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TOPOGRAFÍA: Ejercicios de vampiros (sujetos a cambios)

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Por Carlos R. Alberty Fragoso

Publicado: martes, 3 de abril de 2018

El tema de los vampiros me ha acompañado desde niño. Uno de mis mayores haciéndose el sabio o el gracioso me dijo una vez que los mosquitos eran vampiros castigados por Dios. Esa fue mi primera lección de metáfora y metamorfosis. Cuando niños, mi amigo Daniel llegó a construir una cruz antivampiros con un palo de escoba y la colocó en la ventana de su cuarto. Yo, dándomelas de erudito, le dije que en Santurce no podía haber vampiros, que esas criaturas eran de Transilvania. 

El vampiro clásico (entre comillas) para mí, es el de las películas con Christopher Lee. Nunca olvidaré cómo, enfurecido ante el desafío de sus rivales, los ojos se le inyectaban de rojo y se le salían los colmillos. Qué alivio cuando aparecía Peter Cushing, su archienemigo, Van Helsing. Eran las películas de horror barato de Hammer Films que ahora causan risa. Después descubriría a los Nosferatu de Murnau y de Herzog, al Drácula de Bela Lugosi, y claro está, al de Gary Oldman, de Coppola. Es curioso constatar cómo nunca pasa de moda ese tema. Hasta Julio Cortázar se declaró interesado en el asunto del vampirismo. Lamentablemente, también hay una condición o enfermedad asociada con el tema. Para mí, repito, es la experiencia de miedo de un niño criado entre gente que se la pasaba hablando de muertos y espíritus, entre otras cosas terroríficas. Creo haber superado ese “terror” infantil, pero si hay que ver películas de vampiros prefiero estar acompañado y sentarme cerca de la puerta.  Ofrezco, pues, a los lectores estos dos ejercicios que también son exorcismos. 

Enemigos en el cine

El cazador ha ido a un cine donde proyectan una película de vampiros y piensa en el peligro de las superficies. Así como la pantalla de proyección es plana también es la visión de los que ignoran su peligroso oficio. El instructor había dicho: yo que llevo toda una vida atravesando corazones con estacas, (expresarlo con tan vulgares palabras -se dice- es traicionar la nobleza de la encomienda, pero sabemos que se trata de una metáfora, un símbolo, un modo de pensar las cosas) sí, toda una vida y todavía me sorprendo de sus estratagemas.Y cosa increíble, hasta me conmueve. Es claro que pasaron aquellos tiempos de escondites en las profundas y malolientes criptas de los cementerios, de persecuciones violentas al filo del alba, de la frustración al constatar los cambios de morada. Ahora todo, o casi todo, ha cambiado, menos lo esencial. Ahora mismo en este cine habrá alguno de ellos riéndose en silencio de la ingenuidad de la industria cinematográfica. Ahora basta un breve rasguño, un leve beso para consumarse el ataque. No se requiere la presencia de la sangre, una célula se encarga de todo. La tos de un espectador equivale a una amenaza. Por eso los cazadores como él deben aprobar duras materias científicas. Casi no hay tiempo de cazar vampiros. Hay que prepararse mucho antes de pasar a la acción, y como siempre, los cazadores son jóvenes e impetuosos. Si se les da pase para el cine es porque los instructores saben que podría haber acción. A los vampiros de cierta edad -los más débiles- la nostalgia los vence y acuden a los cines como éste donde pasan viejas (aunque a veces nuevas) películas de falsos vampiros. Les gusta ver, aunque deforme, alguna imagen suya. Es un juego, desde luego. Cada uno sabe que su contrario constituye o así debe ser, su única verdad. Cada uno sabe que el otro está en la sala.  Y se esperan mutuamente como a un nuevo desenlace para una vieja película. El joven cazador busca su estreno, y al viejo vampiro ya casi le da igual. 

Vecinos: variación de un viejo tema

Despierta casi al final de la tarde. La noche anterior fue larga. Estuvo en el apartamento de la vecina quien le dio a beber de un vino espeso y áspero. (Le pareció ver en ella una sonrisa entre rara y siniestra.) Hoy, al ir al lavamanos, no se ha visto en el espejo. Iracundo y con paso presuroso ha salido al largo corredor del edificio, y ya toca con fuerza la puerta del apartamento de la joven. Ella abre y habla; ninguno se ve pero se escuchan. Discuten interrumpiéndose a cada momento, y después de varios reproches y una atropellada deliberación se han puesto de acuerdo. Seguro ha sido el vino que le regaló a ella el viejo profesor, el extranjero, de acento raro, que enseña antiguas religiones en los cursos nocturnos de la universidad. Pues ya golpea el primer vecino con sus puños la tercera puerta del largo corredor, que es la del profesor, mientras ella grita casi aullando. Furiosos logran forzar la puerta y entran. Buscan por todo el apartamento, y cuando están a punto de entrar al último cuarto en la segunda planta escuchan, abajo, los pasos de alguien que llega casi tropezando. Rápido bajan y encuentran al vecino contiguo del profesor, un recién llegado al edificio. Este, al ver a los otros, que ya han vuelto a ser visibles, no puede ocultar su nerviosismo. Dice, simulando aplomo, que el ruido lo alarmó. Lleva un  bulto de mano, pesado, de cuyo interior se escapan sonidos como el choque de piezas de metal. Pregunta por el viejo y añade absurdamente que está anocheciendo. Descubre en la mirada del hombre que el buscado debe estar en un cuarto de arriba. Inmediatamente sube en pocas zancadas la escalera, seguido por los otros. Está frente al cuerpo tendido del anciano en la cama y justo empieza a sacar unos largos cuchillos del bulto cuando una fuerza lo derriba. Es la vecina que a gritos le exige una explicación por su conducta despiadada. No tiene tiempo de articular respuesta pues el durmiente ha despertado y, de tan solo mirarlo, lo ha dejado como tonto. Ahora el viejo orienta su mirada hacia ella y explica pausadamente (pronunciando la erre de modo peculiar) que lo del vino fue un error en la selección de la cosecha. Lo otro, que es la razón por la que este señor de los cuchillos está aquí, es una vieja saga llena de malentendidos cuyo significado, si alguno, ha sido exagerado hasta la imbecilidad; una historia que incluye el odio antiguo entre familias que a través del tiempo han intercambiado los papeles de perseguidos y perseguidores, y, desde luego, una tara familiar de desequilibrados, como es este cretino en el suelo. Es evidente que los vecinos jóvenes han recuperado sus cuerpos, pero el hombre no encuentra su reflejo en los largos cuchillos del otro que sigue tumbado mirando las losetas. El viejo, al notar su asombro, le consuela diciendo claro está, hay asuntos que escapan del marco de mi exposición, usted, por ejemplo. Pensemos, no obstante, y para que estén tranquilos en su busca de significados, al menos por ahora, que si bien un estereotipo repite un malentendido, un prototipo ha de iniciar uno nuevo. En un mundo como el nuestro tal vez esa sea su explicación. Buenas noches, vecinos. Y dicho esto, desapareció con las sombras de la oscuridad que ya habían entrado al cuarto.  

El autor es profesor de la UPR en Río Piedras.

 

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