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Nuestra historia presente: 1950 la Insurrección Nacionalista

Heriberto Marín
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Por María Cristina

Publicado: martes, 3 de abril de 2018

Este excelente documental del joven cineasta José Manuel Dávila Marichal (director, productor ejecutivo, guionista, investigador), que tuvo su premiere a casa llena en el Festival  de Cine Internacional de San Juan que se celebró justo antes del huracán Irma, recoge la experiencia de los sobrevivientes de la Revolución de Jayuya el 30 de octubre de 1950. Esta semana se estrena en los cines Fine Arts y recomendamos al público diverso en edades a compartir la experiencia vivida y ahora recogida en fotos, pietaje, textos y voces fuertes y determinadas que nos recuerdan la estirpe de la que venimos. 

El documental recoge testimonios de octogenarios como Ricardo Díaz Díaz, Edmidio Marín, Carlos Padilla, Miguel Alicea y muy especialmente Heriberto Marín Torres que con su estilo pausado pero determinado nos recrean esos momentos críticos en Jayuya y Utuado. Blanca Canales, Elio Torresola y Carlos Irizarry, entre muchos otros, son recordados como líderes que ofrecieron su vida por la liberación de su patria. A través de sus vivencias se intercala la documentación de los historiadores Dr. Ovidio Dávila y Dr. Carlos Zapata que nos ubican en el pasado narrado y su marco histórico. 

Para ubicar los eventos de 1950, el documental resume las fechas que fueron decisivas para que se diera esta revolución/insurrección/grito. Se presenta esta complejidad histórica a través de dibujos y animación (creados por la artista Poli Marichal), pietaje noticiario, titulares de periódicos y fotos. La llegada de Cristóbal Colón y los españoles en 1493 marca el comienzo de la colonización de la isla y el genocidio y la esclavitud posterior de los amerindios y africanos. Luego la invasión estadounidense de 1898 marca la segunda colonización con gobiernos militares, la Ley Foraker de 1914 seguida por la Ley Jones de 1917 con la imposición de una ciudadanía de segunda clase y el reclutamiento en el ejército de Estados Unidos que recién se unía a los países aliados en la 1era Guerra Mundial. Con los sucesos del 21de marzo de 1934 se marca el comienzo de una lucha armada contra un gobierno invasor y criminal. Se detallan los preparativos de la marcha de los Cadetes de la República un domingo de Ramos en Ponce y cómo una actividad pacífica, aunque desafiante por proclamar la independencia de Puerto Rico, se convirtió en un despliegue de fuerza de parte del gobierno militar estadounidense y sus aliados isleños y la primera confrontación abierta entre federales y Nacionalistas. El resultado fueron 21 muertos y más de 150 heridos según los relatos oficiales, los testigos visuales que dieron sus testimonios a los periodistas y a los fiscales de la investigación.

Sin duda la figura de Pedro Albizu Campos está en la narrativa de cada uno de los participantes de la Insurrección de 1950 y por eso su historia como la persona que encamina la lucha por la independencia de Puerto Rico contra este poderoso imperio inspira a hombres y mujeres de todas las clases sociales a volverse militantes sin miedo a las repercusiones que esto implicara. Albizu regresa a Puerto Rico para asumir un rol directivo en 1930; participa en las huelgas obreras de 1933 contra las compañías eléctricas y en 1934 contra las compañías azucareras. Esa presencia lo convierte para las autoridades militares, federales y locales en el autor intelectual de todos las confrontaciones aunque nunca estuviera en el lugar de los hechos. Su primer arresto en 1936 después de la Masacre de Ponce lo lleva al encarcelamiento en la Princesa en Puerto Rico y luego Atlanta en Estados Unidos con una condena de 10 años por sedición. Y al igual que con tantos otros puertorriqueños después de él, no se necesitaban pruebas en su contra, solamente sus palabras para condenarle.

