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Será otra cosa: La obsolescencia y la lección de la bombilla

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Por Sofía I. Cardona

Publicado: martes, 4 de septiembre de 2018

La obsolescencia y la lección de la bombilla

La obsolescencia es, según los expertos, fundamental para el mercado. Nada puede (debe) durar para siempre. No es que el artefacto en cuestión ya no funcione, o se haya roto o desvaído, es que hay algo mejor (o se percibe mejor) a la venta. La obsolescencia puede ser, en efecto, fríamente calculada (el objeto se diseña para que deje de funcionar en algún momento), o bien percibida (la apariencia de un nuevo sustituto provoca la percepción de que el que tenemos debe ser reemplazado), o de especulación (se ingenia un producto que debe completarse con otros aditamentos que se van introduciendo en el mercado). En los tres casos se trata de un tramado engaño, pero amparado por las siniestras leyes del comercio. Así pues, la obsolescencia campea por sus respetos como regla de vida: las cosas son así, y mientras tanto el mundo se desgasta en la fiebre del despilfarro.

La lección quedó latente hasta ahora. En momentos de crisis, todavía en Puerto Rico los “desarrolladores” insisten en el mismo argumento: crecimiento económico a como de lugar. Así pues, proponen proyectos que arriesgan el patrimonio cultural y ecológico de los puertorriqueños, medidas que nos sumen en la precariedad y la chapucería. Pues no, las cosas no tienen que ser así, que piensen un poco.

La lección de la bombilla

Mientras tanto, en una estación de bomberos de Livermore, California, hay una bombilla centenaria. Según cuenta el documental Comprar, tirar comprar. La historia secreta de la obsolescencia programada,dirigido por Cossima Dannoritzer y coproducido por Televisión Española (2010), un periodista descubrió en 1972 que la bombilla de la estación era la misma desde 1901. A partir de esta curiosidad, Dannoritzer nos explica que, aunque ya en 1897 Adolphe Chaillet habían inventado un filamento maravillosamente duradero, el destino de las bombillas siguió otros derroteros. Años después, durante la fiebre capitalista de los años veinte, el llamado “Cartel de la bombilla” decidió controlar la producción y venta de los maravillosos artefactos, y limitó por decreto la vida de la doméstica bombilla a tan sólo mil horas mortales. La fabulosa bombilla de Chaillet se convirtió en objeto proscrito y solo resplandecía en los afortunados edificios de principios de siglo, como en la estación de Livermore. La historia de la lucha por la bombilla duradera es un poco complicada, y evidencia muy bien la falta de sensatez de los capitalistas del siglo xx, afanados en encontrar trucos para motivar el movimiento económico. 

La producción en masa hizo accesibles productos para la gente común, pero si la calidad se sostenía, los consumidores no necesitaban más: nuevas bombillas, nuevas medias nylon, nuevos cachivaches. La solución: hacer las cosas suficientemente bien para que funcionen y se vendan, pero no por mucho tiempo, para que se mantuvieran comprando: la obsolescencia programada. Dannoritzer explica que más adelante se les ocurrió una idea aparentemente más benévola: la obsolescencia percibida: diseños interesantes y novedosos que provocan inconformidad con el viejo artefacto, modelos anuales con “mejoras” de diseño y funcionalidad que transforman nuestras posesiones en artefactos primitivos. En fin, ya estaba cocinado el proyecto del american way of life,y nosotros, en plena fiebre alucinada del ELA. 

Se sabe que desde entonces los tres instrumentos del crecimiento económico han hecho mella en nuestra idiosincrasia: la publicidad, la obsolescencia programada y el crédito. La ética no cuenta en un mundo que desea, que necesita, el consumismo desmedido a costa de la gente, del medioambiente, del sentido común. Los puertorriqueños, acostumbrados al crecimiento de vertederos en las colindancias de los pueblos, deberíamos ser más listos y estar más en guardia. Contemplemos las altas estibas de Costco. ¿A dónde va a parar tanto tereque?

En respuesta a esta situación, el filósofo y economista francés Serge Latouche (1940) propone abandonar el crecimiento totalmente,  reducir la producción y limitar el tiempo dedicado a esto para tener tiempo para otro tipo de riquezas, como la amistad, el conocimiento. ¡La vida! Plantea con lindas palabras, lo que intuían nuestros padres (al menos los míos, que venían de la dura precariedad del campo puertorriqueño de la entreguerra): transformar nuestro concepto de bienestar. Otros piensan que tal decrecimiento es una amenaza para la economía y el progreso, y a nosotros, en el contexto pos-María, en medio de los debates sobre “la deuda”, nos conviene pensar qué es eso de crecimiento, de qué progreso están hablando y para quién.

Yo, por mi parte, me uno al homenaje al misterioso Adolphe Chaillet, un joven inventor francés que emigró a Estados Unidos en 1892, trabajó en la empresa manufacturera de lámparas de fines de siglo, y años después, justo cuando se instaló su bombilla en la estación de bomberos, se estableció con su familia en México, a tiempo para presenciar allí otra Revolución. Puede que en esa vida haya una moraleja, tan discreta y verdadera como la bombilla siempre encendida de Livermore.

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