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Pedro Salinas en Santurce II

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Por Noel Luna

Publicado: martes, 9 de octubre de 2018

En carta del quince de septiembre del cuarenta y tres a su amigo y gran poeta Jorge Guillén, Pedro Salinas describía su llegada a la isla de Puerto Rico: “Tenemos dos habitaciones amplias, sencillas pero cómodas, en el barrio llamado el Condado, que es el mejor de aquí. No se ve el mar desde nuestra casa; se oye por las noches porque está cerca, a unos doscientos metros. Así que voy como el borracho a la taberna de la esquina, dos o tres veces al día, a echarme mi vista al mar, o mi trago de ojos.” Más adelante, Salinas añade: “Me divierte mucho irme por las mañanas a callejear, a ver las tiendas y a sumirme en ese tráfico, un tanto desordenado, pintoresco y alborotado. Se entra en unos portalillos, donde se beben refrescos del país, que sólo con los nombres satisfacen al más sediento: ajonjolí, tamarindo, guanábana, guarapo de caña. Y el caso es que son deliciosos.” En carta del seis de noviembre, describe en detalle la fascinación que sentía por su nueva circunstancia insular: “¿Es posible que esto sea noviembre? Sol radiante, calor fuerte en el centro del día, calorcillo por las noches; un barrunto de fresco a la madrugada; y todos los árboles en plenitud de verdor, y muchos con flor. Indumentaria sumarísima, mangas de camisa constantes en casa; una sábana, por las noches, y sobra. Estoy encantado. Y la belleza natural se intensifica. El otoño aquí se nota por unas mareas altas que llaman ‘las mareas de los muertos’; el mar ha llegado a un grado tal de hermosura que yo me paso la mañana mirándolo. Y el nuberío se colora en esta estación con más variedad y profundidad que en verano. Casi casi, más que el paisaje lo hermoso en Puerto Rico es el celaje. Y lástima que no haya modo de traducir el seascape. Paisaje marino incomparable, éste. Hay a poca distancia de la playa muchos arrecifes, esparcidos. De modo que en cuanto se mueve un poco de viento rompen las olas, y se puebla todo el mar de espumas, que corren, saltan y dan una sensación de circo natural, y de alegría marina pasmosa. En fin, estoy encantado. Nosotros no vemos el mar desde la casa, ése es mi torcedor, pero me han dado una autorización para ir a un club, a dos minutos de aquí, que está a la orilla misma del mar, y en el que no hay nadie hasta las cinco de la tarde. Me llevo mis libros y papeles, preparo las clases, escribo alguna cosilla menor, y contemplo a mi adorado. Primera consecuencia: un poema sobre el mar, llamado: “El contemplado”, que se escribiría si Dios quiere, y del que no hay hasta ahora más que tres renglones.”

Hay que imaginar a Salinas sentado ante una mesa, entre papeles, plumas y pisapapeles, salvando del viento lo que puede. A media intemperie, en pleno mediodía, fija los ojos en la hoja o el mar, en la ondulante lámina blanca o en la sinuosa superficie de las olas volviéndose espuma. Al mirarlos mira lo que por ser transparente ya no se ve: el incesante cambio. De espaldas a la ciudad de San Juan, en la ardiente canícula, impávido retarda el visaje en las voluminosas aguas que se vuelven burbujas. Las mira crecer y encaracolarse hasta romperse. El obstinado rigor de esa mirada que recuerda “El cementerio marino” de Paul Valéry o “Muerte sin fin” de José Gorostiza, llegará a objetivarse poco a poco en el poema extenso “El contemplado”. El tema inicial de dicho poema encabeza las catorce variaciones que lo completan.

De mirarte tanto y tanto,

del horizonte a la arena,

despacio,

del caracol al celaje,

brillo a brillo, pasmo a pasmo,

te he dado nombre; los ojos

te lo encontraron, mirándote.