Ricardo Díaz Díaz describe el regreso de Albizu a Puerto Rico en 1947 como si nunca hubiera estado ausente: “era el mismo que se fue”. De él aprenden los jóvenes nacionalistas a nunca claudicar y siempre seguir su amor a la patria no importa las dificultades y tropiezos que se encuentren. Su segundo arresto y condena se produce luego de la Insurrección y el ataque a la Casa Blair por Oscar Collazo y Griselio Torresola. Esta vez los gobiernos de aquí y allá se asegurarían de que Albizu no volviera a liderar otra insurrección que dañara los planes de la colonia para convertirse en el Estado Libre Asociado en 1954. Es precisamente en esta segunda encarcelación en La Princesa que Albizu comienza a recibir las radiaciones que quemarían su cuerpo y afectarían su mente. Por ese el indulto que Muñoz Marín ofrece es una manera de distanciarse de la tortura perpetrada. Tras el ataque al Congreso de los Estados Unidos el 1ero de marzo de 1954 por los cuatro Nacionalistas Rafael Cancel Miranda, Lolita Lebrón, Irvin Flores y Andrés Figueroa se le revoca el indulto y nuevamente se encarcela a Albizu para solo volver a su Puerto Rico en un segundo indulto “humanitario” el 15 de noviembre de 1964. Cinco meses más tarde, el 21 de abril de 1965, muere la figura clave del independentismo puertorriqueño. Nos queda no solamente su ejemplo sino su voz grabada, potente, lógica y persuasiva, que el artista Nelson Rivera utilizó en su obra “El Maestro”, interpretado magistralmente por Teófilo Torres. Otro gran actor, Moncho Conde, dramatizó su vida en “Albizu todo o nada”, obra que se presentó en el Teatro Diplo después conocido como Beckett de Río Piedras.

Aunque el carpeteo de Albizu por las agencias federales comienza en 1936, la infame Ley de Mordaza se crea en 1948 por el gobierno muñocista. De acuerdo a esta ley, obviamente redactado a la medida para socavar y reprimir el movimiento independentista y al Partido Nacionalista, se considera “delito grave el fomentar, abogar, aconsejar o predicar, voluntariamente o a sabiendas, la necesidad, deseabilidad o conveniencia de derrocar, destruir o paralizar el Gobierno Insular por medio de la fuerza o la violencia”. (La mordaza: Puerto Rico, 1948-1957 de Ivonne Acosta Lespier, Editorial Edil 1987)

A través de mapas movibles el documental traza los momentos y lugares donde la insurrección surge: Peñuelas, Ponce, Utuado, Arecibo, Naranjito, Mayagüez, San Juan y Jayuya. Tan Solo 140 personas constituyeron el grupo planificador y militante de la insurrección pero su motivación, fortaleza y entereza para afrontar al imperio poderoso y sus lacayos locales los hacen héroes de ese momento y en este presente tan desolado y confuso. Según reviven los hechos Ricardo Díaz Díaz, Edmidio Marín, Carlos Padilla, Miguel Alicea y Heriberto Marín Torres el blanco del ataque eran los cuarteles de la policía para apoderarse de las armas y del lugar estratégico que tenían en los pueblos. Algunos lograron tomar el cuartel por un tiempo breve, otros tuvieron que cambiar de estrategia y moverse a otros lugares para no ser capturados o asesinados por la policía y la guardia nacional que Muñoz había movilizado cuando vio que el movimiento no era algo que podía derrotarse en par de horas en un solo lugar. Blanca Canales, junto a Heriberto Marín, pudo izar la bandera puertorriqueña en Jayuya, la misma que los Nacionalistas habían tomado como su emblema, que fue prohibida por los gobiernos de turno y que luego fue adoptada por la oficialidad del ELA.

