va ganando por la mano, en 1959, el proceso concurrente de liberación de las energías populares en sentido antiimperialista. Los dos habían comenzado su carrera juntos, como imbricados; a partir de 1960, el primero obliga al otro a ponerse a la defensiva, a ir sobreviviendo cada vez más precariamente y pronto a pasar a la clandestinidad. En Cuba sucede lo contrario, ya sabemos cómo y por qué: en esos mismos años, el poder revolucionario, fundado en la movilización del pueblo en armas, gana por la mano a la representación burguesa del gobierno, le quita la iniciativa y la obliga a una lucha clandestina exacerbada.

Este desfase acelerado de los dos cursos políticos desemboca así en la inversión de los lazos que los unen. Venezuela hubiera podido ser el primer país socialista del continente si en 1958 la dirección revolucionaria hubiera dado muestras de mayor audacia y no se hubiera dejado quitar la iniciativa histórica por Rómulo Betancourt y por la burguesá “neocolonial” que le abrió las puertas del poder.

 

Fuente: Regis Debray, La crítica de las armas, tomo II

 

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