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La voz en la selva*

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Publicado: martes, 4 de septiembre de 2018

Alfredo Lozada Estrella

 

Charlie estaba en la selva. Vietnam. Era el año 1969. Él hubiese preferido estar en un juego en el Shea Stadium. Ese día en el lejano país llovía. Llovía. Escampaba. Llovía. Escampaba. Estaba allí porque era obligatorio. Obligatorio para un tipo como Charlie. Nacido en el Bronx de padres puertorriqueños.

Cuando la lluvia se terminaba escuchaba aquella voz que le pedía, en inglés y en español, que desertara. Que no fuera enemigo del pueblo vietnamita. Que desertara. Que no fuera enemigo de los pueblos colonizados. Que desertara. En Inglés y en español. Por horas, en cuclillas, acostado en el suelo, boca abajo, mirando las estrellas, Arrastrando un cadáver de alguien con quien compartía un cigarrillo quince minutos antes, viendo el amanecer, unas dos tres horas de silencio y luego, que no fuera enemigo del pueblo vietnamita. Que desertara. Que no fuera enemigo de los pueblos colonizados. Que desertara. En Inglés y en español. 

Escuchó eso durante tres días en la selva. Murieron tres más en combates en los que nadie pudo ver al enemigo. Tres días en los que no pudo ver a los que cargaban aquellas bocinas. Solo la lluvia esporádica y unos diabólicos silencios fragmentaban la repetición. Que desertara.

Esa tarde, quince años después, Charlie caminaba por Río Piedras camino a la casa de Juana Gallo con su compañero, Heriberto. Era un amigo. Siempre tenía un gallo prendido. Hojas frescas. Marihuana olorosa. Recao mágico. Calmante natural. Juana Gallo, que no sabía que lo llamaban así los poetas de los Setenta porque siempre fumaba un gallo cuando leían en su casa, los esperaba. A Charlie y a Heriberto.

Juana Gallo escucha al historiador, militante, amigo de poetas, Ángel de Juan, que explica el próximo recital de los escritores más importantes del país, a beneficio de la lucha por la liberación del país. La voz de Ángel de Juan es gangosa. Es una nariz con brazos y piernas. Parecería que no se mueve la boca sino la nariz, recostada sobre un bigote que Pancho Villa envidiaría. Que la poeta viene por ahí con el poeta. Que el semanario de la liberación necesita de los poetas. Que hay que montar recitales, conciertos y robar bancos. Y Juana Gallo se reía de la ocurrencia aunque Angel de Juan lo decía con toda la seriedad de quien quiere virar el mundo patas arriba desde los Sesenta. Te estoy hablando en serio, cabrón. Más se reía. Voy a mear, dice Angel de Juan. Y se va a mear. 

Justo cuando cierra la puerta llegan Charlie y Heriberto. Llegaron, locas. Juana Gallo, Heriberto y Charlie, se abrazan y se besan como si no se hubiesen visto en años y se vieron la semana pasada. Allí mismo. Angel de Juan se sacude el miembro, se lava las manos, sale del baño.

-Mira, Angel, estas locas son amigas mías, Charlie y Heriberto.

Angel se ríe y les estrecha las manos. Sin encomendarse a nada ni a nadie, Angel de Juan continúa repitiendo los planes de concierto, recital y robo de bancos. Charlie comienza a sudar frío y a frotarse las manos. Heriberto que te pasa. Charlie no contestó. Se seca el sudor de la frente. Angel pregunta si conocen a Mareia y a José, los mejores poetas del mundo, que van a leer este jueves en la calle, en Río Piedras. Claro que sí, dice Heriberto. Pero Charlie se levanta y corre al baño. Angel de Juan repite el plan de rescatar dinero robando un banco. En el baño, en el inodoro, Charlie vomita. En la sala se escucha cómo todo lo que estaba en el estómago de Charlie sale por su boca como un extraño fuego líquido. Suda. Heriberto toca a la puerta. Charlie, ¿estás bien? ¿estás bien? Charlie está ahora vomitando la selva en Vietnam, los seis cadáveres y los otros tres, está vomitando la lluvia y el sol, la lluvia y la lluvia, y la voz en el altoparlante que repite que no fuera enemigo del pueblo vietnamita. Que desertara. Que no fuera enemigo de los pueblos colonizados. Que desertara. Aquella voz gangosa. Quince años después.

 

*Esta es una historia real que me contó un amigo. No tengo por qué no creerle. Los nombres han sido cambiados para proteger la identidad de los protagonistas.

 

 

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