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El olvido que nunca llegará

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Por Manuel de J. González

Publicado: miércoles, 19 de septiembre de 2018

En la tarde de aquel 20 de septiembre de 2017, luego de abrir las ventanas y comprobar que nuestro entorno se mantenía en pie –salvo los árboles–, muchos de nosotros, suponiendo que amigos y parientes habían capeado la tormenta con el mismo “éxito”, sólo pensábamos en las semanas que estaríamos sin energía eléctrica. Los que habíamos tenido las experiencias de los huracanes Hugo (1989), Georges (1998) y la tormentas Jeanne (2004) e Irene (2011), esperábamos tres o cuatro semanas a oscuras y el consabido caos en las calles durante el mismo periodo. Luego regresaría “la normalidad”, mientras la economía se recuperaba, y hasta se aceleraba con el dinero que desembolsaban las aseguradoras y los fondos para palear desastres. La vegetación, con menos dolores, también se recuperaría. Pocos días después todos los puertorriqueños teníamos la certeza de que en esta ocasión sería distinto, que no estábamos ante un huracán más. 

Ya sabemos lo que ocurrió y como en estos días, en ocasión del primer aniversario, en todos los medios se repite nuestro rosario de angustias, no es necesario evocarlas. Friedrich Nietzsche vinculaba la felicidad a la capacidad para olvidar porque sólo aquellos que pueden desprenderse de una memoria mortificante, pueden recobrar la sanidad mental necesaria para poder avanzar. En esa búsqueda han estado los puertorriqueños desde aquel 20 de septiembre, pero cada esfuerzo por olvidar choca diariamente con las consecuencias que permanecen. Tanto el recuerdo de algún muerto querido como la nimiedad de un semáforo todavía averiado, se juntan para decirnos que el olvido tiene que esperar.

El que con más esfuerzo quisiera recobrar la paz del olvido es el gobierno de Puerto Rico, y no sólo para esconder la criminal incompetencia de aquellos primeros meses posteriores al huracán, sino para encontrar la posibilidad de sobrevivir. La realidad, sin embargo, lo sigue azotando, cortándole el paso hacia la ansiada sobrevivencia.

Una de las consecuencias del huracán fue convertir a Puerto Rico en un tema importante dentro del debate político y la virtual guerra de medios que existe en Estados Unidos. Tras la elección de Donald Trump, ese país vive en una permanente confrontación, que el presidente aviva y los medios de comunicación disfrutan hasta la náusea. Las declaraciones disonantes de curioso habitante de la Casa Blanca aparecen casi diariamente en las redes sociales y en las noticias, provocando reacciones de todo el mundo, particularmente de la oposición Demócrata. En la medida en que se acerca la elección general del próximo noviembre, donde se renovará el Congreso, el debate se ha vuelto más intenso. 

Para desgracia de los que buscan la comodidad del olvido, Puerto Rico se ha convertido en uno de los temas más importantes de esa confrontación política. La alta cifra de fatalidades que provocó la negligencia que siguió a la catástrofe persigue sin misericordia a los personeros de la administración de Trump que debieron responder a la emergencia, señalándolos como ineptos y en parte responsables de la tragedia. 

El gobierno de Puerto Rico, por otro lado, necesita que la tan ansiada “recuperación” comience a manifestarse, impulsando una intensa actividad económica que arrope a la mayoría. Sólo en un ambiente como ese el tan deseado olvido de la debacle llegaría, al menos un poco. Pero en el actual estado de indefensión del país, con la Junta de Control Fiscal imponiendo sus controles sobre una administración con pocos recursos, el Gobierno necesita a gritos que los federales abran lo más posible la llave que controla los fondos que impulsen la recuperación. La ayuda permite la recuperación y con ésta llega el olvido.

Consciente de ese difícil juego, Ricardo Rosselló ha tratado de mantener un delicado balance entre la sumisión a Trump –porque se trata de un presidente que todos los días quiere y exige sumisión– y unos ciertos aires de dignidad, necesarios para mantener algún respeto político entre los puertorriqueños. La comisionada residente Jennifer González, quien espera agachada que Rosselló se caiga de una vez para emerger como candidata a la gobernación, vive el mismo juego. Por la mañana lanza un alago y por la tarde se distancia un poco.

La cifra de muertos que provocaron el huracán y la negligencia oficial era un cerrojo que mantenía encerrados los monstruos noticiosos, mientras “oficialmente” se mantuviera baja. Una vez el Gobierno de aquí no tuvo más remedio que reconocer la verdad, llevando las fatalidades a casi tres millares, voló en pedazos el balance que con tanto ahínco trataba de mantener Rosselló. La mentira le duró casi un año, pero al final la verdad estalló.

En las últimas semanas, cuando ya comenzaban los reportajes noticiosos en ocasión del primer cumpleaños del huracán, la ira del energúmeno de Casa Blanca inundó los medios de prensa de Estados Unidos. Los muertos fueron inventados, dijo el rey desnudo y, si hubo algo mal, la responsabilidad reside en el “gobierno corrupto” que tiene Puerto Rico. Ese ataque frontal llegado desde Washington rompió en pedazos la cuerda floja donde intentaba balancearse Rosselló y ya no hay marcha atrás. 

El ansiado olvido que con tanto desespero busca el gobierno colonial de Puerto Rico, nunca llegará. Por el contrario, lo que tienen por delante es la hipermnesia de aquel personaje del cuento de Jorge Luis Borges –Funes el memorioso– perseguido permanentemente por los recuerdos. Tres mil ánimas andan rondando y, como ya son etéreas, nadie las puede enclaustrar.

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