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Del Comisionado Brumbaugh a la Comisionada Keleher

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Por Manuel de J. González

Publicado: miércoles, 14 de marzo de 2018

Quienes conocen un poco de nuestra historia recordarán que desde principios del siglo XX la persona a cargo del sistema de instrucción pública tenía el título de “Comisionado de Educación”. Aquellos señores (obviamente todos fueron varones) venían de Estados Unidos, hablaban en inglés y creían tener la “misión” de educar a los puertorriqueños. ¿Alguna diferencia con lo que ocurre ahora en el Departamento de Educación? Bueno, realmente una, que la persona de ahora es mujer. En todo lo demás la actual Julia Keleher nos recuerda a los comisionados que comenzaron a llegar en 1900. 

Fue la Ley Foraker de 1900, el primer estatuto colonial impuesto por Estados Unidos a los puertorriqueños, la que creó el cargo de “Comisionado de Educación”. Como se trataba de un puesto políticamente muy importante, la ley dispuso que la selección de la persona a ocuparlo correspondía al presidente estadounidense, al mismo nivel que el gobernador colonial. Tanto el cargo junto con el requerimiento de nombramiento presidencial se mantuvieron en la Ley Jones de 1917, la que sustituyó la Foraker. 

La importancia del funcionario estaba directamente unida a la política oficial dirigida a “americanizar” a los puertorriqueños y el sistema educativo a ser creado y administrado por aquel delegado presidencial era (y es) una institución clave en ese esfuerzo. De ahí que se aseguraran el control directo vía la designación presidencial. 

Aquella política quedó muy clara en las primeras acciones del gobierno militar que se instauró tras la invasión de 1898. “Si el sistema escolar público se deja en manos negligentes e ineficientes”, dijo en 1899 Victor Clark, funcionario del gobierno militar a cargo de estudiar el sistema educativo, “el despertar del pueblo quedará aplazado indefinidamente. Si se permite que el sistema siga siendo europeo, es posible que el desarrollo del sistema escolar pueda inducir a la disminución de las simpatías fundamentales hacia el gobierno del cual forman parte… La gran masa de puertorriqueños es todavía pasiva y maleable… Sus ideales están en nuestras manos para crearlos y moldearlos.”

El primero de los comisionados enviados a Puerto Rico con la tarea de “moldearnos” fue Martin G. Brumbaugh, quien llegó a la Isla en el mismo 1900 y estuvo hasta 1902. La lista de los que le siguieron es larga – Lindsay, Falkner, Dexter, Bainter, Miller – hasta que en 1929 quisieron nombrar un puertorriqueño con más pretensiones integradoras que las de los propios gringos: Juan B. Huyke. A Huyke le siguieron otros dos con nombre latino pero también enviados desde allá: Padín y Gallardo. Todos hicieron lo indecible por adelantar la política oficial dirigida a “americanizarnos” y todos fracasaron. Por más de cuarenta años estuvo vigente el decreto que designaba el inglés como vehículo de enseñanza, elemento fundamental de la política oficial, pero nunca logró su objetivo. A fin de cuentas, ya casi a mediados del siglo, le tocó a un puertorriqueño, Mariano Villaronga, emitir la carta circular que reconocía el castellano como vehículo instruccional y que, de paso, certificaba el fracaso de la política asimiladora. 

Aunque los comisionados fracasaron y, tras más de casi cinco décadas, el idioma y la identidad de los puertorriqueños terminaron imponiéndose, realmente la política oficial dirigida a integrarnos a Estados Unidos nunca ha sido abandonada. Cuando al mando de la colonia está un partido político abiertamente anexionista, los esfuerzos se intensifican. El actual, el de Ricardo Rosselló Nevárez, ha querido imitar a aquellos de principios del siglo XX y en lugar de nombrar a un puertorriqueño para dirigir el Departamento de Educación, fue hasta a buscar una al continente del norte. Así es como Julia Keleher siguió los pasos que en 1900 comenzó a andar Martin Brumbaugh. 

Curiosamente, tanto Keleher como Braumbaugh son nativos de Pennsylvania y, con una distancia de 116 años, vienen a tratar de adelantar la misma política aunque, a decir verdad, hay algunas diferencias entre uno y otra. Cuando Brumbaugh llegó Puerto Rico tenía un sistema educativo rudimentario, mientras Julia encuentra una estructura enorme que, aunque menguada en la última década, acoge a más de 300 mil alumnos. Hay, además, otra diferencia aún más importante. En 1900 Brumbaugh se impuso a sí mismo la tarea de construir un sistema partiendo del que había, que era pequeño. Julia, por su parte, llega con la misión de destruir el que ya tenemos para montar otro que ni ella misma conoce. Las escuelas tradicionales serán sustituidas por otras llamadas “charter”, que sólo parece gustarles a los que ya se afilan los colmillos pensando guisar del presupuesto público. 

Repasando escritos y declaraciones de aquel Brumbaugh encontramos similitudes importantes con la actual comisionada Keleher: ambos desconfían de los puertorriqueños que deben dirigir, los minimizan y, sacando a flote la arrogancia imperial, no soportan la disidencia. En 1901 decía Brumbaugh: “Me veo obligado a observar lo que a mi entender es una desgraciada falta de espíritu profesional por parte de algunos de los profesores… como no pueden controlar, desacreditan. Recurren a prejuicios políticos en lugar de atender sus obligaciones, y cuando se les presenta la menor ocasión se dirigen al pueblo con artículos extravagantes. “

Julia actúa con la misma arrogancia de Brumbaugh y manifiesta el mismo desprecio hacia los empleados de su Departamento. Cuando en alguna actividad pública alguien se atreve a levantar alguna crítica a sus gestiones, la actual comisionada se levanta, tira sus cosas y se va. Además, igual que Brumbaugh con los maestros, Keleher cree que los trabajadores sociales que le ha tocado dirigir no tienen “liderato” ni capacidad “gerencial”. 

Hay, sin embargo, una gran diferencia. Hasta donde se sabe Brumbaugh no era un derrochador de fondos públicos ni gestionaba contratos extravagantes para pequeños propósitos como el que Keleher acaba de firmar con el Josephson Institute of Ethics por $16.9 millones. Es cierto, debe admitirse, que esa empresa viene a enseñarnos “valores” para que algún día seamos capaces de formar parte de aquella nación y tal vez eso justifique el gasto. Allá, como sabemos, sobran los valores y por eso eligieron a alguien tan virtuoso como Donald Trump. 

Citas tomadas de: La americanización en Puerto Rico y el sistema de instrucción pública de Aida Negrón de Montilla.

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