Opinión / Siete días

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La soledad es lo contrario de la solidaridad

Gabriel García Márquez mantuvo incólume la fidelidad a sus principios y a la amistad con la Revolución Cubana.
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Por Manuel de J. González

Publicado: martes, 22 de abril de 2014

En la década de 1960, cuando trascurrían los primeros años de la Revolución Cubana, estaba de moda ser de izquierda. La mayoría de los escritores lo eran, sobre todo los latinoamericanos. Visitar Cuba y retratarse con sus líderes más carismáticos –Che, Fidel, Camilo- era parte de un libreto necesario. Casi todos lo hicieron, unos movidos por un genuino sentimiento de solidaridad y otros sencillamente montados en la ola de aquel momento.

Dos décadas después, a mediados de los años '80, el glamour revolucionario comenzó a decaer. Unos años más tarde, en 1989, se tornó problemático. Tras el derrumbe de la Unión Soviética, Cuba vivió momentos difíciles y su revolución se volvió un tema incómodo. No era el momento de viajar a la isla antillana para retratarse con sus líderes, sino el de las cartas condenatorias que alguien redactaba para que las firmaran los escritores famosos.

Muchos escritores, buenos o malos en el oficio de escribir, cayeron en el juego de la "carta abierta" contra Cuba y Fidel. Había llegado el momento en que para cualificar para algún premio importante había que hacer ondear la bandera de la "democracia" y los "derechos humanos", aunque fuera falsa.

Hubo un escritor que nunca cayó en ese juego y que, en cambio, mantuvo incólume la fidelidad a sus principios y a la amistad con la Revolución Cubana. No por casualidad se trata del mismo que había logrado retratar en sus obras la verdadera realidad de América, la que todos sentimos en el pecho: Gabriel García Márquez. Por eso su muerte, aunque esperada, ha conmovido a tanta gente. Porque su vida fue un ejemplo de constancia y solidaridad.

"La soledad, para mí, es lo contrario de la solidaridad", dijo en 1982 y como siempre fue solidario, el principal cronista de la soledad nunca estuvo solo.

Hace seis años, al difundirse la noticia de que una excautiva colombiana había procreado un hijo tras una relación consentida con un guerrillero de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), escribí un relato que busca dramatizar la estrecha vinculación que existe entre la obra de García Márquez y la realidad latinoamericana. Lo titulé "El hijo de Clara Rojas debió llamarse Aureliano". En homenaje a su memoria me tomo la libertad de reproducirlo.

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 “En el cuartito apartado, donde nunca llegó el viento árido, ni el polvo ni el calor, ambos recordaban la visión atávica de un anciano con sombrero de alas de cuervo que hablaba del mundo a espaldas de la ventana, muchos años antes de que ellos nacieran. Ambos descubrieron al mismo tiempo que allí siempre era marzo y siempre era lunes... . Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

La cita que encabeza este artículo nos lleva a Macondo, un pueblo de Nuestra América Latina que pudiera estar en cualquier parte del Caribe, ya fuere en tierra firme o en alguna de las islas del archipiélago antillano. Realmente importa poco la ubicación exacta porque lo que allí transcurre pudiera repetirse en cualquier lugar y en cualquier momento. De hecho, no tenemos más que mirar las noticias de cualquier año para encontrar las historias repetidas.

En aquel Macondo mítico, según nos narra quien mejor lo conocía, Úrsula Iguarán, el tiempo daba “vueltas en redondo” y siempre volvía “al principio”, negándose a transcurrir. La máquina del tiempo, decía José Arcadio, el esposo de Úrsula, también “sufría tropiezos y accidentes, y podía por tanto astillarse y dejar en un cuarto una fracción eternizada”. Por eso en la habitación donde se guardaban los pergaminos del sabio Melquíades siempre era marzo y siempre era lunes. Ni siquiera el aire cambiaba. Se repetía.

Los latinoamericanos estamos, según el autor de aquel cuento, condenados a repetirnos y si queremos confirmar que la condena sigue vigente, sólo debemos mirar las páginas de cualquier periódico de este mes de enero de 2008 para encontrar, sin asombro, las mismas historias. Como en el cuarto de los pergaminos, en Nuestra América sigue siendo lunes.

