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150 años del Grito de Lares: Los Beauchamp en el Grito de Lares

Barrios de Furnias y Bucarabones
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Por Francisco Moscoso

Publicado: miércoles, 19 de septiembre de 2018

Incubando la revolución

Una revolución, victoriosa o derrotada, no se circunscribe a las fechas o al período histórico de días, semanas, meses o años en que sucedieron las acciones armadas. Esa es una fase ciertamente crucial pero no define lo que es una revolución.

Las revoluciones, como la historia y los eventos que se dan en ella, son procesos de cambios radicales, sociales y políticos, cuyos protagonistas son los participantes involucrados en las mismas. Proceso, vocablo del latín processus, implica contextos históricos, relaciones sociales en todas sus dimensiones, manifestación de los asuntos concernidos, acciones y pasos llevados a cabo para el objetivo de lo propuesto y el tiempo en que se despliega el evento.

La revolución puertorriqueña de 1868 –el Grito de Lares del 23 de septiembre– tiene antecedentes históricos que se remontan al siglo 18, con la sublevación de los vecinos de 1701-1712; la Conspiración de San Germán, de 1809-1812, el proyecto de independencia del general Antonio Valero y la Sociedad de Liberales Amantes de la Patria de 1820-1823; la rebelión fallida liderada por Andrés Salvador Vizcarrondo de 1838, y la resistencia y rebeliones de esclavos que atravesaron el siglo 19 hasta el día mismo del estallido en Lares. Más cercano al Grito de Lares tiene de telón de fondo la década políticamente agitada de 1860.

Antes de iniciar el levantamiento armado, propiamente, los partidarios de la independencia sostuvieron innumerables reuniones y discusiones e intercambios de ideas; acciones de solidaridad antillana, por ejemplo, en la guerra de la restauración de la independencia dominicana, de 1863 a 1865; organización de agrupaciones favorecedoras de la abolición de la esclavitud; transmisión de informaciones aprovechando juntes menos sospechosos de cumpleaños, bailes, bodas, fiestas patronales, actividades religiosas y misas, velorios y funerales; organización de juntas revolucionarias en ciudades y pueblos y legaciones o comités en los barrios; reclutamiento de militantes y simpatizantes; entrenamiento militar; establecimiento de redes políticas y métodos de comunicación en clave; debates con líderes del liberalismo reformista colonial; colectas, acopio y distribución de armas y municiones; preparación y circulación de propaganda revolucionaria; examen de las circunstancias geopolíticas a nivel internacional, regional y local; estudios de los emplazamientos y fuerzas militares y policíacas de los españoles y participación en acciones conjuntas con el liberalismo reformista como, por ejemplo, formulando peticiones ante la Junta de Información de Ultramar, en Madrid, entre 1866 y 1867. 

Como se puede apreciar todo esto no ocurre de la noche a la mañana ni de un día para el otro. Requiere la inteligencia, tenacidad, compromiso, paciencia y prudencia de los organizadores y participantes en diversos niveles, algo siempre variable y vulnerable a fisuras y contratiempos.

Hay que tener presente, a su vez, las condiciones políticas, el contexto histórico, en que se produce un proceso revolucionario. En el siglo 19, Puerto Rico estaba bajo el control de una dictadura colonial militar. Como le dijo Eugenio María de Hostos al general Francisco Serrano, presidente del Gobierno Provisional de España, al momento de abogar por la amnistía de los presos políticos a finales de enero de 1869, “Puerto Rico pide todas la libertades, porque España se las niega todas”. No había libertad de expresión, prensa, reunión, tránsito de un lugar para otro, presunción de inocencia ante una acusación, inviolabilidad del hogar sin orden de allanamiento, nada de derechos civiles. De manera que todo lo promovido a favor de la causa de la independencia se tenía que hacer desde el clandestinaje y con el mayor sigilo para intentar no ser descubiertos.

Sin embargo, como sucede en todas las revoluciones, todo cuidado no evita la vigilancia del estado, infiltraciones, delaciones, cambios de posturas, sinsabores, indisciplinas, e imprevistos de todo tipo. Antes del Grito del 1868 un sin número de patriotas y paisanos fueron objeto de arrestos, registros, encarcelamientos, palizas, destierros y asesinatos. Un buen número de patriotas son conocidos, muchos más los desconocidos y anónimos.

