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El cocodrilo llorón (cuento de autoayuda para niños y niñas)

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Por Kalman Barsy

Publicado: miércoles, 19 de septiembre de 2018

Había una vez un cocodrilo llamado Coco que se pasaba los días llorando porque era feo. Le había tocado nacer con una horrorosa piel de escamas y un largo hocico lleno de dientes torcidos. ¡Espantoso! Además, tenía muy mal aliento. Los demás animales huían despavoridos al verlo, llenos de miedo y repugnancia. Pero lo que nadie sabía era que, en el interior de aquel horrendo caparazón de escamas, vivía un ser hermoso y sensible que sufría. Nadie lo conocía de verdad porque todos se dejaban llevar por su feo aspecto y el olor a podrido que le salía de la boca. Cuando lo veían llorar de sentimiento a la orilla del río, los animales de la selva ni siquiera tomaban en serio su tristeza. Al contrario, se burlaban diciendo:

–¡Bah! Son lágrimas de cocodrilo.– ¡Como si las lágrimas del pobre Coco no valieran nada!

Así vivía el cocodrilo Coco, llorando y penando en soledad, a la orilla de un gran río en el África ecuatorial.

Pero sucedió un día que, a la hora de la siesta, cuando Coco estaba medio sumergido en el fango de la orilla, llegaron hasta sus oídos unos desesperados gritos en falsete rajando el silencio de la tarde:

–¡Socorro! ¡Auxilio! 

Parecía la voz de una señorita en apuros, pero como después no oyó nada más pensó que a lo mejor se lo habría imaginado, y Coco volvió a sumergirse en el fango de sus tristes pensamientos.

–¡Socorro! ¡Ayúdenme que me quemo! 

Esta vez sí se oyó clarito. ¡Era la señorita Mariposa que pedía ayuda con desesperación! Nuestro cocodrilo recorrió con la mirada la resplandeciente superficie del gran río que atravesaba la selva como una culebra en dirección al mar pero, cegado por el brillo del sol, no logró descubrir a la angustiada damisela.

–¡Socorro! ¡Ayuda! –volvió a suplicar, ya desfalleciente, la señorita Mariposa.

Al oírla por tercera vez, Coco se lanzó de barriga al agua y empezó a nadar hacia donde provenían los gritos. Entonces la vio, revoloteando locamente sobre la superficie del agua, con sus alas incendiadas por la fuerza del sol de las dos de la tarde.

Estas cosas le pasaban a la mariposa por ser tan coqueta y vanidosa. Todo el día se la pasaba ella admirando la belleza de sus alas de colores en el reflejo del agua quieta de las charcas, y era tan engreída que se pensaba la criatura más hermosa de la Creación. Como se creía tan y tan fabulosa, ningún espejo le parecía suficientemente bueno. La charca no, porque era muy sucia. El mangle no, porque había sapos. El manantial no, porque era demasiado pequeño para el esplendor de sus alas desplegadas… Así fue que, buscando un espejo a la medida de su hermosura, un día descubrió la brillante superficie del gran río, resplandeciente bajo el fuego del sol de África a la hora de la siesta.

–¡Al fin! –se dijo la señorita Mariposa--. ¡Este sí es el espejo que me merezco, para verme como yo soy, en toda mi hermosura!

Sin pensarlo dos veces se lanzó a revolotear sobre aquella inmensa superficie de agua en movimiento. Pero, ¡ay!, cuanto más lejos volaba más se alejaba aquel espejo de fantasía. Lo único que reflejaba el gran río a esa hora del día eran los terribles rayos del sol allá en el cielo.

Y fue así como como la señorita Mariposa recibió el castigo por su ciega vanidad. Al cometer la imprudencia de volar sobre el río a la hora de más calor, se le incendiaron sus hermosas alas de colores.

–¡Socorro! ¡Auxilio, que me quemo!

Al verla en tan gran peligro, al verla tan hermosa y en apuros, al cocodrilo Coco se le estrujó el corazón y dos gruesas lágrimas le brotaron de los ojos. Aquellos gordísimos goterones corrieron por las escamas de su cabeza, bajaron por su trompa, resbalaron hasta la punta de su horrible hocico de dragón y, empujados por la brisa…PFFFFSSS, ¡cayeron sobre las alas de la mariposita en apuros apagando el fuego!

–¡Ooooh! –exclamó Coco, sorprendido. 

Y fue tan grande su asombro por el inesperado efecto de sus lagrimones que se quedó un rato con su enorme boca de monstruo prehistórico abierta de par en par. La señorita Mariposa, toda histérica y chamuscada, aprovechó aquel inesperado refugio y se metió volando. Venciendo el asco y tapándose la nariz, pasó por entre los horribles dientes disparejos con olor a zafacón y se internó por las tragaderas para escapar de los rayos incendiarios del sol. Después de aletear un rato, cuando poco a poco sus ojos se fueron acostumbrando a la penumbra, vio un lago que brillaba lo más profundo de las entrañas del cocodrilo. Su serena superficie parecía un perfecto espejo de plata líquida. Al volarle por encima la mariposita no quiso mirarse, por no ver el desastre de sus bellas alas ahora chamuscadas. Pero pudo más la curiosidad. Cuando abrió los ojos, esperando lo peor, ¡cuál no sería su sorpresa! En lugar de verse horrible, toda destostuzada y quemada, se veía normal. Es cierto que tampoco era la superfabulosa reina de belleza que a ella le gustaba imaginarse, pero por primera vez se veía como era de verdad, y estaba hermosa.

Por fin, después de tanto buscar en vano, aquella Miss Modelaje y Refinamiento del reino animal había encontrado su espejo en el lugar más inesperado. Porque “la vida nos da sorpresas” y aquel lago escondido reflejaba su verdadera belleza, que es la que cada uno lleva dentro de sí.

De paso –y para enseñarnos que las apariencias engañan-- nuestra mariposita había descubierto también la belleza secreta del pobre Coco. A partir de aquel día memorable las mariposas y los cocodrilos son muy buenos amigos. Lo vemos por la televisión, en los documentales sobre el África Ecuatorial: los enormes cocodrilos con las bocazas abiertas y muchas, muchísimas, mariposas revoloteando en su interior.

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