Bookmark and Share Bajar en formato PDFComentariosVer foto galería

Cuento: Homenaje a Milagros

Ver foto galeríaVisita la foto galería (1)

Publicado: miércoles, 10 de mayo de 2017

Jorge Prieto / Especial para En Rojo

 
 

I. Apuntes

1. A una niña de cuatro años nadie le da el pésame.

2. Me decían que estaba dormido.

3. Fui yo solita la que supe por mi cuenta que él no iba a despertar.

 

II. Homenaje

¿Cómo jugar con un limitado catálogo de apuntes? ¿Cómo escribir sobre una memoria fragmentada que se encuentra obligada a inventar sus propios recuerdos? La historia ya está escrita. Ha sido relatada en un sinnúmero de ocasiones. Cada narración aporta un sentido distinto, algún nuevo elemento que se integra en la trama cuando un recuerdo grisáceo se incorpora a una narrativa de por sí incompleta y ausente. 

¿Quién era el hombre que ahora yacía en una modesta caja de madera sin moverse? ¿Qué querían decir los adultos cuando sin mirarla a los ojos le expresaban, a través de una ternura teatralizada “que su padre iba a estar dormido para siempre”?  En ese momento descubrió que las niñas de cuatro años no reciben notas y abrazos de duelo.

 La muerte de su padre le permitió comprender, luego de un tiempo, que el duelo era un lujo exclusivo de los adultos, que la sensación de pérdida le estaba prohibida a las niñas. No podía comprender en el momento por qué introducían el cuerpo de un hombre hermoso y brillante en un hueco oscuro, y que ese hombre no saldría del hoyo en que lo colocaban. Un hoyo frío del que nadie tiene la fuerza y la voluntad de escapar. Tampoco sabía que las lágrimas que derramaban su madre y sus hermanos mayores se debían a la certeza de que el padre y esposo nunca regresaría, nunca despertaría de su sueño. El acceso a la tristeza le estaba prohibido porque la niñez tiene que ser feliz, tiene que estar repleta de recuerdos alegres, porque la infancia, dicen los viejos, es vida y posibilidad y no tranza con la muerte. Pero ella sabía, intuía que los adultos se equivocaban, que su niñez era distinta y que cargaría con el recuerdo de las lágrimas de los que sí pudieron llorar la muerte de su padre.

Fue luego de mucho tiempo que entendió que le faltaba su viejo. Un padre que no lograba localizar en su memoria. Una memoria plagada de imágenes vagas y conmovedoras, como aquella que recuerda a un hombre sentado en su butaca, inmóvil, como si ensayara la quietud que iba a necesitar en el momento en que se quedaría dormido para siempre. O tal vez otra, que le devuelve el recuerdo terriblemente tierno en el que su padre le hacía bolitas de plasticina para que las lanzara contra la pared, dejando a su paso manchas de colores en la superficie que encolerizaban a su madre. 

él regresaba periódicamente. Aparecía escondido detrás de los ojos de la niña cuando ella veía a sus amigos jugar con sus padres. Fue de esta forma que descubrió la ausencia, fue así como comenzó a ver y pensar en los recuerdos de los años en que la gente le cuenta que tuvo un padre que ella no está segura de haber conocido. Su viejo había tomado la forma que dejaban los colores de la plasticina sobre la superficie blanca. Sus recuerdos eran esos puntos dispersos sobre los que ella trataba de trazar una línea.

Tal vez la presencia más intensa se encuentre en los años posteriores a la muerte de su padre, cuando el viejo volvía y se sentaba en el borde de la cama para hacerle compañía. Puede ser que todavía él la siga acompañando, aunque ella no pueda recordarlo.

 

  (0) Comentarios



claritienda Decir no, no basta