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“No tinc por”, grita Cataluña

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Por Manuel de J. González

Publicado: martes, 22 de agosto de 2017


A Germà Bell, un catalán que no tiene miedo

 

"Unidos” y “juntos” son las palabras más pronunciadas por los políticos españoles durante los últimos días. En ese llamado repetido a la “unidad” se le ha unido su aliado tradicional, el clero católico. En una misa oficiada en la emblemática Iglesia de la Sagrada Familia, mirando al liderato catalán que estaba en primera, dijo el obispo de Barcelona: “la división nos corroe y nos destruye, la unidad nos hace fuertes”. Tan pronto pronunció esas palabras la cámara de la televisión oficial de España, TVE, se posó unos segundos sobre el rostro del presidente de la Generalitat catalana, Carles Puigdemont, sentado en primera fila, buscando una reacción que no llegó.

Ese llamado “unitario” es muy común, de parte de políticos y gobernantes, cuando ocurren atentados sangrientos como el que se produjo en Barcelona el pasado 17 de agosto. Pero en Cataluña el llamado ha sido más repetido por otras razones. Lo dijo varias veces el rey Felipe VI tan pronto llegó a Barcelona. Y en cuanto al presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, las palabras no han abandonado su boca desde el mismo día de los atentados. 

No hay que ser ningún experto en análisis político para saber el por qué se repite tanto esa convocatoria a la “unidad”. Es que la enorme tragedia que vivieron los catalanes los días 18 y 19 de agosto, cuando recibieron el nuevo zarpazo europeo del fanatismo religioso islámico, se produjo justamente cuando su liderato concentraba sus esfuerzos en la organización del referéndum de autodeterminación convocado para el próximo 1ro de octubre. Por eso, en medio de la conmoción que a todos nos causó la tragedia, resulta inevitable analizar la respuesta catalana sin perder de vista el proceso político en que estaba en marcha. 

A los dirigentes de Cataluña no se les escapó ni un segundo las consecuencias que el trágico suceso puede tener sobre el proceso de autodeterminación que están conduciendo. Tampoco se les escapó que el gobierno central, altamente hostil a sus planes, trataría de aprovechar el acto insensible de terrorismo islamista para descarrilar lo que ellos llaman “un intento de romper a España”. En todo momento los catalanes hicieron un evidente esfuerzo por ser “políticamente correctos” en medio de la tragedia, aceptando tranquilamente el abrazo “unitario” que le lanzaba el liderato español. De manera simultánea, también hicieron todo lo posible para actuar como un “estado en funciones”, tomando control de las investigaciones y tratando de demostrar que sus instituciones tenían la autoridad y la capacidad para atender las consecuencias de la tragedia. 

Según destacaran los medios de prensa, tan pronto ocurrió el acto de terror, las autoridades catalanas asumieron el control. La respuesta policial –ejecutada con gran eficiencia– estuvo a cargo de los Mossos d’Escuadra, que es la fuerza de policía catalana y no de la Guardia Civil española. Los catalanes también tomaron control de la situación y, de inmediato, pusieron en movimiento medidas efectivas dirigidas a atender a los heridos, socorrer y tranquilizar la población, mientras simultáneamente desataban una intensa persecución de los autores de la barbarie y sus cómplices. Con mucha nitidez proyectaron que eran un gobierno en funciones y no un mero apéndice regional del estado español. En todo momento, fue el responsable de Interior del gobierno catalán, Joaquim Forn, el que apreció al frente del operativo y no algún ministro español. 

De manera pública y directa ninguna de las partes activamente envueltas en el llamado “conflicto catalán” quiso airear los flecos de esa confrontación en medio de la tragedia, pero la lucha que ha estado enfrentando a los catalanes con el estado español siempre estuvo presente en la cadena de eventos. 

El esfuerzo del liderato de la Generalitat por mantener el control resultó evidente. En ningún momento permitieron que los de Madrid asumieran “la jurisdicción” desplazando a los locales (como sucedería en Puerto Rico con las federales). Las operaciones fueron de los Mossos, o controladas por ellos, y la información que se trasmitió a los medios siempre salió del Conseller de Interior.

En cuanto al impacto que esta tragedia tendrá sobre el proceso de autodeterminación, cuyo elemento más importante es el referéndum de independencia convocado para el 1ro de octubre, a apenas seis semanas del zarpazo terrorista, aún no se puede determinar. Independientemente del efecto tranquilizador que ha tenido la efectiva respuesta gubernamental a la tragedia, la sociedad catalana sigue conmocionada ante la magnitud de lo ocurrido. Por otro lado, las investigaciones policiales continúan, produciendo noticias impactantes cada día y, en medio de ese ambiente será muy difícil retomar la campaña hacia el referéndum de autodeterminación. 

Lo ocurrido no fue poca cosa. Las Ramblas son para Barcelona lo que Times Square es para Nueva York o el Malecón para La Habana. Lugar donde ordinario se mezcla la juventud del pueblo con cientos de turistas, espacio para el recreo y la amistad. (“Decir amigos es decir aula,/ laboratorio y bedel./ Billar y cine/ siesta en Las Ramblas/ alemanas al clavel”, cantó Joan Manuel Serrat, hace cuatro décadas.) 

Si alguien quiere derramar sangre de inocentes, La Rambla es un buen lugar. Tan bueno como el London Bridge o los Campos Elíseos de París. Al atacar un lugar tan emblemático causando, además, mucho daño, los fanáticos islamistas provocaron una conmoción que la sociedad tardará en superar. Todos los procesos políticos, incluyendo el de autodeterminación, se verán inevitablemente afectados. 

El día después de los atentados, la única frase que pronunciaban las más de cien mil personas que a la hora del mediodía llenaban la Plaza de Cataluña era “No tinc por” (“no tengo miedo”). Exhibiendo esa misma determinación la nacionalidad catalana ha sobrevivido por más de dos mil años. Aunque la violencia los obligue a pausar, con ese mismo espíritu continuarán.

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