 

Sociedades secretas

En mayo de 1867, el gobierno de España hizo saber su respuesta y burla a las peticiones de reforma política, social y económica para Puerto Rico de los comisionados liberales (Acosta, asimilista; Quiñones, autonomista; Ruiz Belvis, independentista) en Madrid: aumento de impuestos y nada más. Al mes siguiente sucedió un motín de soldados españoles (por sueldos atrasados e ideales políticos distintos en la Metrópoli), que el gobernador de turno aprovechó para culpar del acto a liberales de renombre de diversas tendencias. Julián Blanco, Pedro Gerónimo Goico, José Celis Aguilera, y otros recibieron órdenes de presentarse y someterse a los dictados de las autoridades en Madrid en plazo de dos meses.

Esas fueron las circunstancias en que el doctor Ramón Emeterio Betances y el licenciado Segundo Ruiz Belvis, actuando en sintonía con patriotas en diversos pueblos, empezando con Mayagüez donde ambos vivían, no acataron la orden, lograron fugarse a Nueva York, y se puso en marcha la organización de la estructura externa e interna de la revolución en el verano de 1867. De aquel momento data el primer Manifiesto Revolucionario a los Habitantes de Puerto Rico en este sentido.

En Historia de la insurrección de (1ra ed. 1872; 1975), José Pérez Moris, conservador y director del periódico Boletín Mercantil representativo de los intereses de las clases comerciales y hacendadas dominantes, señaló en sus términos reaccionarios: “La gran manufactura, el cerebro del laborantismo que precedió a los acontecimientos de Lares y de Yara estaba en las sociedades secretas…”, refiriéndose al Grito de Lares y al Grito de Yara de Cuba, del 10 de octubre de 1868 (Cap. II Sociedades Secretas, p. 75). Pérez Moris estaba tan alarmado por el brote revolucionario que creía había organizaciones anti-coloniales en los 68 pueblos de Puerto Rico entonces. Él veía independentistas hasta en la sopa; suponemos que padecería de indigestiones diarias. Ojalá hubiese sido así, pero la realidad es que conocemos alrededor de 20 pueblos con distintos grados de organización y compromiso. Pues cuando la de Camuy fue descubierta estas agrupaciones estaban en vías de organización en los pueblos y más tierra adentro, y de abajo hacia arriba.

Pero Pérez Moris, apenas un ejemplo del enemigo más consciente en las diversas esferas del gobierno y la sociedad en general, tenía razón; ellos sabían o creían saber más que los revolucionarios. Sin organización no hay revolución, y menos sin base en los pueblos y campos y en todas partes. Pero al final las autoridades estatales ni sabían ni nunca saben más que el pueblo consciente y movilizado pues, tarde o temprano, la rueda de la historia le pasa por encima a la tiranía más brutal. Ha habido y hay dictaduras de todo el abanico político, y no hay que engañarse con ello. Pero, no hay tiranía, imperialismo o dominación colonial, por más opresivo y sanguinario que haya sido o sea – la historia muestra – que resista la hora de los hornos con los pueblos y en que no se vea más que la luz. Aludimos a la metáfora del sabio revolucionario antillano José Martí.

Entre las organizaciones revolucionarias identificadas por las autoridades españolas en 1868 figura la llamada con nombre clave Capá Prieto Número 1. En lo que sigue vamos a tratar algo de ella y, en particular, a sus integrantes de la familia Beauchamp. 

 

Capá Prieto Número 1

Después de enterarse de la triste noticia de la muerte de Segundo Ruiz Belvis al inicio de la malograda gira de solidaridad suramericana, y de honrar su memoria, bajo la dirección de Betances se reconstituyó el Comité Revolucionario y redactaron la Constitución del Gobierno de la Revolución Puertorriqueña en Santo Domingo, el 10 de enero de 1868. Es lo que llamaríamos ahora el Comité Central directivo. Es evidente que los militantes en varios pueblos ya estaban dando pasos organizativos desde meses antes.

