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Museo de la resistencia

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Por Ana Teresa Pérez Leroux

Publicado: martes, 14 de febrero de 2017

El museo de la resistencia fue establecido por un esfuerzo común entre varias fundaciones dominicanas, entre otras la Fundación Hermanas Mirabal, Fundación 14 de Junio, Fundación Manolo Tavares, y otros. Su misión es proporcionar un lugar donde se retenga la historia no oficial, la historia de la resistencia política en la República Dominicana en el XX. Allí se documentan actos de resistencia ocurridos durante la larga dictadura trujillista, enmarcada por dos ocupaciones americanas (1916-24, y 1965), y seguida los primeros doce años de Balaguer. La misión del museo es documental y educativa. Reciben centenares de niños en edad escolar al mes. Nos congregamos allí el 24 de enero, con motivo de una ceremonia de develamiento de una placa memorial a nombre de mi papá, quien falleció en el 2012, por sus acciones durante la dictadura y su participación en el movimiento 14 de Junio. El evento consistió en un tour del museo, la instalación de la placa por las manos un poco temblorosas de mi madre, y unas pequeñas palabras ofrecidas por mí primero, y seguido por la licenciada Meche Sabater de Macarrulla. Doña Meche es maestra y funcionaria universitaria retirada, hija de refugiados españoles de la guerra civil, acogidos por Trujillo como parte de un esfuerzo de blanqueamiento del país. Y en sus propias palabras “Fui gran amiga de Amiro.” Se dirigió a la generación más joven, y lo que les dijo resume la misión del museo: “escuchen lo que ha sucedido, y participen en la vida del país, para que estas cosas no sucedan de nuevo.” Para mi esa noche fue un hermoso momento de intimidad familiar, y de recuerdos. No el tipo de cosa que normalmente a uno se le ocurriría compartir con el público. Excepto por algo que escuché al final de la noche: Que le han hecho cinco ataques digitales a la página de la red, el primero un mes antes de su inauguración, reemplazando los textos con contenidos de la propaganda trujillista. Hoy fui a la página a consultar, y vi que estaba de nuevo tomada por otro ciberataque. La descripción de Wikipedia (https://es.wikipedia.org/wiki/Museo_Memorial_de_la_Resistencia_Dominicana_), sin embargo, sigue en pie. Esa noche oí también otra cosa, que me impulsa a publicar esto, y a invitarlos a que visiten el museo cuando vayan a República Dominicana. Escuché, con mis propios oídos, que las funcionarias del museo reciben amenazas directas, todavía hoy, por hablar de cosas que ocurrieron hace más de medio siglo. Por eso es oportuno, en un día como hoy, en que se twitterea sobre mujeres valientes (#shewaswarned, #shepersisted) compartir con ustedes lo que leí esa noche.

 

“Buenas noches a todos.  Oficiales del museo, queridos amigos y familia. Tia Meche. Tio Huberto. Mamá.

Tengo en la computadora una foto de Anny y Amiro, tomada posiblemente en el 1958.   Ella está mirando a la cámara y él la mira a ella. Los dos están tan hermosos, Mamá, bella entonces, más bella aún hoy, porque sus ojos han visto muchas cosas.  Dos ideas atraen poderosamente la atención:  Una, que resulta increíble concebir, desde ese recuadro frente al mar, que en un par de años serían participantes y testigos de los horrores que documenta este museo. La mente no logra dar el salto desde la playa, hasta la fila de esposas y madres en el patio de La Victoria, esperando poder tener noticias de sus presos y desaparecidos. La otra cosa es que son tan jóvenes, tan imposiblemente jóvenes.  

En casa crecimos con los nombres y las historias que este museo conserva tan amorosamente, con tanto respeto. En mi primera visita, lo que más me impresionó no fueron los terribles recuentos, ni la silla eléctrica, sino la foto de los panfleteros, un grupo de Santiago que Papá no mencionaba sin dejar de expresar admiración por su valentía, y lamentar su suerte. “Los mataron a todos, solo por imprimir panfletos.” Lo que a mí me impresionó de la foto de los panfleteros es que eran unos muchachos. No los gigantes de los molinos de don Quijote que me imaginé.  Ni siquiera hombres hechos. Eran muchachos, puros muchachos.

