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Brindis por Dolores Prida

El recuento de la obra literaria y periodística de Dolores sería suficiente en algunos casos para construir una nota necrológica aceptable. Pero el mismo no me satisface porque sé que Dolores fue mucho más que poeta, dramaturga y periodista.
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Por Efraín Barradas

Publicado: lunes, 4 de febrero de 2013

A la chingada la muerte, dije,
sombra de mi sueño,
perverción de los ángeles…
Jaime Sabines,

Algo sobre la muerte del Mayor Sabines

La noche del domingo 20 de enero, murió en la Ciudad de Nueva York Dolores Prida. Los fatídicos paréntesis que se abren y se cierran como una boca que todo se lo come y que sirven para marcar simbólicamente el nacimiento y la muerte de una persona – en su caso (1943-2013) – se cerraron sorpresivamente: nadie se esperaba la muerte de Dolores. El breve pero elocuente obituario que, sobre ella, escribió Bruce Weber para The New York Times del, miércoles 23 de enero, y los comentarios aparecidos desde el lunes 21 en las redes sociales nos informan que la noche de su muerte Dolores había asistido a la fiesta de celebración del 20 aniversario de un grupo de mujeres latinas de distintas disciplinas que apoyan a otras mujeres hispanas a establecerse en los medios profesionales, especialmente en el periodismo. La invitada de honor a esa fiesta había sido Sonia Sotomayor, la jueza del Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Al salir de la fiesta Dolores se sintió mal y su hermana Lourdes la llevó a un hospital cercano donde murió de un paro cardiaco. Algunas de las notas que he leído a raíz de su muerte dicen que Dolores le aclaraba enfática y juguetonamente al personal médico que la atendía que ella venía de una fiesta donde había bailado mucho. La anécdota es casi una metáfora de su vida: Dolores hizo de la suya, la personal y la profesional, una gran fiesta donde se dio el gusto de bailar y cantar mientras hacía su labor. Una de sus obras de teatro se titula Coser y cantar (1981) y recoge también esa doble vertiente de su proyecto de vida: hay que trabajar, hay que hacer cosas, hay que dejarles algo positivo a los que nos siguen, pero tenemos que hacerlo con gusto, disfrutando de lo que hacemos. Mientras cosemos, cantamos. Hasta su último día Dolores bailó en la fiesta que fue su vida.

Quiero recordar aquí a Dolores. Esta tarea puede ser relativamente sencilla y fácil si me limito a dar sus datos vitales y a enumerar la obra literaria y periodística que nos deja. Dolores, quien nació el 5 de septiembre de 1943 en Caibarién, Cuba, llegó a Nueva York en el 1961. Pronto se asoció con otros puertorriqueños, cubanos y dominicanos que se sentían unidos por el interés de crear una comunidad cultural. Publicó un primer libro de poesías en 1967; el poemario lleva el escueto título de 37 poemas. Pronto también descubrió su pasión por el teatro y fue en este género que nos dejó su obra más importante. A principio de su carrera se asoció con otros jóvenes escritores cubanos – Eduardo Machado, principalmente – y puertorriqueños – Tato Laviera y Víctor Fernández Fragoso, entre otros – con quienes trabajó para crear grupos que llevaran el teatro a las comunidades latinas en Nueva York. Una lista parcial de sus piezas teatrales incluyen Beatiful señoritas (1977), The Beggar’s Soap Opera (1979), Coser y cantar (1981), Pantallas (1986), Botánica (1991), Casa propia (1999) y Four Guys Named José… and Una Mujer Named María (2000). Uno de los rasgos más importantes de la obra de Dolores es que la misma refleja el bilingüismo y el proceso de cambio cultural que vive la comunidad latina.  Por ello, para mí, su obra más representativa es Botánica donde, a pesar de ciertas fallas teatrales (un personaje muy caricaturesco que como un Tiresias borracho le predice con símbolos a la protagonista la solución a sus problemas), Dolores capta la realidad de los conflictos de los latinos. Mientras otros escritores de ese grupo abandonan el español y sólo salpican su obra escrita en inglés con algunos términos en nuestra lengua, Dolores escribía en las dos de la misma forma que habla nuestra comunidad en los Estados Unidos. Por su labor teatral Mount Holyoke College, en South Hadley, Massachusetts, una histórica universidad para mujeres, le otorgó en 1989 un doctorado honorífico, el más alto de los varios premios que recibió por su labor literaria y social.

