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La abuela que no le teme a la grabadora

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Por Giancarlo Vázquez López

Publicado: jueves, 27 de diciembre de 2018

 

En Rojo

Doña Miriam, tiene 68 años, aunque de corazón, se siente de 30. Al preguntarle su edad mostró un poco de resistencia “eso no se les pregunta a ninguna dama”, me dijo antes de comenzar a hablarme brevemente sobre su vida.  Decía Seneca, –si mal no recuerdo– que la vida no es corta, sino que perdíamos mucho el tiempo. Era algo así y si no, pues... la cuestión es que doña Miriam da cuenta de eso. 

Hace aproximadamente 40 años comenzó a confeccionar dulces típicos a modo de generar ingresos para el hogar: Dulce de coco, majarete, tembleque, arroz con dulce, entre otras tantas delicias que todos deberían tener el placer de saborear. La necesidad es la madre de la invención y cuando el factor económico aprieta por un lado, la creatividad afloja por el otro. Así “de esas veces que uno no tiene trabajo se inventa cosas o aplica lo que ha aprendido con la familia, en el caso mío con mi mamá. Por tradición”, dijo doña Miriam. 

(Hago este paréntesis para resaltar que estas “cosas” a las que Miriam Cortés Vázquez se refiere en el contexto de esta historia, obras de arte comestibles que confecciona repetidas veces al año, forman parte de nuestro patrimonio cultural y no deben perderse. Menos aún “en estos días terribles” en los que la cultura se enfrenta al adverso desarrollo de un sistema que pretende imponerse sobre la idiosincrasia de los pueblos mientras se consolida a costa de ellos).

Actualmente, hace dulces típicos igualmente por placer o por generar un par de pesos, aunque la verdad es que muchas veces termina compartiendo con sus más allegados –que son muchos–. 

Pero doña Miriam no solo hace dulces típicos, también se destaca en otras áreas de las artes culinarias locales... y en el arte de la vida en general. Todo legado por su mamá. Con ella aprendió a cocinar “como se cocina en tierra adentro”, resaltó. 

Su mamá, doña Claudia, fue comadrona desde joven, tendría apenas 18 o 19 años cuando comenzó, y aunque eso nunca le llamó la atención, fueron muchas las veces que su hija le ayudó a asistir los partos.  Entonces, doña Miriam pensaba que la partería era algo muy atrevido y delicado por lo que se abstuvo de practicarlo y por eso –dice– admiró siempre a su madre. “Respetaba lo que mi mamá hacía, porque lo hacía de corazón y sin ningún tipo de interés; porque le gustaba ayudar a las personas y más a las mujeres que a duras penas se podía llegar a las casa ya fuera a pie, a caballo, cruzando el río...”

Las comadronas sabían mucho de lo que sabe un médico hoy día, dijo doña Miriam al preguntarle cuál era su opinión sobre la obstetricia antes y ahora. “Antes con las pocas herramientas y tan primitivas, por así decir, (las comadronas) traían a un niño de lo más feliz y no había tanta cesárea ni cosa que se parezca como ahora”.

Hoy día con tantas tecnologías muchas mujeres no están pariendo normal, sino que se interviene en el proceso natural y se adelanta el parto con una cesárea así porque sí, criticó. 

En un pasado no muy lejano la parturienta estaba de pie en poco tiempo. Por un período de 40 días, doña Claudia –recuerda Cortés Vázquez– iba cada tres días a atender a la madre y al bebé a pesar de las distancias. A veces, el que tenía chavos para esa época, le pagaba $5 y los otros “gracias comay, nos vemos y que Dios se lo pague”. 

Doña Miriam es mi abuela y me consta que ha hecho básicamente de todo en la vida aunque ahora no soy capaz de recoger tanto en estas líneas. Cierro el círculo con esta banal reflexión: no son los años en la Tierra como dice abuela, sino como uno se sienta; no es vivir la vida es saber administrarla y en eso ella, mi abuela, es una maestra. Gracias por el ejemplo.

En casa de los abuelos me regalaron una grabadora y no pude desaprovechar la oportunidad para estrenarla.

 

Publicado en FB y la revista regional Sierra del Otoao. 

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