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Cuaderno de la espera

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Por Eduardo Lalo

Publicado: miércoles, 14 de marzo de 2018

Desde hace décadas llevo conmigo una mochila o una bolsa de hombro. En ambas hay siempre dos objetos: una libreta y una pluma. Son mi instrumento y la mochila equivale a su estuche. Con los años, habré llenado un número considerable e indeterminado de cuadernos, que yacen desordenados por las esquinas de mi estudio. En ellos está la materia prima para todo lo que escribo. 

Estoy a punto de terminar la libreta que inauguré a fines de octubre del año pasado. En estos días releí sus primeras páginas. En ellas anoté lo que veía a cinco o seis semanas del huracán María. Olvidamos rápidamente y el gobierno desea que lo hagamos completamente, pero la memoria es una forma de ética. He aquí lo que escribí entonces:

 

Acabo de presentar en Austin la traducción al inglés de La inutilidad, que es una novela sobre el regreso al país natal. A mes y medio del huracán María, vuelvo a un país al que prácticamente nadie regresa: un país del que sólo se parte. Mi novela resultaría hoy ininteligible. 

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Al atardecer una camioneta pasa por la calle. El conductor va gritando “¡Diésel! ¡Diésel!” La camioneta no tiene ninguna identificación comercial. Hoy se cumplieron dos meses sin electricidad.

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“Dondequiera que la esclavitud existió en el mundo, crea almas del mismo tipo”. Vassili Grossman, Todo fluye

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La pobreza que surge de un país que parece estar completamente detenido.

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Las mentiras de los políticos; las mentiras de las emisoras de radio. Un reino de la desinformación y la desfiguración de lo real. Mientras tanto, muchos se acostumbran a un padecimiento cotidiano.

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Esta noche regresa a mi mente una y otra vez el título de una novela puertorriqueña que no he leído de principios de siglo XX: El estercolero. Una metáfora que repito sin tregua en la conjunción del cansancio y el calor.

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Zombis en un supermercado de góndolas semivacías, impidiendo el paso con sus carritos de compra, envueltos en un silencio que nunca había experimentado en un supermercado. Quizá ya no se soporta el calor ni los mosquitos, quizá se está cansado luego de dos meses de incomodidades. Quizá lentamente, sin que quieran reconocerlo, ha estado apareciendo su verdadero retrato en los espejos. La miseria comienza a percibirse como propia.

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En WAPA Radio hay un oyente llama a la emisora y se hace pasar por español. Constantemente repite “como dicen en España” y lo que dice no es una expresión española ni tampoco lo dice con un acento peninsular.

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En la radio un grupo de analistas aficionados de política internacional defienden al presidente Trump y al gobierno de Puerto Rico que ha enfrentado la crisis de María. Sus palabras serían nulas si no sirvieran para justificar las mentiras y las manipulaciones.

Los analistas no paran de referirse al “socialismo” estadounidense y puertorriqueño. Cualquiera que no sea como ellos parece ser “socialista”.

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El olor de la orina de los perros.

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Mi letra es la de un hombre que ha destruido la punta de sus plumas y ha sobrevivido. Este final sobre el papel, al borde de la ininteligibilidad es el que me pertenece.

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En los días inmediatos al huracán María, el gobernador Rosselló no se dio cuenta que inventó un neologismo: repetía constantemente que había regiones del país que estaban “descomunicadas”. En otras palabras, que su gobierno se encontraba “descomunicado”. Con las semanas de limbo, el neologismo se convirtió en un lapsus lingue. Era él el descomunicado. Su error linguístico se convirtió en precisión de época.

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Un comentarista dice en la radio que la situación respecto a la falta de electricidad le ha causado “desasocidio” y a continuación comienza a elogiar al gobierno que le causa esa emoción.

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911 cremaciones en menos de un mes.

Acuérdense de nosotros”, dice una anciana que llena botellones con agua de un arroyo minúsculo.

El enorme árbol “desaparecido” frente a la casa del rector en la Universidad. Sus raíces eran enormes y parecían un nido de culebras. Queda la huella, el área amplia de tierra suelta, que denota su “presencia”. El huracán nos conduce a una poética de los restos. Los restos del paisaje y los restos de la memoria hacen que en cualquier parcela de realidad, convivan dos imágenes: la de lo que fue y la de lo que queda. El testigo, por tanto, ése que vio lo de antes, habita una posición de fragilidad extrema. Nada material sustenta su recuerdo. Él mismo, su propio cuerpo, transporta y hace perdurar el contenido ético de la memoria. Ante él o ante ella, el poder aprovechará la oportunidad que le ofrecerá la desmemoria, que crecerá sin medida. Muchos no extrañarán al árbol, simplemente porque no lo vieron y no lo recuerdan, porque no saben lo que era tenerlo ante sí durante décadas.

Quedamos a la espera de la espera de lo que desespera: electricidad, buena comida, sensatez, responsabilidad, futuro. A la espera de la espera, en una ciénaga de mentiras. A la espera de la espera, luego de tantas desapariciones. Con los chacales de la amnesia esperando el momento en que vendrán por nosotros.

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