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Con-textos: El deambulante y sus monstruos

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Perfil de Autor

Por Reinaldo Pérez Ramírez

Publicado: miércoles, 10 de mayo de 2017

“...la vida es para una sola vez... por ello debemos estar atentos cuando la recorremos.”
Adolfo Bioy Casares
Discurso de aceptación Premio Cervantes 1990


“... el caso de quiebra de Puerto Rico va a durar años y por lo tanto, vamos a tener tiempo de sobra para preparar el plan de salida ...
Ojalá la generación que tenga a Puerto Rico a cargo cuando llegue ese precioso momento...

comprenda que nuestros problemas sólo los podemos resolver nosotros mismos.”
Benjamín Torres Gotay
END 7 Mayo 2017

 

Casi no recuerda lo que le pasó cuando su vida cambió y le colocó en la zozobra pastosa de su presente bajo el sol caribeño. El sudor que hoy lo cubre fue trabajado en tierras de caña y fábricas de dueños ausentes, de la modalidad de turno de la economía de enclave en intersecciones construidas por otros. Ambula atolondrado los escenarios propios de años que se remontan al origen, como el viaje a la semilla. En cada intersección, hubo tiempo para pensar un poco, pero tal vez no el suficiente para escoger la mejor ruta, o la que mirase hacia adentro, hacia lo que era y todavía es. Hoy camina sin rumbo, lacerado, atrapado en el laberinto de una historia impuesta por otros, pero también construida, sublimada y aceptada por él mismo en su caminar tentativo repleto de dudas y ambigüedades. En ese recorrido, no estuvo atento; es decir, no siguió el consejo sencillo del amigo de Borges.

Ha recibido golpes desde muchos ángulos y en todas partes de su cuerpo. Las cicatrices son evidentes. Ha habido sangre, alguna derramada cuando ha combatido a los policías de semáforo, a los políticos petimetres de turno,  gastados como suela de unos zapatos que han durado 119 años y hoy no tienen zapatero que los repare. Ha habido sangre también con los jefes de éstos, al otro lado del océano, pero nunca ha sabido mirar bien, ni a los otros ni a sí mismo. También ha habido sangre en guerras ajenas que –triste resulta reconocerlo– recuerda mejor que las otras sangres porque le han dejado cicatrices más profundas, aunque no entiende bien por qué tuvo que tenerlas en su cuerpo.

Si escribiese sus memorias, nuestro personaje hablaría en ellas de sueños vívidos de autonomías fatulas de imposiciones llamadas “comunes”: moneda, mercado, ciudadanía, defensa y otros, como en  una alucinación parecida a la inducida por sustancias psicotrópicas. Pero las memorias las escriben sólo quienes se aproximan al olvido presagiado para todos por Borges queriendo sobrevivirlo, algo que todavía no está en su talante. Por ello, nuestro amigo continúa el camino con sus llagas expuestas, purulentas, infestadas. Únicamente lo salvaría la amputación de los tejidos necróticos. Para ello necesita financiación y la pide de semáforo en semáforo, utilizando el vaso roto del ELA, con resultados muy pobres. Sólo obtiene paliativos over the counter que nada resuelven y nada resolverán

Mientras tanto, a su alrededor y en su interior, pululan agazapados dos grupos de espectadores con características sospechosamente parecidas. Ambos dejarían a nuestro amigo a merced de los buitres, para continuar sobreviviendo como parásitos de la carroña costrosa de sus tejidos ya moribundos. Unos predican que el estado ideal es ese; es decir, que todo permanezca igual. Y lo predican con insólito desparpajo. Otros, más ilusos aún, quieren que el deambulante se redima convirtiéndose en lo que no es, reclamando cobijo y tratamiento gratuito de por vida en un hospital de paredes alegadamente blancas y limpias del cual nunca podría salir.

Si observamos detenidamente a estos dos grupos, nos damos cuenta de que no saben lo que son, lo que fueron, ni lo que quieren ser. Como animales que no existen en la taxonomía social del mundo conocido, especie de lagartos con alas improbables que no sirven para volar, colmillos en las axilas y aletas en las narices. Es más; el cabello y el vello corporal les crece hacia adentro por lo que no pueden ser ni siquiera peinados ni maquillados. Son los monstruos de un país deambulante, mutantes de la genética perversa del colonialismo.

Como todo deambulante que tocó o está próximo a tocar fondo, nuestro país tiene aún la posibilidad real de rehabilitarse. Pero esa rehabilitación no puede ser impuesta. Aunque el sistema que le condujo a ésta y creó sus monstruos puede comenzar a romperse desde adentro del sistema mismo, tal vez comenzando con la intercesión coyuntural de la buena mujer negra del sur del Bronx amiga de Sonia Sotomayor, harvardiana laboralista y comunitaria, y alegadamente enemiga de los fondos buitre, para que se logre la rehabilitación de nuestro país deambulante y la desaparición de sus monstruos, tenemos que decidirlo y hacerlo nosotros mismos, algo que tomará al menos, con suerte, otra generación.

Al día de hoy, deseando estar equivocado, pienso que nuestro país deambulante, a pesar de estar muy cerca del subsuelo del fondo, aún no se ha dado cuenta.

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