Cambian los nombres pero no los hechos. El coronel Aureliano Buendía peleó 32 guerras y las perdió todas. Hoy, más de un siglo después de que aquel mítico coronel peleara y amara, perdiendo batallas mientras simultáneamente engendraba a otros 17 Aurelianos, en la mismísima Colombia de aquel primer Macondo, se pelea otra guerra donde todo el mundo pierde y donde los guerreros, en la misma hamaca selvática convertida en lecho de amor, siguen engendrando hijos. Sólo se les cambia el nombre. Ahora, en lugar de Aureliano, el hijo del guerrero se llama Emmanuel.

Nunca conocimos a las 17 madres de los 17 Aurelianos procreados por el coronel Buendía durante sus campañas militares. Pero en el nuevo caso, el del niño engendrado por el guerrero de las FARC, sabemos que se llama Clara Rojas, exprisionera, y quien de inmediato advierte que su hijo fue el producto de un acto de amor.

Todos los 17 Aurelianos engendrados por el coronel Buendía también fueron hijos de un amor consentido, pero no por eso menos triste. Siempre fue un amor de paso, con la eterna presencia de las urgencias de la guerra y con la prisa del deseo acumulado. Así debió ser el amor que trajo al mundo este nuevo Aureliano llamado Emmanuel. De hecho, todavía no sabemos el nombre del guerrero que lo engendró y tal vez nunca se sepa, a menos que algún novelista como García Márquez logre averiguarlo.

La América nuestra se repite. El coronel Aureliano Buendía sobrevivió 73 emboscadas en las 32 guerras que promovió. ¿Cuántas habrá enfrentado y sobrevivido el comandante Manuel Marulanda en esa misma Colombia macondiana? Marulanda (apodo guerrero que también suena a ficción) lleva más de 40 años guerreando y siempre que se le considera aniquilado, reaparece. No creo que el coronel Buendía estuviera guerreando por tanto tiempo, pero la historia es la misma.

Del escritor que nos contó la historia de los Aurelianos dicen que escribe ficción adornada de algo que llaman “realismo mágico”, pero no es verdad. Tan sólo expresa de manera poética la dura realidad de nuestros pueblos. Veamos otro ejemplo. En el Macondo de la novela, la compañía bananera, con ayuda de los militares, mató a tres mil obreros en huelga y luego ocultó la historia. Los cuerpos desaparecieron, lanzados al mar, y el evento nunca se contó en los libros de historia. Décadas después, sólo los descendientes de los Buendía insistían en recordar el hecho y con la muerte del último de la estirpe, Aureliano Babilonia, se perdió para siempre la memoria de la matanza bananera.

Lo mismo ocurrió con la matanza de estudiantes en la plaza de Tlatelolco, en México, el 2 de octubre de 1968, apenas un año después de publicarse Cien años de soledad. Se sabe que los militares mataron a más de 300 estudiantes, pero la historia oficial se queda en 40. Los cuerpos desaparecieron y sólo recientemente se empieza a conocer la verdad que se oculta. En la historia de América hemos tenido cientos, tal vez miles, de matanzas como la de Macondo y como la de Tlatelolco que se quedan perdidas en el mismo tiempo estático del cuarto donde reposaban los pergaminos de Melquíades. ¿Cuántas matanzas de indígenas desataron los militares guatemaltecos en pleno Siglo XX? Fueron muchas, pero de la mayoría de ellas no quedó ni siquiera la versión recortada que el gobierno mexicano inventó para Tlatelolco. Una sobreviviente de las matanzas guatemaltecas, Rigoberta Menchú, insiste en recordarlas, pero como les sucedía a los Buendía, muchos no le creen.

El tiempo sigue dando vueltas en redondo, como decía Úrsula, y es por eso que ahora, en pleno Siglo XXI, en la misma Colombia donde una vez existió Macondo, aparece un niño nacido en la selva, hijo de un guerrero y de una cautiva, que llaman Emmanuel y que, para ser fieles a la memoria histórica, debió llamarse Aureliano.

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