Después de la captura y muerte de los militantes de la insurrección se arresta a cualquier sospechoso de ser independentista y de ayudar a los sublevados. Entre los más de 1,000 arrestados se encontraban padres, madres, hermanos y hermanas de los Nacionalistas quienes fueron tratados como criminales sin tener prueba alguna de su participación. Pero para eso existía la Ley de Mordaza. Copiaron al pie de la letra lo que el House of Un-American Activities Committee (H.U.A.C.) hizo en los Estados Unidos desde 1945 en adelante con cualquier “sospechoso” de tener vínculos con el Partido Comunista o con la Unión Soviética. Los Nacionalistas entrevistados —en largas y muy sinceras conversaciones donde reviven sus experiencias, sufrimiento y reafirmación de sus ideas y compromiso— describen cómo ellos fueron afectados, la tortura física y especialmente la mental que sufrieron por tantos años que los llevó a largas penas (condenas de cientos de años), al aislamiento en solitaria y la denegación de visitas, cartas o noticias del exterior. Estas condenas fueron acortadas o ellos fueron indultados pero sin requisito de arrepentimiento. Como bien dijo Cancel Miranda cuando le preguntaron recién apresado en 1954: “I’m not sorry for what I did”.

José Manuel Dávila (quien referencia el libro de Ivonne Acosta y el de Miñi Seijo Bruno, La insurrección nacionalista en Puerto Rico, 1950, Ediciones Edil 1989) nos narra cómo surge su interés en hacer un filme de este hecho histórico y con entrevistas a estas personas en particular:

[…surge] mientras realizaba la investigación para la tesis de Maestría en Historia, que giró en torno al Partido Nacionalista, en la década de 1930 exclusivamente. Este proyecto me dio la oportunidad de familiarizarme con diferentes sucesos ocurridos en nuestra historia y de la insurrección nacionalista de 1950, aunque no era parte de la tesis. Me percaté de que, a pesar de ser uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia puertorriqueña, es un tema olvidado por la historiografía de la Isla y son muy pocos los que conocen algo del levantamiento. Además, la investigación me permitió buscar, hallar, conocer y entrevistar a los pocos nacionalistas que participaron en la insurrección y que aún sobreviven. Al conocerlos, supe cómo sus vidas fueron marcadas profundamente por la insurrección y, a pesar que han pasado más de 60 años, sus recuerdos se manifiestan en gestos de decepción, frustración, tristeza, ira, alegría y valentía.  

Dávila contó con un equipo de producción de ensueño por su creatividad y experiencia: Eduardo Mariota, Carlos Zayas, Poli Marichal y Pablo Impelluso como directores de fotografía; Pablo Impelluso como editor; Orlando Santiago a cargo de la música; el sonidista Johannes Peters; Esteban Lima como gerente de producción.

Este proyecto comenzó con la convocatoria que hiciera el Fondo Cinematográfico de la Corporación de Cine en 2013. Fue uno de los tres escogidos que se desarrollaron tanto con el préstamo del Fondo como con crowdfunding y ha contado con el compromiso, energía y motivación de su director y escritor y el apoyo de familiares, amistades y desconocidos a través del tiempo que le tomó montarlo todo para poderlo exhibir este año. Ya ese Fondo que inició 1950 como los otros dos proyectos que también se completaron exitosamente (Cuentas pendientes de Arleen Cruz y Nuyorican Básket de Ricardo Olivero Lora y Julio César Torres) no existe como tampoco el apoyo al Festival de Cine Internacional de San Juan con su competencia de cine caribeño. Ahora —hasta nueva revisión de la Junta de Control Fiscal— es el Programa de Desarrollo de la Industria Cinematográfica bajo el Departamento de Desarrollo Económico y Comercio (DDEC) el que determinará los proyectos que apoya con la única medida de cuánto dinero le traerá al gobierno. 1950: la Insurrección Nacionalista es la prueba que los artistas puede que tengan que dar varios pasos atrás o detenerse por un rato, pero nunca se detendrá su creatividad.

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