Ello consta en las pocas páginas que han sobrevivido del Libro del Comité Revolucionario, registrando actas, documentos y correspondencia. En la sesión del 24 de febrero de 1868 acusan recibo y aceptan la formación de la Legación revolucionaria del Barrio de Bucarabones, que antes formaba parte de la jurisdicción de la zona montañosa de Mayagüez; actualmente del municipio de Las Marías. Era parte de la tierra alta y óptima para la producción de café. “El Comité en uso de sus atribuciones”, lee el texto, “acepta y aprueba los nombramientos hechos de los ciudadanos don Matías Bruckman, don Juan M. Terreforte, don Pablo Antonio Beauchamp, don Baldomero Baurén y don Francisco Arroyo Salazar, y para suplentes el del ciudadano don Pedro Beauchamp y la mención de honor a favor de la benemérita patriota doña Eduvigis Beauchamp”. Luego notificarían otros suplementes (Luis Bonafoux, Betances, ICP, 1985, p. 13). En diversos documentos cambian la grafía de algunos apellidos: Brugman, Bauring, Ferrefort, por ejemplo. Es una de las instancias raras que en documentos del siglo 19 identifican a una mujer en calidad de revolucionaria; y por cierto, muy distinguida por el Comité de dirección.

Según los datos manejados por Pérez Moris, Matías Bruckman, apodado “Misisipi”, era el presidente y tenía una hacienda de café en el barrio Furnias, y la identifica como “Número 2”; Terreforte era vicepresidente; Baurén, conocido como “Guayubín” era secretario; Pablo Beauchamp era tesorero; y Francisco “Paco” Arroyo figura junto a Pedro Beauchamp como agentes de relaciones exteriores, esto es, probablemente enlaces con otras juntas (Pérez Moris, Historia, 1975, p. 87). En su obra El Grito de Lares, la historiadora Olga Jiménez de Wagenheim identifica a Pedro y Eduviges (o Eduvigis) Beauchamp como hermano y hermana. Pablo Antonio Beauchamp era un acaudalado hacendado de café, principalmente, y de frutos menores en el sector Guavas (Furnias) con 875 cuerdas; ésta y otras propiedades se valoraban en 30,000 pesos. Jiménez señala que hay datos “sobre el lugar que ocupaban los Beauchamp en Mayagüez” en el Archivo Municipal de Mayagüez, Documentos. Mun., 1866, Vol. 2 (Jiménez, El Grito, 1986, pp. 145-147). Algo a investigar más a fondo, pues.

Al parecer por tener adelantados los preparativos y estar animados sus miembros, representantes de las legaciones rurales de Mayagüez y de las juntas de Lares, San Sebastián y Camuy se reunieron en lo que Pérez Moris llamó de “Congreso” en la casa de Pablo Beauchamp, del 10 al 15 de septiembre de 1868. Bajo la premisa de que Betances estaría encaminado a la isla con un barco de expedicionarios, trayendo armas y municiones, en otra reunión el día18, seleccionaron la fecha del 29 de septiembre para iniciar la revolución armada en Camuy. Ese era un día de descanso de los esclavos y habría una “gran fiesta o romería” en Cabo Rojo con asistencia de mucha gente, favorable a la movilización. Así mismo pensaban que para entonces se iniciaría la revolución en Cuba y, por tanto, no se podía esperar más a riesgo de que fracasara todo el esfuerzo.

Por la historiografía ya conocida se sabe que precisamente por haberse descubierto la existencia de Lanzador del Norte, la organización secreta de Camuy el 20 de septiembre, fue que hubo que adelantar el alzamiento que, en definitiva, fue el Grito de Lares la noche del 23.

 

Participación en el Grito

De la investigación del Expediente sobre la insurreción de Lares, 1868-1869 (ESIL), en colección de micropelículas que utilizo (National Archives, 6 rollos) y cuyo original forma parte del acervo del Archivo General de Puerto Rico (AGPR), obtenemos otros datos sobre el Grito de Lares en general, y la participación de los Beauchamp que tratamos aquí.

Tras la derrota en el intento de tomar el pueblo del Pepino (San Sebastián) en la mañana del 24 de septiembre, siguieron cuatro meses de represión y arrestos de centenares de insurrectos y sospechosos. Entre ellos, integrantes de Capá Prieto Núm. 1, incluyendo a los Beauchamp y algunos de sus esclavos y jornaleros. En los testimonios se percibe que los presos procuraron defenderse de su involucramiento alegando haber sido forzados a ello. Pedro Mata Río, labrador de 30 años en la propiedad de Juan Mata Dumó, declaró al fiscal Zurbano el 28 de septiembre, que el 23 “se le presentó Alcídes Beuachamp acompañado de tres negros” y que iban armados.

