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Carta abierta a la amada sobre la universidad, la termodinámica y otras argucias.

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Por Rafah Acevedo

Publicado: miércoles, 5 de abril de 2017

Otra vez la universidad cerrada. Y la queremos abierta. Entonces los portones se convierten en espacios privilegiados, en fronteras, en demarcación de un adentro y un afuera. El campus se transforma en una suerte de beatus ille para algunos o en un campo de batalla para otros. Siempre (aquí exagerando la nota), siempre, es el lugar en el que se debaten las ideas.

¿Qué se cierra? ¿Qué se abre? ¿Qué estalla ante nuestros ojos? El estallido constante es el de cocteles de políticas socioeconómicas con las que se ha pretendido armar nuestra sociedad desde hace ya una década. Bien, desde antes, pero permíteme fraccionar un poco el tiempo. Lo cierto es que hoy, en el presente, la universidad pública se va destruyendo ante nuestros ojos. Puede llamarse eso la universidad realmente existente o el-momento-en-el-que-queremos-defender-la-universidad-que-queremos. Quizás haya una palabra en alemán para nombrar eso. Concédame, lectora mía, esa salchicha de palabras que quieren ser un concepto.

La universidad que se cierra ante nuestros ojos es la que crece y se desarrolla ante la aspiración a mantener lo público, la inversión del estado en la apuesta al crecimiento económico. #todoseramosKeynesianos. Ese modelo se derrumba en un largo proceso que ahora se acelera hacia la mercantilización y la privatización como ideologías presentadas como si fueran parte de la naturaleza. Eso supone un ataque políitico al concepto de lo público.

La universidad que se pretende abrir, entonces, es esa en la que se cierran programas académicos o departamentos en los que se enseñe literatura inglesa o norteamericana. ¿A quién puede interesarle comprar un soneto de Shakespeare? ¿Para qué leer a William Carlos Williams? Es la universidad que abre colocando en moratoria al departamento de música. Porque la universidad pública, la que se cierra, daría paso a una institución que produzca elementos rentables de acumulación y ganancia económica, la que se abre. No se trata de mero prejuicio contra las bellas artes, la literatura o la música. Es que el filtro que limpia a las instituciones privadas de esas manchas o metales pesados (Black Sabbath) es la rentabilidad económica. ¿Qué dinámicas financieras se arman con Whitman o Bach? ¿Se puede contabilizar de manera inmediata lo que producen? ¿Cómo se insertan en una estrategia mercantil?

Lo público, esa aspiración a una redistribución más equitativa de los recursos espaciales, culturales y económicos parecería una enfermedad mortal. Y es la elite que ocupa esos mismos puestos en los que debería defenderse aquella aspiración de invertir para que haya mayor acceso a la educación, es esa elite, digo, la que desde la zona de confort de lo público da entrada a la más violenta ideología privatizadora. Eso sin reaccionar de otro modo que no sea poniéndose del lado del mercado sagrado con argumentos de eficiencia (porque el mercado es como el Papa, infalible). 

Sin embargo, ¿esa privatización de todas las cosas que se muevan, incluyendo las ideas, no se enmarca en un aprovechamiento de los recursos públicos para derivar ganancias que no serían posibles sin eso que más bien parece botín? ¿Qué es Plaza Universitaria? ¿Quién gana y quien pierde en ese negocio? Es solo un ejemplo. 

¿Qué se abre en la universidad abierta, redundo redondamente, en esta coyuntura en la que Puerto Rico es gobernado por la exministro de finanzas de Ucrania? ¿Una institución que ‘produce” personal altamente cualificado para entrar a un mercado en el que las reformas laborales crean las condiciones para la precarización de trabajadores y trabajadoras? ¿Qué se cierra en la universidad cerrada (perdóname otra vez)? ¿Tenemos que cerrarnos a ese ataque o abrirnos a la realidad realmente existente del neoliberalismo en su versión de dictadura bochornosa? No tengo las respuestas, corazón.

La universidad debe estar relacionada al mercado como una de esas esferas que componen la sociedad. Pero cuando el mercado, como cosa única, dicta y ordena desaparece la oportunidad de crear procesos transparentes, confiables, dinámicos y no subordinados con ese mercado. Eso sería como proponer una universidad estructurada de manera más democrática, autónoma, con modelos propios para su desarrollo e inserción en la sociedad. 

Entonces, no puedo dejar de decirte, querida lectora, que cada vez que escucho eso de universidad cerrada o abierta pienso en la termodinámica. El sistema abierto (¿once recintos, una UPR?) puede intercambiar materia y energía con el exterior. ¿Ese intercambio tal como están las cosas hoy, es valioso? Por otro lado, el sistema cerrado (¿el cierre de programas académicos, regionalización?) no puede intercambiar materia con el exterior. Pero, cerrar los portones para exigir otra universidad, otro intercambio, dentro de ella y con la sociedad, permite el intercambio de energía. Y quizás, y en esto solo soy un soñador como un Beatle de pelo largo, aprendamos a resistir las imposiciones duras de la dictadura. Sé, porque me lo has dicho, que muy pocas personas piensan que Puerto Rico está hoy gobernado como una dictadura. Lo sé. Sin embargo, por algo se empieza. Vamos a repetirlo. Tú y yo. Eso nos hace más libres. 

 

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