Más que como dramaturga, muchos la recordarán como periodista pues en los años más recientes ésa fue su labor principal. De 2005 al 2012 escribió una columna mensual en inglés para The Daily News de Nueva York y desde el 2009, una semanal en español para El Diario – La Prensa, de esa misma ciudad. Además de escribir tanto en inglés como en español, en estas columnas Dolores intentaba ver la política estadounidense desde la perspectiva de una mujer latina y trataba también de incorporar elementos de la problemática de los hispanos en las Estados Unidos a sus comentarios sobre problemas y situaciones latinoamericanas. Por ejemplo, Weber, en su obituario, menciona cómo Dolores, al comentar el caso de La Comay en Puerto Rico establecía una relación con programas radiales que son muy populares entre los latinos en Nueva York y que caen en la misma vulgaridad y en las mismas fallas políticas.  Siempre desde una perspectiva muy personal y en muchos casos jocosa, Dolores denunciaba los problemas de la homofobia y el machismo que por desgracia todavía nos marcan y hasta deforman.

Este recuento de la obra literaria y periodística de Dolores sería suficiente en algunos casos para construir una nota necrológica aceptable. Pero el mismo no me satisface porque sé que Dolores fue mucho más que poeta, dramaturga y periodista. Dolores fue un ser humano excepcional a quien tuve el privilegio de conocer durante varios años y hasta de tratarla de cerca durante parte de ese periodo.

Conocí a Dolores al final de la década de 1970 en Nueva York y fue Rafael Rodríguez, nuestro querido amigo Rafi, quien entonces estaba muy activo en el ámbito cultural y político de los boricuas en Nueva York, quien me la presentó. Dolores era entonces – y lo fue hasta que éste murió – íntima amiga de Víctor Fernández Fragoso con quien hasta llegó a escribir al menos una obra de teatro. Tuvo que ser como para 1979 que Dolores y Víctor presentaron en un parque de Nueva York una breve pieza titulada Broadway no sólo es una calle. (¿Qué pasará con sus papeles, donde probablemente se halle el manuscrito de esta obra?) Recuerdo en el estreno de la misma a Clemente Soto Vélez y a su esposa, Amanda, quienes eran mentores de Víctor. En ese grupo de amigos estaba también María Josefa Canino, quien por esos años entusiasmó a Dolores y a Víctor a que dejaran el ¨Village¨ y se mudaran al Barrio. La actividad cultural de Dolores y Víctor era intensa y tenía como uno de sus focos de acción, especialmente por parte de él, el Centro de Estudios Puertorriqueños que entonces dirigía quien había sido su fundador, Frank Bonilla. Era el momento en que todos trabajábamos para inventarnos una nueva cara de nuestra cultura en Nueva York y en todos los Estados Unidos. Era el momento cuando edité con Rafi Rodríguez Herejes y mitificadores… (1980), una muestra de poesía que reflejaba esa efervescencia artística. Una de las fallas de ese libro –muchas otras tiene– fue haber usado un criterio demasiado limitado en la selección; debimos haber incluido a Dolores en esa muestra poética porque, a pesar de su nacimiento en Cuba, ya era para entonces otra ‘neorrican’ más. Pero en ese momento teníamos que inventariar la producción de los boricuas y no se manejaba aún el concepto de lo panhispano. Ella, en cambio, desde un principio, encarnaba esa nueva identidad de latina que engloba a todos los hispanos en los Estados Unidos, más allá de su pertenencia a un grupo en particular. En otras palabras, aunque Dolores nunca dejó de ser cubana, también fue boricua y hasta llegó a ser latina.

Pocos años después explotó la crisis del SIDA y fue entonces que descubrí la cara más humana de Dolores. Su íntimo amigo, su hermano, Víctor Fernández Fragoso fue una de las primeras víctimas de esta enfermedad. En el momento nada se sabía del mal; ni nombre tenía, ni sabíamos cómo se trasmitía. A pesar de todas las incógnitas y con el amor de una hermana, Dolores ayudó a cuidar a Víctor hasta el final y, más tarde, ayudó a consolar a doña Concha, su madre. Recuerdo historias que me contaba Dolores sobre los últimos días de Víctor, como ella y él se imaginaban el final, siempre de una manera teatral: un hermoso y perverso ángel desnudo, de inmensas alas y zapatos rojos entraba por la ventana del cuarto del hospital y en el borde de la misma bailaba un número de ¨tap¨ antes de abrazar a Víctor y llevárselo consigo. El teatro los unió hasta el momento mismo de tener que separarse.

Después de la muerte de Víctor vi pocas veces a Dolores, pero siempre la recordé como la hermana fiel de su gran amigo. Es esa experiencia la que no me permite limitar esta nota a sólo enumerar obras estrenadas, libros publicados y premios obtenidos. Dolores fue mucho más que eso; era un ser humano extraordinario y tuve la oportunidad de así constatarlo. Por eso, el lunes, cuando me enteré de su muerte, brindé por ella. Como no soy creyente, no rezo, pero algunos dicen que mis brindis son eso, oraciones. No me importa que así lo crean y lo digan porque lo hago porque creo que los muertos nos unen y por ello los recuerdo. El lunes, cuando brindé por Dolores, estaba recordando a un ser humano excepcional que bailó y trabajó hasta su último día.

¡Dolores, hermana, brindo por tu memoria y tu ejemplo!
 
Gainesville
24 de enero de 2013

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