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Ventanas de Christian Ibarra: Mínimas formas de desprendimiento

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Publicado: martes, 9 de octubre de 2018

Marta Jazmín García

 

Vamos pedaleando contra el tiempo,

soltando amarras.

–Jorge Drexler

 

Las ventanas siempre son motivo de reflexión. En su virtud de poderse abrir y cerrar, imitan los márgenes de nuestra mirada. Como ellas, los relatos del libro Ventanas (Libros AC, 2017), de Christian Ibarra suceden desde y fuera del tiempo. Cada historia es como si fuera el contorno de otra. Y así en pequeños recuadros nos revelan esa vitalidad que aguarda y se desvanece en las cosas aparentemente simples, “la maravilla abierta en otra parte”, como diría Andrés Neuman. 

Ventanas ausculta la belleza de lo habitual. Temas como el amor, la soledad, la amistad, la muerte y el paso del tiempo, convergen en escenarios cotidianos para instar un nuevo y más justo reconocimiento de lo que nos rodea. Dígase un homenaje a la caducidad y a lo inadvertido. De aquello que sucede y se nos escapa a la velocidad subestimada de un caracol.

 

“Mi madre preparaba buñuelos de espinaca, pastelillos de dulce de leche, sandwiches de pollo, y eso, sencillamente eso, era la vida.”

 

Si bien leer es un asomo, rectangular y transparente, la buena literatura está abierta. Es una oquedad; una grieta en la realidad que se dispone a nombrarnos. Es aquello que ocurre en el pasado y a la vez, dentro de una fotografía, como se aprecia en el cuento “Una caja de zapatos”. Así y conforme a la visión teórica sobre el género del cuento de Julio Cortázar, luego de pasar por las páginas del libro, queda la sensación de que existe un instante afuera. Lo que no conocemos, lo que no nos ha sucedido, la posibilidad de que suceda, es un mundo paralelo que espera ser completado o descubierto.

 

“Cierro los ojos y, afuera, regresa la lluvia.” 

 

Ventanas desarrolla una poética de la mirada. Porque habla de aquello que vemos pasar, pero más de lo que ocurre en el cristal de nuestros ojos.

 

“...con la cara aplastada contra el vidrio. El mar.”

 

El mundo que proponen sus páginas es aquel que nos evocan las historias de otros. Las formas de la ausencia, por ejemplo, que podemos recordar con “López” y con “Julio”. Las escenas del amor, fugaz o superviviente, como describen “El mar” y “La ola”. Son todas, dimensiones que se suman a la atmósfera para hacernos partícipes. Como se dijo al inicio, el texto trasciende sus contornos. Porque no se trata de algo meramente cotidiano o incompleto. Como leen los versos al dorso de una fotografía, en el cuento “Una caja de zapatos”:

 

“No es solo la ausencia

O la certeza de tu taza vacía,

Es la casa,

Las ventanas que ahora sobran.”

 

Resulta notable que los personajes de los cuentos no enfrentan situaciones límite. No intentan escapar o trascender sus experiencias. “−no tiene ganas. Y mañana, quizá tampoco.”, rezan las últimas palabras del libro. Sus voces son el tránsito de las emociones y del diaro vivir, construidos más como texturas que como historias. 

 El paso lento y aparentemente fútil de un molusco sobre la superficie de un muro, narrado en el cuento que da título al libro, puede ser cualquier otro animal e instancia y es en esa posibilidad donde realmente sucede. Es el logro de fijarnos en las pequeñas cosas. De reconocer su sincronicidad con lo que percibimos importante y eterno, aunque sea “un mero ejercicio de la imaginación, como aquellos que se inventan un futuro o rellenan calendarios y hasta sueñan.”

A pesar de la nostalgia y del deseo, el libro configura una exaltación del presente. El instante es vitalicio y cónsono a la capacidad de percepción y valoración del mismo que consiguen los personajes y, probablemente, también los lectores.

 

“Estar en la cuerda es vivir, el resto es esperar.”

 

 ¿Cómo desprendernos de ese pequeño fragmento que somos y alcanzamos la eternidad? ¿Cómo no mirar el infinito sin olvidar los límites de una ventana?

 Léanse como posibles respuestas, los actos de desprendimiento que suponen cada uno de estos cuentos. Si mirar es nombrar. Si nombrar es reinventar. La realidad se descubre en lo efímero. La belleza existe porque se acaba. “En qué momento dejó de ser ese lugar seguro o país en el que estuve”, reflexiona el protagonista del primer relato. Y es precisamente eso lo que hacemos todos los días. Desplazarnos. Caminar hacia otro instante. Construir una ventana desde la cual mirar el paisaje de otras vidas, de otras perspectivas y así, comprender mejor la nuestra.

 

Marta Jazmín García es poeta y profesora universitaria.

 

 

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