En un año como éste, es bueno que estemos reunidos aquí. Es decir, en un año en el que tantos pueblos del mundo parecen olvidar que el fascismo enmascara, con falsa apariencia de orden, profundas patologías. En un año en que varias naciones del mundo han ido apuntalando unos que se dicen hombres fuertes, autonombrados benefactores, que en realidad no son ni lo uno, ni lo otro. En un año así, es bueno estar reunidos aquí, recordando a estos hombres y mujeres que tomaron tan duro camino y pagaron tales precios en un esfuerzo por devolver la dignidad y el decoro a esta tierra. En ninguna Biblia está escrito que el camino del bien es fácil, y que por tomarlo te van salir elogios y recompensas. Uno se pregunta cada uno de esos héroes sabía, al principio de su camino, las cosas horribles que les vendrían. Y que si en los momentos más oscuros anticiparon que sus actos, que en el momento parecerían vanos, serían el germen de otra sociedad, todavía imperfecta pero mejor. Y que en un año inconcebiblemente futuro, nos reuniríamos en una hermosa casa colonial en la Calle Arzobispo Nouel, a honrar su memoria.

La historia de papá es simple. Dijo que supo desde joven que la dictadura estaba mal, que en la escuela, leyendo el poema Ololoi de Deligne, se dio cuenta que de nuevo vivíamos otro momento donde había un alguno que era dueño de todo y de todos. Ya médico y casado, se involucró con un grupo que planeaba un atentado.  Fue delatado, no por un miembro del grupo, sino una persona con problemas de salud mental que se imaginó o intuyó que existía un complot, pero que no podía haberlo sabido.  Pasó dos años, entre La Victoria y La Cuarenta, al principio desaparecido y luego preso, a veces torturado, a veces indultado, hasta que cayó el tirano, y el sistema comenzó a desmantelarse.  Salió de la cárcel a criar dos hijos y a procrear dos más, y sobrevivió la violenta década que siguió a la dictadura. Fue médico, maestro, dos veces secretario de salud.  Durmió bien sus noches, no el sueño sobresaltado del torturado y traumatizado, sino el sueño del hombre que tiene la conciencia tranquila con sus decisiones.  No fue seducido ni por el odio ni por el deseo de venganza.  “¿Ni al que te delató?”, le pregunté una vez.  “No, ese pobre hombre estaba mal de la cabeza.” “¿Ni a los que te torturaron?” “No, tampoco. Solo obedecían órdenes. Sí había uno que era malo de verdad. Pero los que cuentan son los que dan órdenes. Lo que hay que hacer es cambiar las cosas, para que no puedan seguir haciendo desgracias esos desgraciados.” Lo que sí Amiro nunca olvidó fue el apoyo valiente y generoso brindado a él y a su familia, por otros seres valientes, en actos que en alguna que otra ocasión le salvaron el pellejo. Hay nombres que mencionar: José Denzil Mera, Don Badín Garrido, Queco y Venezia Rainieri, Marona Vilatuba, Monserrat Bros, César Bordas; y otros.

Amiro fue una persona completamente política a quien no le gustaban los partidos políticos. Uno de sus orgullos era que el único partido en que se había apuntado era el del Movimiento 14 de Junio. Tampoco le gustaban los honores; le horrorizó que le otorgaran la orden del Caballero de Colón, y decía, medio de chiste, que Colón le traería mala suerte. Sin embargo, me atrevo a pensar que habría hecho una excepción para esta placa memorial. Pienso que le habría alegrado volver a ser vecino de Manolo, Minerva, con quienes coincidió en La Victoria, y de estar cerca de los panfleteros. Pienso que le habría agradado saber que, a pesar de todos los esfuerzos del tirano y sus esbirros, estemos juntos en una noche como la de hoy, en un lugar como este.  Habría apreciado la perfecta ironía de que quizás los mismos atropellos, destinados a borrar la resistencia en acto, palabra o pensamiento, hayan sido semilla y primer motor de una larga cadena de sucesos y consecuencias que trajo estos nombres que aquí vemos en estas placas, desde los inmundos calabozos, hasta este digno monumento a la memoria.

Gracias de nuevo por acompañarnos hoy.”

 

Palabras dichas en ocasión de la develación de una placa del padre de la autora en Santo Domingo, 24 enero 2017.

 

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