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La marea de los muertos Relato por entregas (novela por entregas) Episodio 2

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Por Francisco R. Velázquez

Publicado: martes, 22 de noviembre de 2016

24 de octubre de 1935

Nos hemos presentado formalmente. 

Fabienne y yo transitamos por una edad dolorosa, quince años yo, dieciséis ella, tiempos en que siempre falta un aliento de gracia redentora: piernas demasiado largas y delgadas, igual, pies y manos; tenemos la misma estatura y, para rematar, cuellos como de ahorcado. Nos juntamos de cuando en cuando y nos tratamos con distancias y cierta cortedad. 

No importa que la temporada de baños haya concluido, cada tarde, a las tres, nos zambullimos en las aguas frías llenas de algas.

Tengo mucha ocupación, mis deberes escolares que papá me ha enviado por correo luego de consultar con los Jesuitas del Instituto. Eso y el libro bisemanal que leo.

He seguido su consejo –el de mi papá– de que es menester que lea al menos un libro bisemanal más allá de mis deberes. Me ha permitido acceso total a su biblioteca, clásicos literarios, libros de medicina, sicología, novelas de caballería, y las biografías más diversas. 

Ha menester de un interlocutor que se maneje bien a la sobremesa.

Me gusta leer, nada más que hacer en estos tiempos y a mi edad, todavía vigilada, la única lasitud que tengo es salir a la playa o al cine con mi primo los fines de semana. Él tiene dieciocho años, es muy cortés y viste buenos paños ingleses. Estudia en Santo Tomás de Aquino como interno pues viene de San Germán. 

Cuando vamos al cine preferimos las películas de rufianes y las de vaqueros.

Delira viendo los noticiarios de Pathé sobre la guerra en Abisinia, por los bombardeos y los Savoia-Marchetti que presentan despegando y tomando tierra en apoyo la invasión del mariscal Bono.

Se relame del gusto, Raúl, que así se llama mi primo.

Quiere ser piloto, yo médico.

De mi parte, debo confesar que el mes pasado he descubierto un tesoro, las Cartas de Mariana de Alcoforado, la monja portuguesa, volumen escondido al fondo del buró olvidado de mamá. También hallé allí Gamiani, de Musset, Las Mil y Una Noches, de Burton y unas memorias de un adolescente ruso y sus condiscípulas judías en la Rusia de los Zares. Todos, sin falta, indicados en el Vaticano.

Tal ha sido el primer accidente de mi vida, la prima ruptura; unas lecturas han desvelado las pendejadas amartilladas en el Instituto que hacen lo leído hasta entonces, cuentos sobre hadas y pendejos y una que otra mierda de inmerecida fama, que en su inicio fueron publicadas por entregas en los diarios.

Releo Las cartas de la monja portuguesa y es mortificante el lirismo de su despecho. En otro lugar he leído que Rousseau las ha atribuido a algún escritor anónimo ya que ninguna mujer tiene esa capacidad narrativa. 

Las nuevas lecturas traen su detritus, sueños perturbadores con los que cargo al despertar. No puedo evitar el vicio solitario que los curas detestan. 

A mi regreso, habrá que evitar las sobremesas no sea que se me zafe algo descompuesto frente de mi papá.

Mas el nuevo estadio en mi educación sentimental ha quedado en suspenso tras llegar al Hirondelle y Fabienne a mi vida.

Tropezamos accidentalmente entrando al salón comedor. La invito a mi mesa para el desayuno de frutas con leche y avena. No nos quitamos los ojos de encima. Me pregunta si también he venido huyéndole al tifus y le cuento mi historia más reciente y las circunstancias que me han traído allí.

–Vine con mi mamá a buscar a mi papá que llega mañana en vapor de Santo Domingo. Vivimos en Ponce pero él quiere mudarse por acá. Piensa comprar una tabaquera, me dice con una vocecita dulce. Su hablar es muy enunciado.

Cuando no llueve, Fabienne baja a la playa de maillot blanco y calza espadrilles verdes. Las mías son de cuero negro y las llevo en la mano porque me gusta sentir la arena húmeda bajo mis pies. 

–Me gustan tus zapatillas, le digo.

Se sonroja un poco. Igual yo que la miro con luces que son para ella y nadie más. En alguna parte he leído que la belleza necesita una imperfección para convertirla en inolvidable.

La fisura en el mentón, eso.

No existe un tormento peor que demostrar ternura en secreto. Hemos iniciado una relación discreta, expresando sentimientos tan intensos como es de cortés y distante nuestro proceder.

Nos envuelve un tenor de presentimientos. Cuando nos acercamos, la gente desaparece o simplemente dirigen su atención a otras cosas, dándonos, pues, una ventana de oportunidad suficiente para una sonrisa de conspiraciones, una frase telegráfica como las monjas de clausura del siglo dieciséis.

Sin poder evitarlo, nos miramos de golpe, breve y dulce y a pesar de que su madre no sospecha nada, Francine, que se ha dado cuenta por dónde marcha la cosa, me ha dicho: 

–Cuídate, es una etapa. Vívela.

Tres días más tarde, en la playa, Fabienne me hala bruscamente por la oreja y me dice en inglés.

–I love you Leslie.

Su madre se aburre. Pasa todo el tiempo en el pequeño apartamiento que han apalabrado. Fabienne, cuando no está conmigo lee; hoy trae algo de Pessoa. Me ha dicho que está en su etapa lusa, Queirós, Camoes...

Yo, en cambio leo a Radiguet, el Diablo en el cuerpo, como lo siento yo.

Ayer por la mañana hemos intercambiado flores para colocarlas en nuestros libros según las ceremonias del primer encantamiento.

El thé dansant será mañana. Podremos estar más cerca que nunca.

 

El triunfo total. Capital. Hemos bailado en el jardín un beguine meloso, las manos sudadas, haciendo lo imposible por no acercarnos demasiado.

Al día siguiente, sentada a mi lado en el salón comedor ha acariciado mi pierna con su pie y he colocado mi mano discretamente sobre sus muslos desnudos –lleva puestos pantalones cortos– y trato de llegar al nacimiento. Cierra con fuerza inusitada los muslos y seguimos tal cual nuestra conversación anodina disfrazada en falsas cortesías.

Nuestra audacia crece por momentos. Hoy, por ejemplo, ardemos por tocarnos.

Le envío una nota de admiración, cifrada:

“Ayer por la mañana sentí tu presencia. Estabas con Francine en la mesa más distante del salón comedor, junto al ventanal.

El sol que entraba iluminaba tus cabellos y parecía remojarlos.

Francine dijo cualquier cosa y has dejado caer los cubiertos sobre el plato reventando de risa. Todos tus gestos encantan, Fabienne.”

Dejo la nota debajo de una pequeña piedra en el jardín frente a su apartamento. Ella me observa curiosa desde la ventana.

 

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