Por las noches,

soñando que te miraba,

al abrigo de los párpados

maduró, sin yo saberlo,

este nombre tan redondo

que hoy me descendió a los labios.

Y lo dicen asombrados

de lo tarde que lo dicen.

¡Si era fatal el llamártelo!

¡Si antes de la voz, ya estaba

en el silencio tan claro!

¡Si tu has sido para mí,

desde el día

que mis ojos te estrenaron,

el contemplado, el constante

Contemplado.

 

Las voluminosa correspondencia que Pedro Salinas dirigiera a Jorge Guillén en la mejor ventana al proceso vital e intelectual que dio paso a la escritura de magnífico poema “El contemplado”. La prosa epistolar tenía gran importancia para Salinas como fuente de autoconocimiento. En un ensayo titulado “Defensa de la carta misiva”, también escrito en Puerto Rico, Salinas señalaba que “el estado de ánimo del escribiente, los sentimientos que por modo más o menos confuso se sentía latir dentro, se le dibujan, al paso de los trazos de la letra. El primer beneficio, la primera claridad de una carta, es para el que la escribe, y él es el primer enterado de lo que quiere decir por ser él el primero a quién se lo dice. Surge de entre los renglones su propio reflejo, el doble inequívoco de un momento de su vida interior. Todo el que escribe debe verse inclinado –Narciso involuntario– sobre una superficie en la que se ve, antes que a otra cosa, a sí mismo. Por eso, cuando no nos gusta el semblante allí duplicado, la hacemos pedazos, es decir, rompemos la carta.” En efecto, la correspondencia que Salinas dirige a Guillén tiene casi la constancia de un diario íntimo en el que el escribiente va consignando su mirada como auto-reconocimiento. El doce de enero del cuarenta y cuatro, Salinas le comentaba a Guillén: “Me gusta esto cada día más, continúo mis sesiones diarias de observación marina. Lo del mar sí que es a ratos excesivo, de hermosura. Algunas mañanas vuelvo a casa con una especie de alelamiento, por el espectáculo. Y ahora, esta luna de enero está resultando, también, de primera. Me asusta la idea de tener que volver a los fríos y los calores sin gracia ni compasión de Baltimore.” Cuatro meses más tarde, el primero de abril del cuarenta y cuatro, añade Salinas: “Todas las mañanas trabajo un rato, por lo menos una hora, en mi azotea frente al mar. Resultado: la serie que titulo ‘El contemplado’ consta ya de 13 poesías.” La creciente productividad y el bienestar iban acompañados de una captación incesante del paisaje: “Puerto Rico –dice Salinas–, invariablemente hermoso. Increíble la fidelidad de este clima a sus hermosuras. Ni sombra de frío, sol, luz constante, verdor en todo. Jardín en medio del horror mundial.” Dicho bienestar se quebraba sin embargo en los últimos meses que pasara el poeta en la isla, según su propio testimonio del 10 de mayo del cuarenta y seis: “El encanto del Trópico, si no se me ha roto, está malamente agrietado. Yo creo que desde que tomé la resolución de marcharme, los dioses del lugar, ofendidos, han desencadenado sobre mí todo género de achaques y alifafes, o dolamas, como dicen por esta tierra. Llevo dos meses desastrosos, yo que había pasado dos años y medio de bienestar.” En julio del cuarenta y seis, ya de vuelta a su cátedra en Baltimore, Salinas hace balance de su experiencia puertorriqueña: “Me siento muy pesimista sobre la situación de esta nación… y de las demás. Y cada día se me aparecen esos años de Puerto Rico, como una vacación seguida, sin interrupción, donde todas las cosas desagradables llegaban atenuadas. Por eso has notado, tan certera y cariñosamente, el gusto con que escribí esos poemas. Sí, es verdad. Nunca escribí tan sin prisa, tan volviendo al poema y dándole vueltas, tan complacido. Y es porque tenía allí delante el objeto del poema, inalterable y variado, a mi disposición, mañana tras mañana.”

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