Pedro Río, de 27 años, “trabajador de la tierra” en la propiedad del señor Dumó, declaró que como 35 hombres levantados con armas de fuego “lo cogieron”, entre ellos Elías Beauchamp, don Pedro Beauchamp, Dionisio Beauchamp, Zolio Beauchamp y Paco Arroyo. “Llevaban una bandera colorada y otra blanca, gritaban viva la libertad y viva la república”. Alegó que “se huyó antes de entrar a Lares”. Fue su manera de defenderse.

El joven Juan Mata Río, labrador de 16 años en la misma hacienda, admitió que aquel día estuvo “con gente armada”, porque “el miércoles 23 los sacaron de su trabajo y se lo llevaron al rigor de las armas Alcides Beauchamp, un negro suyo Pascasio, y otro Timoteo de don Pedro Beauchamp, y otro negro libre llamado Eleuterio Soto que vive con don Pedro Beauchamp, y que iban armados con revólver, lanzas y machetes”. Dijo que se dirigían a casa de Matías Bruckman, “donde había un bando de gente armada, todos con escopeta y de allí emprendieron todos marcha hacia Lares”. El joven dijo que le dieron “una daga a cada uno de los que llevaban”. Después fueron al Pepino, “pero el declarante escapóse y regresó a su casa” (ESIL, rollo 2, pieza 11, pp. 509- 513). Así también éste trató de protegerse.

Luego de su captura, Pablo Antonio Beauchamp, identificado como mayor de edad y agricultor, trató de proteger a sus trabajadores apenas diciendo que sus esclavos Pascasio y Timoteo y su asalariado Eleuterio “no han estado con los sublevados”. Cuatro jornaleros que no fueron a trabajar el miércoles 23, algo no extraño pues acostumbraban ausentarse de las labores, volvieron al trabajo el jueves (ESIL, rollo 2, pieza 11, p. 521). Pedro Juan Terreforte de unos 26 años, mayordomo de la hacienda de don Pedro Beauchamp en el Barrio Furnias # 4, lo que dijo fue que el 23 de septiembre don Pedro “salió a buscar gente para coger café” (ESIL, p. 508).

Apresado, el 29 de septiembre, el esclavo Timoteo dijo no saber su edad, “porque vino muy niño de África”. Declaró que su amo don Pablo Beauchamp lo había criado y “quiere morir en su poder porque es muy bueno para él y para todos sus esclavos”. Alegó que había pasado toda la semana bregando con el café y que ni él ni su amo se habían movido de su casa (ESIL, p. 522). Este es el tenor de otras declaraciones de esclavos y jornaleros de los Beauchamp. Varios hacendados, en realidad, instaron a sus esclavos a tomar parte para que conquistaran su libertad con las armas en la mano.

Finalmente, Dionisio Beauchamp, preso en la cárcel de Arecibo, en su declaración del 15 de octubre, ante el amenazante fiscal procuró desentenderse de los hechos. Dijo que junto a su hermano Zoilo en la tarde del 23 llegaron a una tienda en el sitio La Culliga, Barrio de la Purísima Concepción, donde se encontraron con “una porción de forasteros”, algunos conocidos como Paco Arroyo, Juan Terreforte y Pedro Segundo García. Después de tomarse un trago le dijeron que “siguiera con ellos al pueblo de Lares a un baile”. También alegó que lo forzaron a ello y que luego fueron al Pepino; después del tiroteo allí, él y su hermano “se escondieron en el monte hasta el día 4 de octubre”, que se presentaron al comisario de barrio (ESIL,Rollo 3, pieza 12, pp. 26-28).

¿Forasteros, algunos conocidos? ¿Un baile en Lares? A Dionisio Beauchamp lo enredaron en contradicciones y sabría que todo el mundo tenía claro que el baile del 23 de septiembre de 1868 era la revolución que procuraba darle la libertad a Puerto Rico. A los Beauchamp, entre tantos patriotas del Grito de Lares, honramos y celebramos en el 150 Aniversario.

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